INTRODUCCIÓN
Uno y diverso es el mundo en el que vivimos: muchas y muy variadas son las especies de animales y plantas que habitan en él; variados y diversos son los colores y credos de las razas humanas y diferentes y diversamente melodiosas son las lenguas que hablamos en el mundo; la diversidad y las diferencias son signos que identifican y caracterizan el diario vivir humano; y ese diario vivir, diverso, plural, dinámico y complejo tiene su reflejo en cada una de nuestras aulas.
Sin embargo, no siempre sabemos convivir en armonía con la diversidad y las diferencias, porque casi siempre lo diferente nos asusta, nos causan miedo, nos pone en guardia. Y esto es así porque lo diferente nos amenaza, nos perturba, nos desestabiliza, nos desorienta. Y esta ha sido, creo yo, la causa fundamental por la cual, generalmente, excluimos a quienes llevan la marca de las diferencias.
Esta idea que venimos exponiendo hunde sus raíces en el tiempo. Y de esto podemos saber si, por ejemplo, leemos un cuento como el titulado Breves instantes sin llegar a la roca, escrito por el cubano Jorge G. Silverio Tejera. En el que se narra la historia de Agesilao, un romano que presidia una cuadrilla cuya función esencial era privar de la vida a cualquier niño que naciera deforme, diferente físicamente y en contraposición al ideal de ser que esta sociedad tenía. Y todo marchaba bien hasta que su segundo hijo nace con las piernas débiles y es él, su padre, quien debe entregarlo para que, sin pensarlo dos veces, le arrebataran la vida.
Huir era una palabra que no existía en el vocabulario de Agesilao porque un espartano muere pero no huye. Sin embargo, a pesar de conocer este rasgo, su esposa se lo sugiere. Les quedaba otro hijo: el mayor, el primero, quien era ya un magnífico soldado siguiendo el ejemplo de su padre. Y ante la duda y lo que pudiera pasarle a ese primer hijo, por demás militar, la esposa le dice tajantemente: “Si por salvar un hijo tengo que perder a otro, lo perderé”. Porque se trataba de eso: de huir para salvaguardar la vida del bebé deforme, diferente; y para ello debían abandonar la tierra y dejar atrás todo, incluso, al primer hijo quien era ya un hombre. Y cuando llega la hora y Agesilao va a la cuna y el niño le sonríe, se percata de que no tenía otro camino que huir con aquel pedacito de futuro hombre que se apegaba a la vida. La mujer le aprieta el hombro y le señala el camino. Agesialo comprende el gesto en medio de aquel silencio preñado de significado. La toma de la mano y juntos inician el largo camino de la huida hacia el norte, donde las montañas eran más altas y los bosques más tupidos. Llevaba entre sus brazos, hecho casi un bulto, el cuerpecito indefenso del hijo deforme, diferente, condenado a la muerte por serlo si decidían quedarse en el lugar donde habían nacido. Y a cada paso el golpeteo de su corazoncito era un nuevo impulso para la huida, para la vida.
¿De qué nos habla este hermoso texto y cómo leerlo? Podríamos leerlo desde las lindes de la vida humana. De los conflictos éticos y existenciales de los seres humanos. Y de eso mismo nos habla: del entretejido de voces que somos cada uno de nosotros; de la dinámica lucha entre lo individual y lo social colectivo; de las mil y una razones que tienen los seres humanos para emigrar; de las pruebas por las que debemos pasar en la vida; de la actitud que siempre hemos tenido ante el otro y los otros diferentes.
También absorto en estos razonamientos, por casualidad cayó en mis manos una revista literaria y artística de esa ciudad cubana conocida como la Atenas de Cuba: Matanzas, en la que encontré un texto cuyo discurso poético transgresor muy bien conecta, desde disímiles aristas con el texto anterior. Está escrito por un poeta y traductor matancero llamado Israel Domínguez, se titula Porque no quiero y desde él se nos dice:
Por qué no puedo ser mujer
y por qué no puedo ser hombre.
Por qué no puedo ser negro
y por qué no puedo ser blanco.
Por qué no puedo ser homosexual
y por qué no puedo ser heterosexual.
Por qué no quieres que sea
Y por qué quieres que no sea.
