Literlingua Curiosa 4


Bajo el influjo de Santiago Posteguillo y uno de sus libros

LAS AMIGOVIAS DEL TEMBAMANÍACO HONORATO DE BALZAC

   ¿Sabías acaso que de las tres grandes tentaciones que tuvo Honorato de Balzac a lo largo de su vida una fue la de sostener relaciones íntimas, amorosas, con mujeres de mayor edad que él, con las que intimó al estilo de lo que hoy se conoce en algunos países como “tener amigovias(os)” y en Cuba, específicamente cuando a mujeres mayores de edad se refiere, se dice “padecer de tembamanía”?

   Y pues sí; en efecto: Honorato de Balzac amaba a las mujeres mayores. Todo parece indicar que el fuego lento de las mujeres maduras le encendían la pasión amorosa mucho más que las llamaradas de las más jóvenes. Y es que, si buceamos en las profundidades de su biografía, comprendemos mejor que la superioridad de la experiencia vital femenina lo sedujo siempre, sobre todo en sus inicios cuando siendo muy joven, casto e inseguro, se sentía un genio incomprendido y necesitado de afirmación, comprensión y ayuda, la que desde luego, le proporcionaban las mujeres de más edad que él.

   De las amantes sucesivas y simultáneas que tuvo, solo una de ellas fue menor que él en edad. Las demás rondaron o rebasaron casi siempre los cuarenta años. Con ellas satisfacía su necesidad de éxito amoroso: una de las tres tentaciones que le consumieron en vida, porque las otras dos fueron sin lugar a duras, la posesión de títulos nobiliarios y la posibilidad de amasar una fortuna, tanto económica como literaria.

   Fue una mujer mayor quien lo inició en los avatares del amor. Se llamaba Madame de Berny. Tenía ella a la sazón 43 años cuando se enamoró de él, quien solo contaba en ese momento con 21 años (es decir 22 años de diferencia respecto a ella). Y ella se empleó en educarlo no solo en las lides amorosas sino también para que brillara en sociedad. Ella supo ver en él al genio que llevaba dentro y que pronto se abriría paso y le fue fiel hasta el final. La Dilecta –como le llamaba Balzac-  no le dio tan solo sabiduría mundana sino también, y sobre todo, el apoyo sentimental y  particularmente económico que tanto él necesitaba.

   Luego vendría Laura de Abrantes, una duquesa posesiva y autoritaria que apresuró el idilio amoroso cuando le dijo sin tapujos: “Seré su amiga para siempre y también su amante, cuando lo quiera usted”. Menuda confesión que él tomó como cierta a pie juntillas. Le tomó la palabra y se lanzaron al desenfreno del amor. En ese momento ella tenía la misma edad que Madame de Berny y él tan solo contaba con 25 años; es decir, ella le llevaba 18 años de diferencia. Era él entonces un advenedizo en pleno camino de ascenso y no podía ni quería dejar pasar por alto tal ocasión, pues ella le permitiría adquirir las destrezas que exigía el código cortesano de la nobleza parisina y él necesitaba de ese entrenamiento puesto que ya para ese momento era un dandy que se iniciaba en el falso camino de hacerse un aristócrata, recordemos que había cambiado su apellido añadiendo  la partícula “de a su apellido: de Balzac” con tales fines.

   Las mismas motivaciones marcaron su siguiente relación amorosa con la marquesa de Castries, descendiente de los Estuardos y lectora voraz de sus novelas. Cuando ella decidió  escribirle invitándolo a conocerse tenía ella 33 años y él 28; o sea, ella era 5 años mayor que él, diferencia de edad mínima pero marcada por una distancia abismal de pertenencia a clase social, a costumbres y visiones, que por supuesto, terminaron separándolos.

