HILVANANDO ESTAMPAS. DESENTRAÑANDO ALGUNOS ROSTROS DE LA LECTURA

Como bien lo ha expresado una intelectual cubana de sobrada valía, la Dra. Graziella Pogolotti, “fomentar el hábito de la lectura es una demanda apremiante que rebasa lo meramente utilitario»[1],  porque “en efecto, la lectura constituye una de las vías principales para estimular el pensamiento crítico, mantener viva la memoria histórica, para afinar la sensibilidad, favorecer el acrecentamiento de capacidades lingüísticas y comunicativas, alimentar la creatividad en la innovación tecnológica, la investigación científica y la actualización profesional”.[2]

Sin embargo, a lo largo de la historia de la humanidad el acto de leer ha preocupado a muchos: a unos, porque lo han prohibido y han quemado libros, porque han temido que las grandes mayorías aprendan a ser y a defender sus derechos en contacto con lo que los libros guardan; a otros, porque han querido una sociedad más justa, equitativa y libre y han visto en la lectura una vía insustituible para lograrlo instruyendo a todos por igual.

Una rápida ojeada nos deja ver  ejemplos como estos:

Se cuenta que en el año 641, cuando el califa Omar, líder de la nueva fe musulmana, llegó a Alejandría a la cabeza de su gran ejército, se detuvo frente a la biblioteca y dijo a sus guerreros: “Si lo que contienen esos libros está de acuerdo con la Palabra de Dios, entonces, esos libros no nos son necesarios. Y si no lo está, no los queremos. Por lo tanto, destrúyanlos!”

El emperador chino Shi-Huang-di fue en el siglo II antes de nuestra era un gran quemador de libros.

En el siglo XVI, en México, el obispo Landa quemó cientos de preciosos libros del pueblo maya diciendo que estaban llenos de “superstición y falsedades del demonio”.

Adolfo Hitler llegó al poder quemando libros. A las hogueras nazis fueron a parar los escritos de Helen Keller, quien era ciega y sorda, porque los nazis pensaban que los discapacitados constituían un lastre, una plaga que podía infectar a la raza pura a la que solo ellos pertenecían. Reducidos a puras cenizas quedaron libros del escritor de ciencia ficción H.G. Wells, los de Albert Einstein, los de los novelistas Marcel Proust y Emile Zola y los del psicoanalista Sidmund Freud.

En Chile, al llegar Pinochet al poder prohibió la lectura de la más grande obra de Miguel de Cervantes: El Quijote.

Y es que la vieja idea de que la escritura encierra un poder y de que la lectura lo libera persiste hasta hoy en el mundo; y por eso, ambas son tremendamente peligrosas.

¿Cuáles son esos riesgos que la lectura implica? ¿Por qué a lo largo de la historia de la humanidad se ha prohibido la lectura y se han quemado libros? ¿Por qué a unos pocos les ha interesado tanto que unos muchos no sepan leer, que tengan siempre un “acceso negado” a lo que atesoran los libros? ¿Qué arriesgan los pueblos y qué arriesgan las personas al leer? Para develar estas interrogantes, detengámonos en hilvanar estas estampas que nos pueden develar algunos de los rostros de la lectura a lo largo de la historia y desde las cuales ratificamos que leer es hacer vulnerable el centro mismo de nuestra identidad, según lo ha afirmado Jorge Larrosa,[3] porque en efecto, la experiencia de la lectura es una conversión de la mirada que tiene la virtud de reflejarla y refractarla para mostrarnos otras cosas o tal vez las mismas, pero desde otras muchas perspectivas.

Vayamos pues, a develar esas estampas desde donde podremos dibujar disímiles rostros de la lectura en el mundo.

ESTAMPA PRIMERA

Año 1826. Tarde de invierno en Maryland, Estados Unidos de América. Dos niños son presentados: uno tiene ocho años, es de piel morena y es esclavo. Se llama Frederick Augustus Washington. El otro es el más pequeño, pues solo tiene dos años; es blanco y es el amo. Su nombre es Tommy.