Indígena, europeo, santiaguero, habanero,
cubano, español, vasco,
mexicano, árabe, estadounidense,
chino, japonés, ucraniano, ruso,
sudafricano, argentino, británico.
Por qué no puedo irme
y por qué no puedo quedarme.
Por qué no puedo ser troyano
y por qué no puedo ser griego.
Ni huno ni visigodo
y mucho menos romano.
Polaco, alemán, etíope, italiano,
somalí, haitiano, francés,
palestino, judío.
Por qué no quieres que sea
y por qué quieres que no sea.
Por qué no puedo ser religioso
y por qué no puedo ser ateo.
Pobre, rico, comunista.
Por qué tendría que serlo.
Friqui, miqui, artista, funcionario,
barrendero, médico, poeta, maletero,
salsero, trovador, científico, taxista,
escritor, editor, traductor.
Por qué no puedo ser subordinado
y por qué no puedo ser jefe.
Por qué no puedo ser alumno
y por qué no puedo ser maestro.
Por qué… por qué…
Porque lo único que no quiero ser
es la voz que eres, cuando preguntas
sin preguntar,
la voz que silencia a la voz que canta
Imagine all the people… imagine…[1]
Y leyendo textos como estos que no aparecen en los programas de estudio ratifico que todos, absolutamente todos, en algún momento de la vida, pudiéramos ser ese otro diferente y que cuando eso suceda –si sucede–, es muy seguro que queramos ser tratados con respeto, sin menoscabo de nuestra integridad, de nuestra dignidad.
¿Cómo contribuir a la construcción de unas sociedades y de unas escuelas cada vez más inclusivas, democráticas, participativas? ¿Cómo lograr que negros, blancos, indios y mestizos, que mujeres y hombres, que creyentes y ateos y que personas de muy diverso credo y orientación sexual participen responsablemente y con entusiasmo en la construcción de los proyectos sociales que en cada una de nuestras naciones sus pueblos construyen? Estas son interrogantes que debieran estar en el centro de los procesos formativos de niños, adolescentes y jóvenes, y pudieran tener, por la vía de la lectura, y sobre todo de la educación literaria, una y muy variadas respuestas.
La lucha por la integración, por la inclusión, por derribar prejuicios es necesaria hoy más que nunca y nos hace falta construirla día a día desde cada una de nuestras aulas y escuelas. Es importante que todos nos ocupemos por derribar esos muros que dividen y segregan, para que nuestras escuelas y nuestras sociedades sean verdaderamente inclusivas en el sentido más profundamente humano, de manera que podamos hacer realidad aquella máxima martiana de: “¡Con todos y para el bien de todos!”
Porque a no olvidarlo: leemos por muchísimas razones. Leemos para huir del discurso triangular o cuadrado que nos cerca y nos lacera y nos sobresatura. Leemos para, como diría la gran poetisa de América, la argentina Alfonsina Storni, huir de las gentes que ya tienen el alma cuadrada, ideas en filo y ángulos en la espalda. Y en ese leer y en los modos de leer literatura que asumamos de seguro encontraremos razones para ser, para existir, para hacer realidad aquello que ya sabemos desde que leímos la famosa obra de Saint-Exupéry: No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos. Y aquí está una clave trascendental para la enseñanza de la lengua y la literatura en escuelas que pretendan ser inclusivas: enseñar a ver con los ojos del corazón; enseñar a escuchar con nuestro oído interior, porque la palabra poética y su lectura serán siempre como un niño que descubre las estrellas en un aljibe que solloza. La íntima vocación de esta palabra poética será siempre la ofrenda y su último designio la epifanía de lo humano.
