Literlingua Curiosa 6

CURIOSAS REFLEXIONES DE UN MAESTRO CUBANO DE LENGUA Y LITERATURA EN TIEMPOS DE LA COVID 19

   Otro amanecer y con él llega otro día de recogimiento y de indefensión, de incertidumbre, de vulnerabilidad, de preguntas que no siempre tienen respuestas. Nuevas certezas y nuevas incertidumbres; nuevas dudas y una pregunta restallando en el aire, zumbando en nuestros oídos: ¿Hasta cuándo durará esto, señor? ¿Hasta cuándo?

   Como ya es habitual esperamos ansiosos la conferencia de prensa en la que frente a las cámaras de la televisión comparece el doctor  Durán, Director Nacional de Epidemiología del Ministerio de Salud de Cuba, para informarnos sobre la situación de la pandemia en Cuba y en el mundo. Y como ya es habitual, antes y después de escucharlo muchas preguntas nos asaltan: ¿Cuántos nuevos casos habrá? ¿Cuántas nuevas muertes? ¿Hasta cuándo durará esta situación? ¿Cuáles serán sus reales consecuencias?… Y muchas respuestas nos llegan en la voz sosegada y firme de este médico, directivo de nuestro Ministerio de Salud Pública, para el bien de todos los cubanos.

   Por otra parte con el nuevo día se hacen realidad unas costumbres y unos nuevos rituales que por necesidad imperiosa se han hecho ya habituales: el uso del nasobuco; el jabón y el lavado constante de las manos, el detergente, los desinfectantes, el socorrido hipoclorito; y también junto a esto la noción  de encierro, confinamiento, distanciamiento social… Nada de apretones de manos para el saludo del encuentro o de la despedida y mucho menos besos y abrazos. Un metro y medio -o mejor dos metros- de distancia mínima para separarnos del otro, realidad esta que casi nunca se cumple cuando de hacer cola para la adquisición de cualquier producto de primera necesidad se trata.

   Los días pasan lentos y en ellos se trastocan los tiempos. ¿Qué hacer para estar ocupados, para desterrar los miedos, para aplomar el ánimo y templar el carácter ante el peligro que representa el nuevo coronavirus y cada una de las nuevas cepas que aparecen al mutar el virus? Ante un enemigo como este: silencioso, invisible, extremadamente peligroso, estamos llamados a esmerar los cuidarnos para resistir y vencer a toda costa, evitando que el pánico se apodere de todos, a fin de que podamos sobreponernos con ecuanimidad al peligro. Y esa es otra lección que podemos aprender, orgullosos, de los medios de comunicación de esta Isla de islas, de este chispazo de tierra en medio del mar como reza en una canción del dúo Buena Fe; también del gobierno, de nuestros ministerios y de nuestros científicos: todos ellos nos alertan pero también siembran la confianza y nos brindan protección.

   Por estos días ratifico que la obligada reclusión, el distanciamiento social, el confinamiento prolongado y la permanente amenaza de contagio con el virus tienen consecuencias reales y dejan su secuela en cada uno de nosotros, querámoslo o no; seamos más fuertes o más débiles, más viejos o más jóvenes. Porque hoy, no pocos de nosotros somos un amasijo de sensaciones, de emociones y sentimientos encontrados; de palabras que nos golpean: distanciamiento, contagio, temores, miedos, desvalimiento, lejanía, precaución, enfermedad; y de palabras que sirven para acariciar la esperanza: solidaridad, protección, confianza, sanación, salud, humanismo, ciencia, vida… Y también nuestra imaginación se puebla del recuerdo y de los rostros de todos los que queremos y que no podremos visitar ni besar. Y el cubano que necesita tanto del calor y la cercanía del otro cuando se comunica y relaciona con los demás, tendrá a partir de ahora que asumir otra manera de relacionarse: más distanciada, evadiendo la efusividad en el contacto físico; en fin… tendremos que desaprender para aprender a vivir, en algunos aspectos, de otra manera.

   Y ante esta vida de recogimiento le encontramos la verdadera dimensión al diálogo reposado con nosotros mismos, y reconocemos -como nunca antes quizás- el valor de la colaboración y del desprendimiento, de la escucha atenta y apreciativa, del silencio reflexivo, respetuoso y reparador. Con el confinamiento en nuestros hogares reaprendemos a cuidar las más simples, cotidianas y pequeñas cosas que signan la diaria existencia: esas que son verdaderamente necesarias para mantener vivo el amor, la confianza, la armonía de la vida en común a partir de la comprensión mutua y el cultivo diario de la esperanza, que se erigen en dignos estandartes de cada una de nuestras familias y de este país y de su pueblo, porque no ha dudado ni un minuto siquiera en brindar su ayuda solidaria a otros muchos pueblos necesitados cuando de salvar vidas humanas se trata.

   Y en medio de este panorama la lectura muestra ante el mundo uno de sus rostros menos divulgado: el de su valor terapéutico vinculado estrechamente con la resiliencia. La literatura vuelve, entonces, como en los tiempos del Decamerón de Geovanni Boccaccio, a cohesionarnos como familias y como pueblo alrededor de nuevas o viejas historias, leídas en silencio o a viva voz, en un tiempo suspendido a causa de la pandemia y de la reclusión en los hogares.