   Y tuvo Balzac, además, intensos idilios amorosos epistolares de ciertos sabores románticos. Uno de ellos fue el que sostuvo con Zulma Carraud, que duró treinta años. Este idilio amoroso epistolar comenzó suavemente, pasó luego por un momento de paroxismo sexual por parte de nuestro novelista y derivó finalmente en una amistad profunda. Quizás fue esta la única amistad desinteresada que Balzac sostuvo con mujer alguna. Ella, casada y tres años mayor que él, fue una amiga completa: lo admiró, lo quiso, pero también fue su más honesta y crítica consejera.

   La otra relación epistolar fue la que sostuvo con la condesa Evelina Hanska, a la que él llamaba “La Extranjera”. Ella profundamente impresionada por la lectura de su obra le escribió un día y propició seis meses después de aquella primera carta el encuentro de ambos. Balzac acudió al encuentro. Se conocieron en Suiza y se juraron amor eterno.

   Ella debió ser una mujer muy atractiva pues el famoso músico Franz Liszt hizo todo lo posible por conquistarla cuando estuvo en San Petersburgo; pero ella se mantuvo fiel a Balzac. Tras eventuales encuentros, la relación se interrumpió. No volvieron a verse a causa de dos fundamentales y poderosas razones: la distancia que los separaba y el esposo de ella, el incómodo conde Hanska. Sus amores fueron en parte secretos y totalmente adulterinos. A partir de 1835 y durante ocho años, esta relación se mantuvo viva por cartas. Finalmente, con la muerte del conde, contrajeron matrimonio y vivieron juntos unos meses antes de la muerte del novelista.

   De la mano de mujeres como estas conoció nuestro novelista de una vida aristocrática en la que había cabida para el amor desenfrenado, el adulterio de algunas tras la máscara de la más inmaculada nobleza y del valor del dinero y de los títulos nobiliarios que abrían indiscutiblemente puertas en los salones más aristocráticos del parís de su época. Muchos de sus más preciados personajes nacieron de ese conocimiento de la vida que aquellas mujeres le proporcionaron. El propio Stefan Zweig, famoso crítico literario en Tres grandes maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski), nos dice que: «…la pensión Vauquer, aquel crisol mágico de personajes (…) entre cuatro paredes mal empapeladas, encierra la rica variedad de temperamentos y caracteres que la vida ofrece…»[1]

   ¿Cómo se las arregló este hombre, este titán de la novela mundial, para poder escribir sostenida y frenéticamente durante largas horas al día, atender sus intensos amoríos e intrigas sociales, asistir a suntuosos bailes y representaciones teatrales, evadir a decenas de acreedores y vivir además como un dandy? Es esta una interesante pregunta que puede tener muy diversas respuestas si te sumerges activa y creadoramente a bucear en la biografía de este gran novelista de todos los tiempos.[2]

   ¿Cómo pudo tener tantos amoríos si según nos cuenta W Somerset Maugham cuando estaba acompañado Balzac solía comer desmesuradamente? Cuenta este autor en su libro Cuatro novelistas que «un editor le vio devorar un centenar de ostras, doce chuletas, un pato, un par de perdices, un lenguado, gran cantidad de dulces y una docena de peras»; por eso, sostiene Somerset Maugham «no es sorprendente que con el tiempo se pusiera muy grueso y su vientre fuera enorme». Y otro dato curioso es que plantea Somerset Maugham que «Gavarny decía que Balzac comía como un cerdo y que sus modales en la mesa carecían de toda elegancia».[3]


[1] Stefan Zweig, en Tres grandes maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski), Editorial Arte y Literatura. La Habana, 1986; y también seguimos lo expresado por W. Somerset Maugham, en Cuatro Novelistas (Flaubert, Balzac, Melville, Stendhal). Colección Cocuyo. Editora del Consejo Nacional de Cultura. Editorial Nacional de Cuba. La Habana. 1965.

[2] Tal y como se expresa en el exergo que encabeza este texto, todo él está inspirado en los libros de Santiago Posteguillo.

[3] W. Somerset Maugham, en Cuatro Novelistas (Flaubert, Balzac, Melville, Stendhal). Colección Cocuyo. Editora del Consejo Nacional de Cultura. Editorial Nacional de Cuba. La Habana. 1965. P. 22.

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