DESARROLLO
Y porque estamos convencidos de esto que venimos exponiendo es que afirmamos sin temor a equivocarnos que no hay ni habrá nunca una única razón para leer, para ir al encuentro gozoso con la literatura. Leemos por muy variadas razones y motivos, y esto no lo podemos desconocer maestros y profesores, puesto que desde la lectura de la poesía, la narrativa y el teatro, recibimos siempre un saber mirar, un saber escuchar y un peculiar sentir la vida. Leemos para viajar, para conocer otros muchos mundos posibles -lejanos o próximos en el tiempo y en el espacio. Leemos para viajar porque somos, a cualquier edad, ciudadanos del mundo y acumulamos hambre de mundo. Leemos también porque nos sobran o porque nos faltan fronteras y porque siempre, o casi siempre, vivimos cercados por esas fronteras: las que nos imponen nuestros propios límites y aquellas otras muchas que nos creamos nosotros mismos. Leemos porque necesitamos escapar de las férreas garras del vivir cotidiano y rutinario; porque necesitamos romper la circularidad monótona de la grisitud de la vida que no pocas veces nos acorrala, nos aniquila y mata. Leemos porque necesitamos del Otro –y de los Otros- que nos complementan; porque nos urge vivir otras vidas; porque deseamos en determinados momentos vestirnos con la piel y el ropaje de otros muchos personajes, para sentir en instantes inenarrables que somos otros sin dejar de ser nosotros mismos. Y estas son razones que debemos incorporar a los procesos de educación literaria y de formación de los seres humanos en general.
Desde las perspectivas anteriormente esbozadas es que sostenemos también que la lectura pudiera considerarse un instrumento muy valioso para la forja de la civilidad; es decir, para la formación de ciudadanos sensibles, inteligentes y críticos que actúen a favor de la igualdad y del respeto de las normas más elementales que rigen la convivencia en cualquiera de los ámbitos en los que ella se da: el familiar, el escolar, el laboral, el social en general.
Repensar la lectura y la educación literaria desde esta perspectiva pudiera ser una experiencia mucho más rica y compleja, pues significa aproximar las prácticas de lectura que la escuela inculca a las que se dan cotidianamente en la sociedad. Así, apoyados en procesos de lectura oral, colectiva, comentada, se van construyendo sentidos que se socializan, se actualizan y que pueden ser consensuados o revocados por los lectores. Desde ellos se suscitarían intensas polémicas y discusiones si esos sentidos se construyen desde la sospecha, es decir, poniendo en duda, en cuestionamiento, aquello que los textos comunican.
Si estamos de acuerdo en que nuestro objetivo último desde nuestros sistemas educativos y desde el diseño de los programas de estudio de nuestras asignaturas, en particular de las del área de lengua y literatura, está dirigido a la necesidad de conformar una ciudadanía democrática, socialmente paritaria, intercultural, ecológica y respetuosa de la dignidad humana, entonces estos debieran ser los ejes desde los cuales se construya el canon de lecturas, particularmente literaria; y por supuesto, los que condicionen los modos de leer las obras seleccionadas. Y este es hoy, para no pocos sistemas educativos, un problema no resuelto.
Es necesario encontrar nuevos recorridos de lectura y nuevos libros que nos permitan establecer unos fructíferos diálogos entre ellos y asumir la lectura y la educación literaria de adolescentes y jóvenes, desde el cultivo de la inteligencia y de las emociones, porque al decir de Eduardo Galeano en El libro de los abrazos, somos seres sentipensantes; ello supone que el contacto con la enseñanza de la lengua y la literatura se asuma como vía formativa para su efectiva participación en la vida sociocultural de cada una de nuestras naciones.
Se trata, entonces, de asumir la lectura como una aventura, intentando conformar desde ella muy diversos recorridos y actualizando continuamente el sentido contenido en los textos objeto de estudio, de manera que podamos dar un salto hacia otros espacios en los que podamos encontrarnos con el otro y los otros diferentes para traspasar el umbral de nuestras certezas y abrirnos a otras vidas y a las incertidumbres que al hacerlo se generan. Vista así, la lectura y la educación literaria de adolescentes y jóvenes pudiera erigirse en una experiencia intensa, interesante, dinámica, desde la que podamos asumir muy diversas miradas sobre lo propio y lo ajeno, lo que creemos y los que dudamos, lo que somos y lo que pudiéramos llegar a ser.
Desde estas perspectivas podemos leer con nuestros estudiantes este poema escrito por nuestra poetisa, Premio Nacional de Literatura, la matancera Carilda Oliver Labra, cuando nos dice:
A veces va uno por la calle, triste,
pidiendo que el canario no se muera
y apenas se da cuenta de que existe
un semáforo, el pan, la primavera.
A veces va uno por la calle, solo,
-ay, no queriendo averiguar si espera
y el ruido de algún rostro que se inmola
nos pone a sollozar de otra manera.
