Quinto recorrido o trayecto de lectura:
Lectura, literatura, deporte, naturaleza y vida
Autor: Dr. C. y Profesor Titular Juan Ramón Montaño Calcines
Como hemos dicho anteriormente en varias ocasiones, seguimos muy de cerca los criterios de la Dra. Beatriz Maggi, de Cuba; y los de las doctoras Guadalupe Jover y Marta Sanjuán, españolas, para conformar estas concepciones sobre la enseñanza de la literatura y de la educación literaria sobre todo de adolescentes y jóvenes. No debemos olvidar por ello que para la profesora universitaria y doctora en ciencias filológicas Beatriz Maggi:
«Todas las ganancias que reporta la lectura resultan pobres comparadas con una excepcional en la que quiero detenerme: el robustecimiento de nuestro discernimiento moral, esa posibilidad siempre abierta de ponerle jaque mate a la impasibilidad, a esa estulticia moral que nos asedia y que nos impide discriminar entre un acto moral y otro inmoral, propio o ajeno: discrimen este que nos pierde o nos salva, y que aumenta (o destruye con su ausencia) todo esencial humanismo.» (Beatriz Maggi. Antología de ensayos. Editorial Letras Cubanas. Instituto Cubano del Libro. La Habana, 2008. P.436
Porque a no olvidarlo: leemos por muchísimas razones. Leemos para huir del discurso triangular o cuadrado que nos cerca y nos lacera y nos sobresatura. Leemos para, como diría la gran poetisa de América, la argentina Alfonsina Storni, huir de las gentes que ya tienen el alma cuadrada, ideas en filo y ángulos en las espaldas. Leemos, hoy más que nunca, para poder distinguir las informaciones falsas de las verdaderas; porque al decir del exministro de cultura, Abel Prieto, en el discurso ya citado «la verdad y la mentira conviven promiscuamente» y tanto en periódicos como por las redes que circunvalan el ciberespacio se ocultan las verdades, se manipula y secuestra la subjetividad de los lectores, de los ciudadanos; y ante esa realidad se impone con urgencia la formación de lectores sensibles, inteligentes y críticos; y en el leer y los modos de hacerlo que asumamos de seguro encontraremos razones para ser, para existir, para vivir con decoro.
Por todo ello, volvemos a hacer nuestras las palabras de la Dra. Beatriz Maggi cuando sostuvo:
«Leer buenos libros, no solo o necesariamente los literarios, provee al lector de un arsenal de imágenes que entrenan la imaginación en la concepción del mundo como un inmenso tropo». (Beatriz Maggi. Antología de ensayos. Editorial Letras Cubanas. Instituto Cubano del Libro. La Habana, 2008. P. 425).
mPor eso, este último trayecto o recorrido de lectura será visto desde una concepción lo más integral e integradora posible, desde una visión inter- y multidisciplinar, desde la cual pensamos la lectura y la literatura como ejes o núcleos culturales vertebradores de todas las asignaturas del currículo. Se trata entonces de ver cómo ellas pueden estar al servicio de las ciencias exactas y naturales, por ejemplo.
Y es que, siguiendo el razonamiento de la doctora y profesora universitaria cubana a la que en tantas ocasiones hemos aludido, pudiéramos leer y no solamente en clases de Literatura sino también en las de Matemática este texto de la poetisa argentina Fabiana Porracin en el que se expresa:
Me gusta lo que suma, lo que multiplica…
No me gusta lo que resta y termina dividiendo
un conjunto de fracciones.
Me gusta, de los conjuntos,
el que incluye,
el que es directamente proporcional
y también me gusta reconocer
a los que son diametralmente opuestos.
(…) (…) (…) (…)
Me gusta la intersección de la diferencia.
No me gusta haber visto un número irracional de veces
la discriminación de lo mutuamente excluyente.
(…) (…) (…) (…)
Me gusta que el saldo sea positivo…
Teniendo igual en mente
que el final de la cuenta
podría resultar negativo.
Y así, aún así,
su función sería
la de incrementar algún coeficiente.
Porque, efectivamente, la vida no siempre es como una línea recta; por eso, este otro poema también viene en nuestro auxilio de crecimiento ético, humano, al recabar para su cabal comprensión la interrelación de muchos saberes provenientes de las ciencias exactas, naturales, sociales y humanas, cuando nos dice:
Curvas hay
en el borde de una hoja,
en el susurro del viento,
en la secuencia del ojo,
en una cordillera,
en el cuerpo de una mujer,
en la cresta de una melodía,
en las órbitas celestes,
en el agua, en una danza,
en una caricia, en una palabra.