   A mi mente viene entonces un poema de esa grande de América, la chilena Gabriela Mistral, maestra y poeta, mujer de exquisita sensibilidad, Premio Nobel de Literatura, cuando nos decía en versos que la vida es un anhelo de servicio y que debemos aprender a servir y a darnos a los otros en aquellas pequeñas cosas que son tan útiles y necesarias como las grandes y épicas. Hoy he vuelto a releer este texto en el que se dice:

Toda naturaleza es un anhelo de servicio.

Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco.

Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú;

Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú;

Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú.

Sé el que aparta la piedra del camino, el odio entre los

corazones y las dificultades del problema.

Hay la alegría de ser sano y la de ser justo, pero hay,

sobre todo, la hermosa, la inmensa alegría de servir.

Qué triste sería el mundo si todo estuviera hecho,

si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que emprender.

Que no te llamen solamente los trabajos fáciles.

¡Es tan bello hacer lo que otros esquivan!

Pero no caigas en el error de que solo se hace mérito

con los grandes trabajos; hay pequeños servicios

que son buenos servicios: adornar una mesa, ordenar

unos libros, peinar una niña.

Aquel es el que critica,

                   este es el que destruye,

                                          tú sé el que sirve.

   Así, confinados en nuestros hogares, aprendemos a tener una mirada diferente sobre todo cuanto nos rodea para apreciar mucho más el valor de un pequeño gesto, de una sonrisa amable, de un silencio cómplice, de un comportamiento generoso. Hoy, cuando andamos enmascarados, con los rostros cubiertos con nasobucos o mascarillas, con guantes y espejuelos que nos protegen, necesitamos reafirmar eso que nos ha dicho la poetisa: «Hay la alegría de ser sano y la de ser justo, pero hay, / sobre todo, la hermosa, la inmensa alegría de servir».

   Y este tiempo sin tiempo, al que hemos tenido que acostumbrarnos, me ha provocado nuevamente la reflexión sobre la importancia de la enseñanza de la literatura, sobre el valor de la lectura de la buena literatura que se convierte en antídoto para combatir la pandemia, en soplo fresco que higieniza nuestros cerebros y humaniza nuestros comportamientos, si se asume ella desde su valor terapéutico porque nos ayuda a disipar nuestros temores y alivia nuestros dolores más profundos: los del alma.

  Y quizás en el sentido de la relación pandemia-lectura-literatura, el virus de la Covid 19 no tenga mucho que decirnos, frente a lo que ya sabemos desde que, en nuestro paso por la escuela, particularmente por las aulas del preuniversitario, leímos el Decamerón, quizás la obra literaria más famosa surgida de una pandemia: la Peste Negra, de mediados del siglo XIV, que devastó la población europea como hoy devasta la Covid 19 gran parte de la población del mundo.

   Y en esta misma línea de la lectura, de la palabra leída y compartida, me viene a la mente la imagen del Papa Francisco, solo, en medio de la enorme plaza de San      Pedro del Vaticano, orando. Él ha hecho que vaya al encuentro de la Biblia, y que descubra en el Deuteronomio (28, 21-22) estas sugerentes palabras: «Yahvé te herirá de tisis, de fiebre, de inflamación, de ardor, de sequía, de quemadura y de podredumbre, que te perseguirán hasta destruirte». Tal pareciera entonces que la ira de Yahvé vuelve a caer sobre nosotros, por no haber asumido con total humildad la condición de ser pobres mortales; porque cegados por la soberbia nos hemos empoderado del mundo y no hemos visto que desde hace algún tiempo ya él venía dándonos signos de malestar, y hoy se cobra, dado el carácter sistémico y la necesaria correlación entre fenómenos, tanta vida humana a nuestro alrededor en el planeta.

   Ante tanta muerte y desolación en ciudades de todo el mundo, recordamos también a Taucídides, quien ajeno a toda interpretación sobrenatural, nos dejó en su Historia de la Guerra del Peloponeso un estremecedor relato de la gran peste que asoló Atenas en el año 430 antes de nuestra era; y que hoy los estudiosos consideran que pudo haber sido un brote de fiebre tifoidea. Alarmado, como lo estamos nosotros en estos momentos, en aquel entonces escribió Tucídides que «una epidemia tan grande y un aniquilamiento de hombres como este no se recordaba que hubiese tenido lugar en ningún sitio». Y así también podríamos sostenerlo nosotros hoy ante tanta desolación y muerte, en particular de aquellos adultos mayores que tanto hicieron por la vida y que hoy sin que ninguno de sus seres queridos pueda despedirlos, se van de este mundo, solos, con sus pulmones hechos añicos.

   Asimismo, Sófocles, uno de los grandes cultivadores del género dramático en la Antigüedad, evocó la peste que asoló Atenas cuando en Edipo Rey dijo: «Un dios, portador de fuego, se ha lanzado sobre nosotros y atormenta la ciudad, la peste, el peor de los enemigos».