A veces por la calle, entretenido,
va uno sin permiso de la vida,
con un hambre de todo casi fiera.
A veces va uno así, desamparado,
como pidiendo enamorar la nada,
y el milagro aparece en una acera.
Leer pudiera servir para construirnos personas más tolerantes. Tolerar no significa ser totalmente indulgente y mucho menos implica que aceptemos acríticamente, a ciegas, para evitar los conflictos. Ser tolerantes es disponernos a comprender que la vida tiene muchos colores y matices, que el pensamiento tiene muchas aristas desde las cuales puede ser analizado, que hay muchas maneras de ser y de pensar y de actuar, y que la única condición para juzgarlas es que ellas atenten contra la dignidad e integridad de los seres humanos, que atente contra la vida y la convivencia pacífica.
La lectura, y la lectura literaria en particular, nos enseña a ver con nuestro ojo interior y nos enseña a escuchar con nuestro oído más profundo. Cultivar la escucha atenta y aprender a ver la vida con cristales de muy diversos colores es darnos cuenta de la riqueza de la diversidad, es aprender a ver la diferencia no como obstáculo sino como posibilidad de ir al encuentro de otros y de tender puentes de entendimiento y armonía entre todos. La educación literaria y la práctica de la lectura asidua, sensible, inteligente y crítica es clave para que aprendamos a crecer con, desde y junto a esa diferencia.
Leer puede servir para que encontremos la justa medida del respeto. Porque por muy diferente a mí que el otro sea, algo nos une: la condición de ser seres humanos que necesitamos del respeto, que merecemos respeto y consideración y a quienes nos asiste ese derecho.
Diciendo esto viene a mi memoria aquel poema escrito por José Martí, la mentalidad más lúcida de nuestro siglo XIX cuando escribió:
Bien: yo respeto
A mi modo brutal, un modo manso
Para los infelices e implacables
Con los que el hambre y el dolor desdeñan,
Y el sublime trabajo, yo respeto
La arruga, el callo, la joroba, la hosca
Y flaca palidez de los que sufren.
Respeto a la infeliz mujer de Italia,
Pura como su cielo, que en la esquina
De la casa sin sol donde devoro
Mis ansias de belleza, vende humilde
Piñas dulces o pálidas manzanas.
Respeto al buen francés, bravo, robusto
Rojo como su vino, que con luces
De bandera en los ojos, pasa en busca
De pan y gloria al Istmo donde muere.
¿Cómo y por qué leer este poema de José Martí? ¿Desde qué perspectivas leerlo hoy en pleno siglo XXI?
Decía nuestra ensayista, crítica y profesora universitaria Beatriz Maggi que: “Todas las ganancias que reporta la lectura resultan pobres comparadas con una excepcional: el robustecimiento de nuestro discernimiento moral…”[2] Y en efecto, siguiendo este razonamiento y el propio título del poema, podemos leer el poema desde su base ideo-temática y ética más raigal: el respeto. Porque para Martí el ser del hombre tiene dos fuerzas, de las que nacen el propio mejoramiento y la ajena estima: el respeto y el amor.[3]
Y efectivamente, desde el propio título se nos adelanta la declaración del hablante lírico coincidente con la del autor al afirmar, en tono coloquial: “Bien: yo respeto”. ¿Y qué es lo que respeta? Pues, parafraseando unos versos sencillos podemos decir que respeta a “los pobres de la tierra con los que quiere su suerte echar”, idea que ratificamos al leer en el poema que comentamos.
Por eso, en un verso en el que pudiéramos ver todo un procedimiento de reducción semántica, de síntesis total, declara abiertamente el hablante lírico su respeto por la arruga, el callo, la joroba, la hosca y flaca palidez de los que sufren. Observemos detenidamente esa selección léxica y en la que cada palabra actúa como símbolo asociado a las consecuencias de un trabajo y de un vivir intensos en aquellos para quienes la mayoría de las veces ese vivir es sufrimiento y explotación.
El yo del hablante lírico se caracteriza, además, por la total sinceridad. Esto lo reafirmamos desde la propia declaratoria del título y a lo largo del poema en cada idea expresada.