La familia de Tommy ha solicitado los servicios del niño negro y esclavo para que cuide de  este. La madre de Tommy, Sophia, acostumbraba a leerles en voz alta la Biblia a ambos niños y fue quien le enseñó las primeras letras a Freddy, el niño negro y esclavo. Comenzaron por el alfabeto y siguieron por palabras sencillas de dos o tres sílabas que el niño reconocía rápidamente en las páginas escritas de la Biblia. Muy pronto el niño esclavo aprendió a leer. “¡Maravilloso!, dijo ella; y entonces cometió un grave error: comentarle al esposo que el niño negro y esclavo podía leer muchas palabras en las páginas de la Biblia. La furia de su marido fue terrible al escuchar tal revelación. Sin pensarlo dos veces impuso su criterio diciendo: “Un esclavo no tiene por qué aprender. Aprender echa a perder al mejor de los negros del mundo. Lo único que tiene que aprender es a obedecer la voluntad de su amo”.  Y le prohibió a su esposa que el niño esclavo prosiguiera con esta idea de querer leer.  Esta resolución del amo blanco de mantener ignorante al niño negro esclavo fue escuchada por Freddy  y le confirmó, a partir de entonces, en la decisión y vocación por educarse a cualquier precio.

Los obstáculos para lograrlo fueron muchos. En no pocos estados había leyes que prohibían que los esclavos aprendieran a leer, porque los amos y propietarios blancos sabían del peligro que significaba el dominio de la lectura y la escritura: podían conocer acerca de los derechos humanos o sobre el movimiento abolicionista cuyo objetivo era poner punto final a la esclavitud. Por eso, entre los años 1829 y 1831, Virginia, Georgia y las Carolinas, la del Norte y la del Sur, aprobaron leyes que imponían altas multas, azotes y hasta cárcel a quien enseñara a leer a los esclavos.

Frederick, el niño negro y esclavo, tuvo que buscar otras muchas alternativas para seguir aprendiendo: a cambio de algún dulce lograba que otros niños le dieran una lección, cuando salía a la calle a hacer algún mandado o a llevar algún recado de sus amos; y encontró la amistad de un negro viejo llamado Charles Lawson, quien le leía la Biblia y le ayudaba a reconocer palabras en cuanta página escrita encontraban por las calles. Cuando Tommy, su pequeño amo, comenzó la escuela, Freddy tomaba los libros que el niño dejaba regados por las habitaciones de la casa y a escondidas los estudiaba y reescribía las líneas que el pequeño había escrito en la escuela.

Cuando el niño esclavo cumplió los quince años los amos lo mandaron a trabajar a la granja de un familiar. El nuevo dueño lo envió con un “domador de esclavos” por su rebeldía, para que intentara someterlo a fuerza de latigazos; y fue azotado con tanta furia y frecuencia, que el látigo dejó cicatrices en sus hombros para toda la vida.

A los dieciocho años intentó escapar, pero fue capturado y azotado brutalmente. Dos años más tarde logra, por fin, fugarse y llega con una identidad falsa y por tren a la ciudad de Filadelfia, en el estado libre de Pennsylvania. Cambió su identidad y escogió como nuevo nombre el de un héroe de la novela La dama del lago, de sir Walter Scott: Douglass. Se casó con una mujer negra y libre y encontró trabajo como jornalero. Se dedicó a enseñar a  leer y a escribir a otros negros y comenzó a dar discursos entre amigos y compañeros de trabajo en contra de la esclavitud. Muy pronto sus hermanos de raza le pidieron que pronunciase públicamente esos discursos y entonces se convirtió en un reconocido orador y luchador por los derechos de los negros y de las mujeres.

Al final de su vida dijo: “Cuando huí de la esclavitud lo hice por mí mismo; cuando abogué por la emancipación lo hice por mi gente; pero cuando defendí los derechos de la mujer sentí el mayor de los orgullos”.

ESTAMPA  SEGUNDA

Aldea de Coupvray enFrancia. Un niño de apenas tres años de edad entra en el taller de trabajo de su padre, un fabricante de sillas de montar. No hay nadie en el local y haciendo pininos el niño recorre el taller a sus anchas. De pronto, sobre una mesa, descubre las herramientas que el padre usa en su trabajo diario: las cuchillas y las leznas afiladas que servían para cortar el cuero y en la mente elemental e ingenua del niño nace una idea: maniobrar con ellas sobre el cuero, como lo hacía su padre. En algunas ocasiones él lo había visto, a hurtadillas, trabajar. Así que, sin pensarlo dos veces, puso manos a la obra. Pero lo que debía haber sido simple y pura diversión terminó en un fatal accidente que dejaría al niño ciego por el resto de su vida. Ese niño, de tan solo tres escasos años llevaba como nombre el de Louis Braille.