La vida misma es una curva.
Y en ese crecimiento y pensando que la lectura y en particular la literaria podría ser un eje vertebrador de toda la formación ética, cívica, ciudadana, mucho pudiera hacerse desde la vinculación del deporte, de la Educación Física con el arte y la literatura; y cuánta reflexión sobre los valores que inculca la práctica del deporte, del ejercicio físico no podríamos discutir con nuestros estudiantes al leer un poema como este, que tuvo gran influencia en la Olimpiada de Ámsterdam y que fue publicado en La Gaceta Literaria en 1928 y posteriormente en 1945 en un libro titulado Decathlon. El poema se titula en cuestión «Ideario» y dice así:
Esfuerzo: Disco o carrera, pentatlón o salto,
La jabalina que los aires hiende
Esfuerzo de la pértiga en lo alto;
Todo es igual: la fibra que se tiende.
Gracia: Mejor que el Tíber la pagana Atena,
Que el circo rugidor la helena gracia.
No hay sangre del Stadium en la arena,
Cruza el mar la Niké de Samotracia.
Forma: Del mármol vivo bajo el puro cielo,
Traza el sol igual sobra cada día.
Eterno el Partenón es el modelo
Y en el dolor la norma es la armonía.
Fin: Un alma pura y en la vida fuerte.
Un cuerpo fuerte y en la vida puro,
Vivir por el Amor sobre la Muerte
Y ver solo en la Muerte lo futuro.
También leyendo a Eduardo Galeano en un libro suyo titulado Fútbol a sombra y sol, podemos descubrirles a los estudiantes, a los lectores, mucho de las relaciones entre deporte y patria, deporte y tierra, deporte y resistencia. Prueba de ello es este fragmento que queremos compartir con ustedes:
La pelota como bandera
En el verano de 1916, en plena guerra mundial, un capitán inglés se lanzó al asalto pateando una pelota. El capitán Nevill saltó del parapeto que lo protegía, y corriendo tras la pelota encabezó el asalto contra las trincheras alemanas. Su regimiento, que vacilaba, lo siguió. El capitán murió de un cañonazo, pero Inglaterra conquistó aquella tierra de nadie y pudo celebrar la batalla como la primera victoria del fútbol inglés en el frente de guerra.
El fútbol y la patria están siempre atados… Fútbol y patria, fútbol y pueblo: en 1934, mientras Bolivia y Paraguay se aniquilaban mutuamente en la Guerra del Chaco, disputando un desierto pedazo de mapa, la Cruz Roja paraguaya formó un equipo de fútbol que jugó en varias ciudades de Argentina y Uruguay y juntó bastante dinero para atender a los heridos de ambos bandos en el campo de batalla.
Y cuánto amor por la naturaleza, hoy, en medio de la crisis ecológica que vivimos, podemos despertar si leyéramos con nuestros alumnos este hermosísimo texto escrito por la gran poetisa, Premio Nobel de Literatura, la chilena Gabriela Mistral:
Tres árboles caídos
quedaron a la orilla del sendero.
El leñador los olvidó, y conversan,
apretados de amor, como tres ciegos.
El sol del ocaso pone
su sangre viva en los heridos leños,
¡y se llevan los vientos la fragancia
de su costado abierto!
Uno, torcido, tiende
su brazo inmenso de follaje trémulo
hacia otro, y sus heridas
como dos ojos son, llenos de ruego.
El leñador los olvidó.
La noche vendrá.
Estaré con ellos.
Recibiré en mi corazón sus mansas resinas.
Me serán como de fuego.
¡Y mudos y ceñidos
nos halle el día en un montón de duelo!
O este otro, escrito por el también Premio Nobel de Literatura y chileno, Pablo Neruda, titulado «Troncos cortados sobre un camión en un camino de Chile»:
Ocho troncos cortados
en un camión, de viaje:
de la montaña vienen,
vienen del verde duro
de Lonquimay, tierras de cielo y nieve,
mis recintos de luz, mis soledades.
Oh moribundos bosques,
follajes fríos, vértebras penúltimas
del ayer iracundo:
de la guerra española y araucana:
espadas y caballos
bajo la sorda lluvia rencorosa!
Ocho troncos tendidos
a lomo de camión, en línea recta
por los caminos de Santiago al Polo,
al Polo Sur, a la distancia blanca.
Ocho mis compañeros
de raíces cortadas
en mi propio linaje.