Y es que el punto de vista desde el cual leemos e interpretamos las obras objeto de estudio es siempre un punto de vista en el que se entrelazan, en el que se entremezclan lo estético, lo ético y lo ideológico, como resultado del sistema de valores y de creencias que incardinan nuestra vida como seres humanos a nivel individual y como ciudadanos a nivel colectivo. Detrás del punto de vista como territorio moral está la ideología que profesamos. Asumir una selección de textos y unos modos de leerlos desde estas perspectivas nos llevará indefectiblemente a unos procesos formativos de nuestros adolescentes y jóvenes de cara a la conformación de una ciudadanía responsable, crítica y participativa, luchadora por la igualdad de género, de etnias y credos; para la salud y el desarrollo sostenible; para el diálogo intercultural respetuoso; para convivir armónicamente con la naturaleza; para que todos, en fin, podamos vivir en paz y armonía.
Y pensando en todo esto que hemos venido esbozando; pensando en las realidades que en estos últimos meses se vive en Bolivia, en Chile, en determinadas zonas de España; pensando en mi país, me viene a la memoria un poema de Mario Benedetti que dice:
¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?
Que uno solo tiene que buscarlo y dárselo,
que nadie establece normas salvo la vida,
que la vida sin ciertas normas pierde forma,
que la forma no se pierde con abrirnos,
que abrirnos no es amar indiscriminadamente,
que no está prohibido amar,
que también se puede odiar,
que el odio y el amor son afectos,
que la agresión por sí hiere mucho,
que las heridas se cierran,
que las puertas no deben cerrarse,
que la mayor puerta es el afecto,
que los afectos nos definen,
que definirse no es remar contra la corriente,
que buscar un equilibrio no significa ser tibio,
que negar palabras es abrir distancias,
que encontrarse es muy hermoso.
… … … …
Que nunca está de más agradecer,
que nadie quiere estar solo,
que para no estar solo hay que dar,
que para dar tenemos que recibir antes,
que para que nos den hay que saber cómo pedir,
que saber pedir no es regalarse,
que regalarse en definitiva es no quererse,
que para que nos quieran tenemos que demostrar qué somos,
que para que alguien sea hay que ayudarlo,
que ayudar es poder, alentar y apoyar,
que las cosas cara a cara son honestas.
… … … … …
Que cuesta ser sensible y no herirse,
que herirse no es desangrase,
que para no ser heridos levantamos muros,
que sería mejor levantar puentes,
que sobre ellos se va a la otra orilla y también se vuelve,
que volver no implica retroceder,
que retroceder también puede ser avanzar.
… … … … …
Cómo hacerte saber que nadie establece normas salvo la vida.
Porque en el fondo, cada uno de nosotros no es sino ese libro de citas que nos conforma y nos transforma; porque estamos llenos de palabras propias y ajenas es que vamos por el mundo adueñándonos de muchas palabras dichas por otros, tejiéndonos voces dentro para conformar nuestra propia voz. Porque somos también todo eso que hemos leído, y nuestra biografía individual y la de nuestros pueblos están conformados también por los relatos, por las historias que leemos y por las preguntas y las respuestas que buscamos al leer.
Porque en el mundo moderno actual los seres humanos están atrapados dentro de sí mismos y entre las muchas pantallas del mundo audiovisual en el que viven, que en ocasiones frecuentes les impide ver más allá, es que sostenemos la necesidad de renovar la enseñanza de la lectura y de la literatura; y para ello, tanto nos sirven los libros clásicos como los modernos. No debe haber oposición antagónica entre ellos. Así, por ejemplo, es necesario que siempre nos preguntemos por qué es necesario que adolescentes y jóvenes en pleno siglo XXI continúen leyendo el Quijote de Cervantes. Y la respuesta no se hace esperar. Es necesario porque, entre otras muchas razones posibles, nos enseña a descubrir la otredad a través de las conversaciones auténticas que sostienen sus dos personajes protagónicos: Quijote y Sancho. Y es que la clave del entendimiento humano entre estos dos personajes está en que saben escucharse, y en virtud de lo que escuchan se transforman mutuamente. Es muy cierto también que discuten, que no siempre reina entre ellos la unanimidad de criterios, pero el diálogo que entablan siempre está basado en el amor, en la amistad, en el respeto más profundo entre ambos. Por eso, es necesario seguir gustando del encanto de la palabra, de la lectura de la palabra propia o ajena para continuar pensando y soñando, para levantar puentes que nos unan.