Por aquellos días la vida de los discapacitados era terrible. Muchos se burlaban particularmente de los ciegos y reían cuando daban vueltas y más vueltas sin poder ver a quienes los estaban molestando. Muchos de los discapacitados terminaban sus días pidiendo limosnas o escondidos en un rincón de sus casas para que nadie los viera. Llevaban pues una vida solitaria, triste y de segregación total.

Pero los padres de este niño ciego estaban dispuestos a evitarle una dolorosa vida; por eso, convencieron a un maestro para que permitiese que el niño asistiera a sus clases. Y así se hizo. El niño era inteligente y quería aprender. Memorizaba rápido y muy bien las lecciones que daba el maestro. Su padre recortó letras de cuero para él y su hermana mayor construyó otras muchas letras abultadas con trozos de paja. Por puro instinto, sus ojos fueron las puntas de sus dedos, las que reconocían, al tacto, las elementales letras y cuantos objetos le ponían por delante. Pero en la escuela común poco podían enseñarle más allá de cosas elementales; por eso,  el maestro sugirió a los padres del niño que lo llevasen a una escuela especial para ciegos que había en París. Un noble de la localidad cubrió los gastos y así, en 1819, cuando el niño todavía no había cumplido los once años, su padre montó con él en una diligencia y lo llevó, para dejarlo, a la Institución Real para niños Ciegos, en la calle St. Víctor, en París.

Sabiendo que los libros por los que aprendía no eran muy buenos y empeñado en mejorar el sistema mediante el cual aprendían, Louis Braille se lanzó a diseñar su propio sistema. Después de las clases trabajaba hasta tarde perforando puntos en el papel. Decidió que los puntos representarían letras en vez de sílabas; modificó el complicado sistema de doce puntos del capitán Barbier reduciéndolo a bloques de seis puntos o menos para lograr que cada letra pudiera ser sentida de una vez, con un solo toque de la punta del dedo, del mismo modo en que los videntes ven una letra entera de un solo vistazo. Trabajó muy duro durante tres años en su invento y, finalmente, se lo presentó al director de la escuela.

El sistema ideado por Louis Braille les abría las puertas de una vasta y maravillosa biblioteca a las personas ciegas del mundo entero que anhelaban leer para informarse, para educarse y por puro placer. Tres años más tarde publicó un libro de gramática del braille y luego otro titulado Método de publicación de palabras, música y canto llano mediante puntos, para uso de los ciegos y adaptado para ellos. Todo esto ocurre cuando el joven Louis no llegaba ni a los veinte años. Pero la vieja escuela en la que había aprendido y en la que ahora era maestro, fría y maloliente, comenzaba a matarlo: el gélido y viciado aire infectó sus pulmones y antes de que llegara a los treinta estaba tosiendo sangre, un signo de la tuberculosis, mortal enfermedad en aquel entonces.

Murió un 6 de enero de 1852, justo antes de su cumpleaños cuarenta y tres. Cien años más tarde, su cuerpo fue trasladado al Panteón, un impresionante edificio parecido a un templo, en la orilla izquierda del río Sena en París, donde yacen los notables de toda Francia, porque con su invento, el niño ciego de Coupvray logró poner el mundo de la lectura y del conocimiento en otros ojos: las sensibles puntas de los dedos de las personas ciegas.

ESTAMPA  TERCERA

Amanece en Afganistán. Las calles están casi desiertas y por una de ellas caminan dos jóvenes. Ella va agarrada del brazo del hermano. Apenas tiene dieciséis años. Lleva toda su adolescencia prisionera de la burqa que la cubre entera. Solo una pequeña abertura deja libre sus ojos. Y desde esa mínima ranura solo puede ver lo que está a la altura de su mirada. Le es casi imposible verse los pies y por eso, cuando camina teme caerse.

Desde que su pueblo está bajo las órdenes del talibán no puede salir a caminar públicamente a menos que vaya acompañada, como ahora lo hace, de un familiar varón, en este caso de su hermano. Tiene que llevar puesta la burqa. No puede estudiar ni trabajar. Todo eso les está prohibido a las mujeres.

 Pero esta joven va camino, muy temprano en la mañana, a una escuela secreta, oculta, donde aprenderá a leer y a escribir, donde leerá libros de historia y de ciencias, novelas, cuentos y poemas; y allí pasará, arriesgándose, un breve tiempo en el que leer le abrirá puertas a otros mundos y le permitirá romper esa absurda ley que prohíbe a las mujeres adquirir conocimientos.

