Hemos de sostener –y no solo en función de la Educación y particularmente de las clases- que la curiosidad no se fuerza, se despierta, se le incentiva, se le provoca. Por eso, he de afirmar sin temor a equivocarme que el libro, la lectura y las obras literarias en general han de ser cómplices y susurrantes provocadores de muy diversas experiencias.
Ahora bien, ¿cómo provocar entre nuestros adolescentes y jóvenes esa curiosidad?; ¿cómo motivarlos para que vayan al encuentro de un autor o de una obra en específico? Pues bien, aquí vamos a ofrecer un primer ejemplo.
Cada vez que en el bachillerato debo trabajar con mis alumnos la Metamorfosis de Franz Kafka, tropiezo con no pocos escollos que obstaculizan el encuentro sensible, inteligente y gozoso con este autor y de esta obra; por eso, recurriendo al elemento biográfico unas veces y a las consabidas preguntas de por qué y para qué leer esta obra podemos incentivar el deseo de encuentros con este autor que hoy más que nunca bajo el signo de la pandemia de la Covid-19 sigue dándonos lecciones. De ahí que una primera idea que lanzo es esta:
CURIOSIDADES KAFKIANAS QUE TE DEJARÁN CON LA BOCA ABIERTA
¿Qué datos sobre Franz Kafka nos pueden dejar sorprendidos? Pues aquí te ponemos en contacto con algunos que pudieran provocar que esta figura resulte mucho más atractiva e interesante. Léelos con detenimiento y disfrútalos.
– Fue Franz Kafka un hombre vegetariano. Y en efecto, decidió dejar de comer carne después de una visita a un acuario. Por lo visto se acercó a los peces para anunciarles que por fin podía mirarlos en paz, ya que nunca volvería a comerse uno de ellos.
– El recorrido de Franz Kafka en la Universidad es en extremo llamativo: se sabe que matriculó Química en la Universidad de Praga pero solamente duró en este curso dos semanas; después probó matriculando Historia del Arte y Filología y, finalmente, terminó estudiando Derecho, obligado por su padre. Tal parece que los problemas de orientación vocacional y profesional no son problemas solamente de los jóvenes de hoy, pues Kafka, evidentemente, los padeció con creces. Sin embargo, lo que sí parece es que tenía buenas aptitudes para los idiomas, pues además del alemán, el escritor dominaba el checo, el francés, el latín, el griego y el hebreo. ¡Seis idiomas, nada más y nada menos! Fue en este sentido un políglota.
– Sobre su sexualidad hay un dato quizás excesivamente curioso y también censurable, pues cuando murió se halló en su habitación una buena cantidad de material pornográfico. Kafka nunca se casó y tampoco tuvo hijos, aunque en varias ocasiones estuvo comprometido. Eso sí, se sabe que frecuentaba asiduamente los prostíbulos checos.
– Fue muy crítico consigo mismo y por esta razón quemó parte de su obra. Hoy todavía es difícil saber con exactitud cuánto quemó, aunque algunos estudiosos, expertos en su vida y obra se atreven a decir que quemó hasta el 90% del total de todo lo que había escrito. Le pidió a su amigo Max Brod que quemara todos sus manuscritos no publicados cuando él falleciera. Por suerte, su amigo no cumplió con tal pedido y guardó los trabajos del escritor y los publicó de forma póstuma.
– Tuvo cinco hermanas, tres menores y dos mayores que él. Tres de ellas fallecieron en campos de concentración de la Alemania nazi.
– En 1983 un astrónomo apasionado de la obra de Kafka bautizó un asteroide con el nombre del escritor checo: el asteroide 3412 Kafka.
– Tuvo una relación muy mala con su padre, tanto que a los 36 años le escribió una carta de 100 páginas explicando los sentimientos negativos que tenía hacia él. Sin embargo, todo parece indicar que esa mala relación con su progenitor fue una influencia decisiva para la creación de su obra.
– Hoy se sabe a partir de un estudio del experto en sueño Alex Iranzo, responsable de la Unidad del sueño del Clínic de Barcelona, que el insomnio crónico marcó la vida de Kafka, impactó su obra y fue para él una especie de “maldición”. La privación de sueño, la fatiga que sentía al trabajar durante largas horas sin descanso, las dificultades para la concentración que todo ello generaba, los malos hábitos instalados en la rutina diaria que seguía la vida de Kafka, marcaron profundamente su calidad de vida e impactaron en su obra.
– Toda gran obra genera reescrituras. Un cubano, narrador guantanamero que ha obtenido diversos premios literarios en nuestro país: Eldys Baratute Benavides, ha escrito un libro titulado Cucarachas al borde de un ataque de nervios, en el que aparece este texto titulado Metamorfosis… otra vez y que dice así: «Yo soy Gregorio Samsa. Ya nunca más volveré a ser una cucaracha. Ahora me he convertido en una lombriz de tierra». Te invitamos a que leas este libro sabiendo que, aunque lo más probable y común es que no te gusten las cucarachas, podrás descubrir que estas como personajes pueden ser dulces, simpáticas, amigables, inolvidables.