   Y así, desde una visión más objetiva y realista o desde una más sobrenatural y subjetiva, la literatura de todos los tiempos refleja los estragos y calamidades que las pandemias han traído para el mundo. Y a estas alturas de la primera y gran epidemia del siglo XXI, ante los temores de rebrotes que auguran técnicos y especialistas y por este mismo camino, el de la lectura literaria, hoy comprendo mucho más a Ana Frank, porque en tiempos oscuros como los vividos por ella y los que hoy vivimos nosotros, algo nos iguala: la fragilidad e indefensión ante el peligro que nos amenaza, la reclusión en nuestros propios hogares intentando protegernos y sobrevivir, tal cual, en su momento, hizo ella. Y vuelvo también los ojos a la relectura de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, porque nos habla del valor de la perseverancia y del desafío que representa el diario vivir, y porque en el contexto de la actual situación comprendo claramente que al final nos pasará algo como lo que le sucedió a Santiago: saldremos del combate contra el nuevo coronavirus derrotados por las muchas vidas que nos ha arrebatado a nivel mundial, pero no vencidos, pues no descansaremos hasta haberlo exterminado.

   En tal sentido, no albergo duda alguna, porque ahí están muchos jóvenes cubanos protagonizando la ayuda solidaria al mundo y para con nosotros mismos, arriesgándose en gesto solidario al socorrer a los ancianos, a los que están en centros de aislamiento o a los que permanecen ingresados; y esto me hace recordar la relación de Manolín con Santiago y también la misión de don Quijote: ir por el mundo deshaciendo agravios y enderezando entuertos, socorriendo a viudas y menesterosos; y así, leyendo y releyendo obras como estas, reafirmo que sí, que confío en mi pueblo y en su gobierno, en los profesionales que se han formado a lo largo de todos estos años: maestros, médicos, ingenieros, técnicos en muy diversos campos y ámbitos del saber humano, científicos que no descansan y desafían la enfermedad y la muerte dando lo mejor de sí, apostándolo todo a favor de la vida. Y me ratifico en lo que dice una canción cubana creada bajo los signos de la pandemia, titulada «Manos de Esperanza», del holguinero Nadiel Mejías:

«Después de la tormenta le brotarán nuevas flores al destino,

Cuando todo haya pasado te esperaré en el mismo camino.

Quiero volverte a encontrar. Yo quiero compartir contigo

los abrazos y los besos que una terrible vez se echaron al olvido…»

   Y confirmo imbuido del silencio y del tiempo detenido en la lectura que uno de sus mejores rostros es el de su valor terapéutico y resiliente, cuando en tiempos como estos es amiga que no pide nada a cambio salvo el ayudarnos a sostener una vida más plena, más digna, más sana; ella contribuye a emanciparnos de nuestros propios miedos y angustias. Corroboro entonces aquello que dice otra canción cubana creada en este contexto excepcional provocado por la epidemia cuando dice:

«Ahora que los tiempos duelen tanto

Y nubes no permiten ver el sol,

Acaso habrá el amor que enciende el canto,

Guitarra solidaria de tu voz… Depende…

Depende de ti… Depende»

   Y efectivamente, depende de mí y de ti; depende de todos y cada uno de nosotros; depende del comportamiento que a partir de ahora tengamos porque, como lo dice la canción, este es un tiempo que precisa lo mejor de cada ser humano para que la tierra -esta tierra, nuestra tierra- engendre un nuevo corazón.

   ¡Ojalá y la pandemia sirva para eso!: para que entre todos logremos que le nazca un nuevo corazón a los hombres y los haga más humildes, más solidarios, más generosos, más responsables…

   Así, entre realidades vividas, lecturas detenidas y sueños acariciados, otra vez me vienen las sabias palabras de la literatura con lo dicho por Excilia Saldaña cuando escribiera el epílogo para la edición cubana de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry:

«…Nuestro país es un país de faroleros y principitos y también un país donde se sale a buscar los amigos, a domesticarlos en el rito diario del trabajo y la confianza para poder ver lo esencial, lo más importante, lo que los ojos no ven, lo que las manos no palpan, lo que solo el corazón sabe… Mira a tu alrededor y serás responsable de todo lo que amas: tu familia, tus amigos, tu casa, tu patria…y así domesticando y dejándonos domesticar, no temiendo a las falsas apariencias, preguntando, trabajando, soñando se puede llegar a las estrellas».

   El espíritu de estas palabras y el razonamiento esbozado en ellas deberá presidir y caracterizar nuestro hacer en las aulas a partir de ahora, pues urge el nacimiento y la forja de nuevos hombres y mujeres, dispuestos a convivir en armonía y en perfecta humildad con la Naturaleza, para hacer realidad aquel pensamiento martiano de validez universal: el logro del equilibrio del mundo. En pos de él están los numerosos médicos cubanos, ese ejército de batas blancas, de corazones puros, que marchan desandando ciudades construyendo la felicidad por el deber cumplido.

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