Con profunda nostalgia ella recuerda aquellos días ya pasados cuando en su país, Afganistán, las niñas podían asistir diariamente a las escuelas, y las mujeres vestían al modo occidental, llevaban el rostro descubierto y adquirían por medio del estudio una profesión que podían ejercer sin temor alguno. Su madre había sido maestra de primer grado y desde que estaban bajo las órdenes del nuevo régimen, tenía que permanecer en casa todo el día, por lo que  se sentía deprimida y triste.

Los libros fueron las delicias de la vida de esta muchacha, los que le regalaban momentos de felicidad. Así, poco a poco, fueron convirtiéndose ellos en una pasión riesgosa que le permitían soñar con un mundo maravilloso que estaba más allá de los estrechos y sofocantes límites de su burqa.

Cuanto leía sobre historia, ciencias, filosofía y literatura le hablaba sobre un mundo muy diferente al suyo; y entonces también se preguntaba cómo era posible que un pueblo como el suyo hubiera llegado al estado en que estaban; cómo era posible que un pueblo como el suyo, depositario del influjo civilizatorio de grandes culturas, renunciara a todo para vivir como ahora vivían.

Sin darse cuenta asumía el supremo riesgo de la lectura: el de ser apaleada y poder encontrar hasta la muerte y ese otro riesgo más íntimo, más profundo: el de cuestionarse lo que a fin de cuentas eran. Y ese riesgo fue ayer y sigue siendo hoy, el mayor peligro, razón por la cual desde tiempos inmemoriales la lectura y los libros han sido prohibidos.

ESTAMPA CUARTA

Cuba en dos tiempos.

PRIMER TIEMPO.  Mediados del siglo XIX. Apenas el quince por ciento de los trabajadores cubanos sabían leer y a Saturnino Martínez, cigarrero y poeta, se le ocurrió que con el fin de que aquellos trabajadores pudieran tener acceso a las noticias del periódico se hicieran en la fábrica de cigarro lecturas públicas, compartidas, a viva voz. Habló con el director del colegio de Guanabacoa para que el centro colaborase. Con mucho entusiasmo el director se reunió con los obreros de la fábrica y obtenido el permiso los convenció de la utilidad de tal iniciativa. Se eligió a uno de los trabajadores como lector oficial y el 7 de enero de 1866 se informaba oficialmente que comenzarían las lecturas en el taller. Poco a poco a esta iniciativa se irían sumando otras fábricas de tabacos y cigarros.  Fue tal el éxito de estas lecturas públicas que al cabo de muy poco tiempo se les acusó de “subversivas” y el 14 de mayo de 1866, el gobernador de la Isla, publicó un edicto prohibiéndolas.

Disponer de alguien que les leyera, como descubrieron los tabaqueros cubanos, les permitía compaginar la actividad laboral, mecánica y monótona, con la posibilidad de instruirse, de informarse, de adquirir conocimientos, de reflexionar y pensar en todo cuanto pasaba a su alrededor; y también les permitía disfrutar de las historias que se contaban en las novelas y cuentos que les leían, razón por la cual, a pesar de las prohibiciones, tal práctica sobrevivió hasta nuestros días como una vía eficiente de democratización de la lectura.

SEGUNDO TIEMPO. Época actual. Cuba, la isla hermosa del ardiente sol es testigo fiel de la obra de dos mujeres que han dedicado su amor, su inteligencia y su talento a favor de la lectura y que son continuadoras de una larga tradición pedagógica y cultural, la cual arranca después del triunfo de la Revolución Cubana, de aquellas palabras de Fidel cuando dijo: “No le decimos al pueblo cree. Le decimos: lee”.

Una es maestra; y mucho hizo por enseñar a leer y a escribir desde los procesos de alfabetización en muy diversos lugares del mundo. La otra es escritora y poeta; y a sus constante desvelos y a su perseverancia se debe la celebración cada dos años, en La Habana, del Congreso Internacional “Para leer el XXI”, del Comité Cubano del IBBY.