Esta palabra poética contenida en la literatura es el espíritu que debe acompañar a la enseñanza de la lengua y la literatura en la escuela elemental. Esa palabra poética deberá ser después, entre adolescentes y jóvenes, en su paso por la Secundaria Básica y el Bachillerato, el tronco raigal para la formación lingüística, ética, estética y humanista. Porque es en plena adolescencia y juventud cuando se comprende mejor que todo está dicho en las palabras, porque la palabra literaria es memoria que nos permite tocar el alma de los hombres y mujeres y de los pueblos; porque se convierte ella en escaleras para alcanzar las cumbres más altas del pensamiento y el alma de la humanidad.
Por eso, como decía nuestro José Martí: Los pueblos necesitan además como las aguas, de nivel. Cada nación requiere, si ha de salvarse, cierta porción de intelectualidad y elementos femeninos: y así como no se da hijo sin padre y sin madre, así no se da pueblo sin la comunión afortunada de elementos viriles y femeniles del espíritu. Los pueblos mueren de hipertrofia de fuerza, que los ensorbece, ofusca y embriaga, y causa dolores y trastornos…, lo mismo que de hipertrofia de sentimiento y arte, que los afloja y ahembrea. Las condiciones espirituales tienen su higiene, lo mismo que las físicas; y de una condición se ha de reposar en otra, que la modere y modifique. De la fuerza se ha de descansar en la ternura…[4]
Y releyendo detenidamente este pensamiento martiano ratifico la necesidad de una educación respetuosa con respecto al género, reclamando siempre un equilibrio entre la ideología de hombres y mujeres para no caer en el exceso de feminismo o de machismo a ultranza, como en no pocas ocasiones sucede en este mundo de hoy. En esta dirección, muy bien pudiéramos leer con nuestros estudiantes este poema de Mario Benedetti que se titula Si Dios fuera una mujer y que dice:
¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya, si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.
Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para buscar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.
Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.
Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.
Ay Dios mío, Dios mío,
si hasta siempre y desde siempre
fueras mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.
Y tiene razón el poeta, porque todo lo que viene de la mujer nos habla de una especial relación con el cuerpo, con los afectos, con la ternura que tanta falta hace a los hombres, para entender, por ejemplo, que debemos continuar leyendo la Ilíada de Homero para ratificar y ratificarnos que en no pocas ocasiones vamos a la guerra por los caprichos e intereses malsanos de un solo individuo. De ahí la necesidad de lograr, como lo razonaba nuestro José Martí en el ya lejano siglo XIX, un equilibrio entre las fuerzas viriles y femeniles en cada ser, en cada pueblo, para no caer en la hipertrofia de una u otra posición.
Y finalmente, este encuentro con la palabra poética, con la lectura literaria que sigue siendo la actividad clave y esencial de la formación humanista, nos debiera llevar a sembrar en nuestros alumnos un profundo amor por su tierra, por su patria; nos debiera llevar a que por medio de la lectura literaria aprendamos a valorar mucho más y mejor lo bueno y virtuoso que hay en cada uno de nuestros pueblos. Porque en la literatura, en la palabra poética somos; mediante ella nos construimos como seres humanos concretos y como pueblos. Así, pudiéramos compartir con nuestros estudiantes la lectura de textos como estos:
Mi tierra
Mi tierra nació de una crisis térmica.
El mar no pudo contenerla en su seno
y brotó alegre, llena de un trópico absurdo
que no cesa de vibrar.
Mi tierra vino escandalosa en miel
al borde de morenas cinturas,
con una noche de tambores en ristre
para marcar sus costas en el azul-mar del infinito,
donde brilla despacio el reflejo de la luna,
donde se acrisolan sueños
de ser lo que no alcanza.
Mi tierra está en su poesía:
canto abacuá que Dios bendijo
tras la tolerancia del olimpo más antiguo.
Mi tierra nació en el nuevo mundo
y trueca su historia por un cuento.[5]
O este otro, del también pinareño Pedro Juan Gutiérrez, en el que se mezcla cierta nostalgia con el orgullo por una ciudad como La Habana que en estos días está de cumpleaños, por sus quinientos años de fundada. A ella, a la capital de todos los cubanos, también aprendemos a amarla y a rendirle culto leyendo desde la palabra poética que nos funda. Escuchemos pues:
La vida secreta
Desde mi azotea
La Habana de noche
apenas iluminada,
frugal y estoica.