Ahora bien después de los conocer la información que te ha aportado todo cuanto hemos venido diciéndote, se impone plantearnos interrogantes como estas: ¿cómo leer desde este ya galopante y pandémico siglo XXI La Metamorfosis, de Franz Kafka? ¿Cómo, por qué y desde qué perspectivas leerla?, volvemos a preguntarnos. Y la respuesta no se hace esperar: una posible lectura es desde aquella que nos habla del trabajo enajenador, de una labor impuesta que arruina el espíritu y empobrece la vida como le sucede a Gregorio Samsa. Ver la vida entregada a una monótona rutina que impide el encuentro creativo con los demás y aceptar la esterilidad de ese agónico vivir, genera no solo en Gregorio Samsa sino en cualquier ser humano una pavorosa consecuencia. Tal es también la situación actual porque la pandemia nos sume en un monótono vivir, agónico y aniquilador.
La metamorfosis, entonces, es eso: expresión del pathos de la terrible soledad, de la desolación, el desamparo, la orfandad, todo lo cual se traduce en vértigo que arrastra hasta lo más hondo de lo hondo. Así es también con esta pandemia que signa nuestras vidas entre las incertidumbres, los temores, el sentido de orfandad y desamparo. Si Gregorio Samsa encarna y representa la existencia de millones de personas a quienes el trabajo excesivo y obsesivo enajena asimismo hoy se erige en signo de esta vida pandémica que enajena y destruye.
También este relato puede leerse como una metáfora sobre el peso insoportable de la responsabilidad; o también como metáfora del dilema de muchos seres humanos que viven una soledad empobrecida, desvalida, que se convierte en soledad angustiosa porque impide la comunicación armónica y creativa de sentimientos y del intercambio fecundo de iniciativas. Esta es la razón por la cual el joven Gregorio se convierte en un monstruoso insecto, desvalido y cuyo vivir es totalmente agónico.
Debes percatarte al leer la novela de este hecho que es clave importante para lograr su cabal comprensión: no se trata de un cambio o transformación real; y eso nos lo indica el hecho de que Gregorio sigue pensando y sintiendo como ser humano. Se trata, obviamente, de una alegoría, de un recurso estético del que ya te hemos hablado cuando expusimos el panorama general en el que se enmarca la novelística de esta época, y que en este caso particular, tiene que ver con la concepción del personaje, de manera que se recrea con ello el mundo interior, psíquico, a través del cual se da cuenta del ámbito de humillación al que se ve reducido el personaje, a quien sus padres consideran un mero medio para la sustentación económica de la familia. Su vínculo más humano se establece con la hermana, pues él acariciaba el sueño de pagarle sus estudios de música en un conservatorio y este era el único lazo que lo unía con la posibilidad de una vida creativa; por eso, cuando escucha a su hermana decir a sus padres que «eso que está ahí ya no es Gregorio, sino un bicho», se produce su anulación como persona humana. Al romperse esa mínima relación, Gregorio Samsa desaparece de la escena para dar paso al monstruoso insecto.
También podemos leer esta inquietante novela desde un ejercicio de introspección: ¿No nos hemos sentido alguna vez en la vida tratados como si fuéramos un “bicho”, un insecto despreciable? ¿En algún momento no hemos proyectado una imagen nuestra que no es la verdadera sino la que sabemos que otros quieren ver? ¿Acaso no albergamos una parte nuestra que no nos atrae y que nos impide exteriorizarla ante los demás?
La alegoría de Kafka con su personaje Gregorio es tan inquietante como efectiva para evidenciar que cada ser humano es único y especial; y esa diferencia debe ser aceptada y potenciada, nunca mansillada, a pesar de los demás. Ella recrea en definitiva la imagen de una soledad empobrecida y desvalida del ser humano que no puede crear relaciones de diálogo y de encuentros verdaderamente creativos con los demás, porque todo a su alrededor se reduce a meros objetos, a medios para lograr unos fines específicos. Y es que habitar una casa, significa crear en ella una red de vínculos interpersonales que la convierten en hogar, en fuente de amor y de entendimiento. Y Gregorio habita groseramente aquella casa. Su vivir se reduce a habitar un espacio en el que no hay cabida para el encuentro fecundo con los demás, porque los demás se lo niegan. La incomunicación y la deshumanización son entonces dos claves esenciales que deben seguirse al leer esta novela; desde ellas podemos comprender la clara similitud entre lo que le sucedió a Gregorio y la forma en que el nazismo trató a los judíos en la época del holocausto.