La primera, levantándose sobre los aportes de otros muchos pedagogos cubanos, ideó, impulsó y llevó ella misma en persona el método de alfabetización “Yo, sí puedo” a los más intrincados parajes de muchos lugares de nuestro planeta. Defendió el aprendizaje simultáneo de la lectura, la escritura y los números, así como que estos procesos de alfabetización no solo fueran en lengua española, sino también en las propias lenguas originarias de aquellos países en los que la alfabetización, con el método cubano, se realizaba. También estimuló el que se apoyaran en la radio y la televisión. Sus afanes y desvelos contribuyeron -con mucho- para que la UNESCO reconociera la labor de Cuba con el Premio Rey Sanyon y nuestro Estado le otorgó, en gesto de agradecimiento, el título de Heroína del Trabajo de la República de Cuba.

La otra es ensayista, profesora, investigadora y poeta;  y a su liderazgo y poder de convocatoria debemos el que cada dos años se reúnan en La Habana especialistas de muy alto nivel para que bajo el lema “Para leer el XXI” y esta idea martiana: “Se ha de conocer las fuerzas del mundo para ponerlas a trabajar”, se discuta sobre los disímiles rostros de la lectura, del libro y la literatura en el mundo, así como sobre los cambios que el acto de leer y escribir tienen hoy con la aparición de las tecnologías de la información y las comunicaciones. 

BREVÍSIMA CONCLUSIÓN

¿Qué hay de común en estas estampas que hemos rememorado? Pues a nuestro modo de ver el que en todas ellas se demuestra el riesgo que leer siempre ha significado, razón por la cual se ha privado a muchos de ese inefable placer, de esa habilidad que es puerta siempre abierta al conocimiento de otros muchos mundos posibles, y por lo cual se han quemado y perdido tantos libros a lo largo de la historia de la humanidad.

¿Qué hay de común entre estas estampas?, volvemos a preguntarnos; y sin vacilar decimos que desde ellas se develan algunos de los disímiles rostros que la lectura ha tenido y tiene en el mundo: para el niño negro y esclavo y para la joven muchacha afgana, la lectura fue acto de rebeldía y resistencia y también una experiencia sumamente placentera y emancipadora a la par que “curativa”, porque contribuyó a aliviar los dolores del propio vivir. Para el niño ciego, fue un rayo de luz que iluminó otros muchos senderos que se le abrieron no por medio de la vista, sino por el tacto, cuando sus ojos fueron las delicadas puntas de sus dedos que le permitieron leer. Para los cigarreros cubanos, la lectura pública y compartida, fue vía para la ilustración, la información y el crecimiento; y también soplo fresco que hizo de la jornada de trabajo, agotadora y monótona, una aventura, un camino posible a la ensoñación y la utopía. Para la maestra y alfabetizadora cubana la lectura fue una manera práctica de saldar su deuda con la humanidad, un parto feliz de miles de hijos que por ella –y por muchos maestros cubanos- fueron al encuentro del conocimiento. Para la ensayista, investigadora, profesora y poeta cubana que cada dos años convoca a este fabulo congreso, la lectura ha sido una manera buena y lúcida de hermanar y echar puentes de cultura para preservar el libro en cualquier soporte, para preservar la aventura del conocimiento y la capacidad de soñar, para luchar porque un mundo mejor sea posible.

¿Qué hay de común entre todas estas estampas? El que nos hablan de la identidad del lector, la que se forja al situarse como trama, como cruce de muchos hilos y resortes, punto de encuentro de variadas vivencias, lugar donde dialogan y se anudan las subjetividades, razón por la cual al decir de nuestro José Martí,  “leer nutre”;  y en efecto, en todas estas estampas el acto de leer ha sido el mayor nutriente para quienes han querido crecer como seres humanos.

Todas estas estampas ratifican cuán importante es provocar diversas experiencias de lectura, entendiendo la experiencia de la lectura como un proceso de naturaleza dinámica y compleja que provoca la modificación/transformación subjetiva (cognitiva, ética, estética, lingüística, ideológica, cultural) del lector, mediante su relación con el texto en un flujo, reflujo, contra flujo de creación y construcción de ideas, sentimientos, emociones, imágenes, vivencias, valores, resultado de una subjetividad concreta y de una otredad que la reta, la desestabiliza y la conforma.

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[1] Graziella Pogolotti. En busca del unicornio. Ediciones UNION. La Habana, 2015. P. 173.

[2] Graziella Pogolotti. En busca del unicornio. Ediciones UNION. La Habana, 2015. P. 171.

[3] Jorge Larrosa. La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación. Fondo de Cultura Económica. México. 2004. P. 226.

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