La Habana soporta estos años
como una vieja dama sabia y silenciosa.
No despega sus labios para protestar
y se deja lamer el costado
por la espuma y el salitre.
La vieja dama oculta sus heridas,
esconde sus cicatrices
y me confiesa tardo en la noche:
No importa;
tú pasarás,
todos pasarán.
Yo seré eterna
y siempre estaré aquí
con mi enorme corazón
palpitando al viento.
Entrego mi amor y no sufro.
Soy la ciudad de piedra.
La ciudad eterna.[6]
O también conectando con el poema de Benedetti y con aquella canción escuchada en estos días en que celebramos el 500 aniversario de la fundación de La Habana, tendríamos que asumir que “La Habana es una ciudad hembra, que no tiene freno ni tan poco rienda”, porque desde ella nos viene la vida, porque en ella encontramos los afectos, porque ella se nos ofrece como mujer y madre amada, que nos recibe en cada encuentro para hacernos saber que de ella venimos y a ella vamos con la mayor decencia puesta en el alma.
CONCLUSIONES
En resumen, por todo lo anteriormente expuesto, reclamamos un encuentro formativo mediado por la lectura de la palabra poética, por la pasión, el entusiasmo y la emoción que cautiva desde la voz de esos maestros y profesores que más que enseñar contagian el amor por los más altos valores humanos, para que uniendo sus voces a la del poeta podamos decir con Mario Benedetti:
La esperanza tan dulce,
tan pulida, tan triste;
la promesa tan leve,
no me sirve.
No me sirve tan mansa
la esperanza.
La rabia tan sumisa,
tan débil, tan humilde;
el furor tan prudente,
no me sirve.
No me sirve tan sabia
tanta rabia.
El grito tan exacto,
si el tiempo lo permite,
alarido tan pulcro,
no me sirve.
No me sirve tan bueno
tanto trueno.
El coraje tan dócil,
la bravura tan chirle,
la intrepidez tan lenta,
no me sirve.
No me sirve tan fría
la osadía.
Sí me sirve la vida
que es vida hasta morirse,
el corazón alerta,
sí me sirve.
Me sirve cuando avanza
la confianza.
Me sirve tu mirada
que es generosa y firme
y tu silencio franco,
sí me sirve.
Me sirve la medida
de tu vida.
Me sirve tu futuro
que es un presente libre
y tu lucha de siempre,
sí me sirve.
Me sirve tu batalla
sin medalla.
Me sirve la modestia
de tu orgullo posible
y tu mano segura,
sí me sirve.
Me sirve tu sendero
compañero.
Nos sirve pues el esfuerzo de todos por la construcción de una convicción que ha de fraguarse en adolescentes y jóvenes desde cada una de nuestras aulas: la de que un mundo mejor es posible. Y esa convicción podría construirse de la mano de la lectura sabrosa y útil; de la lectura fecunda que nutre y transforma, que consuela el alma y la redime. La lectura pues como goce y placer, pero también como sustancia nutricia y trabajo, como resistencia y emancipación, como permanente encuentro con el otro y lo otro.
[1] Israel Domínguez. Porque no quiero, en Revista literaria y artística Matanzas. Primera Urbe Moderna de Cuba. Nro. 1, año XVIII, enero-abril de 2017. P. 7
[2] Beatriz Maggi. “Legado de alas”, en Antología de ensayos. Editorial Letras Cu 436.banas. La Habana, 2008. P.
[3] José Martí. Boletines de Orestes. Revista Universal, México, agosto 12 de 1875. O.C. Tomo 6. P. 305. También en José Martí. Aforismos, de Jorge Sergio Batlle. Centro de Estudios Martianos. La Habana, 2004. P. 345.
[4] José Martí. Obras Completas.
[5] Texto del poeta pinareño Luis Figueroa Pagés en Cuando amanece. Colección Laurel. Ediciones Loynaz. Pinar del Río. 2014.
[6] Pedro Juan Gutiérrez en El sendero de las fieras. Ediciones Loynaz. Pinar del Río. 2014. P. 30.