Hay sol, es una feria
florida, al sol, la agricultura
de un verano violento:
violeta y amarillo es el camino,
azul el obelisco
del digitalis,
el estampido
de la amapola, y por todas partes
una persecución de zarzamoras.
Es el verano de las cordilleras.
El mediodía es un reloj azul
estático, redondo, atravesado
por el lento
vuelo de un ave negra que parece
acompañar los troncos en su viaje,
seguir los árboles destituidos.
También viene a nuestro auxilio, al abordar esta temática, la obra de ese poeta y dramaturgo español, universal y siempre vigente, Federico García Lorca, con un poema como el titulado «Cortaron tres árboles», que es en su esencia una historia sintética, bien construida y desgarradora de una acción humana: la tala indiscriminada de árboles y con ella, la muerte de estos y sus consecuencias. Leámoslo pues:
Eran tres.
(Vino el día con sus hachas.)
Eran dos.
(Alas rastreras de plata.)
Era uno.
Era ninguno.
(Se quedó desnuda el agua.)
Y es que en efecto, tal y cual lo expresó el propio poeta español Federico García Lorca: “El poeta es el médium/ de la Naturaleza/ que explica su grandeza/ por medio de palabras”; porque siguiendo su propio razonamiento “El poeta comprende/ todo lo incomprensible…” Por eso, supo decir en un poema como el titulado «Cazador»:
¡Alto pinar!
Cuatro palomas por el aire van.
Cuatro palomas
Vuelan y tornan.
Llevan heridas
Sus cuatro sombras.
¡Bajo pinar!
Cuatro palomas en la tierra están.
No olvidemos que enseñar a leer literariamente es enseñar a mirar; es enseñar a ver el alma de las palabras y lo que en realidad se oculta tras las líneas en las que ellas se estampan. Y aprender a mirar con profundidad y detenimiento es clave en los procesos de formación humanos. De ahí la necesidad de entrenar nuestra mirada y también nuestro oído interior para que podamos hacer lecturas lúcidas, ágiles, sensibles, inteligentes, integradoras y críticas. Así aprendemos a descubrir el poder simbólico de ciertas realidades que quedan inmortalizadas mediante la palabra poética como en los casos anteriormente referenciados.
Ese teñir la mirada con su más profundo sabor simbólico lo podemos desarrollar sobre todo con niños y adolescentes al leer, por ejemplo, un poema como este de Manuel F. Juncos cuando nos dice:
Una historia
Oculta en el corazón
de una pequeña semilla,
bajo la tierra, una planta
en profunda paz dormía.
_ ¡Despierta! _le dijo el calor.
_ ¡Despierta! _la lluvia fría.
quiso ver lo que ocurría;
se puso un vestido verde
y estiró el cuello hacia arriba.
De toda planta que nace
esta es la historia sencilla.
En este mismo sentido y para favorecer lecturas en contrapunto o en paralelo, libros como La más bella historia del mundo, de Hubert Reeves, Joël de Rosnay, Ives Coppens y Dominique Simonnet, publicado por la Editorial Andrés Bello de Santiago de Chile en el año 1996, debieran ser leídos y comentados desde el área de ciencias, para que a partir de él, se reflexione sobre interrogantes tales como: ¿Qué y quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Porque quizás están sean unas pocas preguntas que en verdad vale la pena plantearse a lo largo del aprendizaje que de las ciencias nos ofrece la escuela. Y por nuestro paso por ella y por las clases de las asignaturas del área de las Humanidades sabemos que cada ser humano, cada pueblo, cada cultura a lo largo de la historia de la humanidad ha buscado respuestas -a su modo- a esas preguntas; y también sabemos que se les han dado múltiples respuestas: unos lo han hecho desde el titilar de una estrella; otros, han encontrado las explicaciones en el ir y venir del océano; unos pocos, los poetas, las han hallado en la mirada de una mujer o en la sonrisa de un recién nacido. Muchos otros han dado respuesta a través de mitos y leyendas que perviven hasta hoy.
Así pues, muchas de esas respuestas han estado ancladas en los ámbitos míticos y religiosos, primero; y en el desarrollo de la ciencia y la técnica, después. Y las respuestas dadas por la ciencia son una de las mayores adquisiciones a las que los hombres han llegado, sobre todo, a partir de los siglos XIX, XX y XXI. La ciencia dispone hoy de un relato completo de nuestros orígenes. A partir de sus observaciones, de investigaciones y experimentos y de todo el conocimiento acumulado ha reconstruido la historia del mundo.
Leer libros como este nos sirve para que sea cual sea la visión, mítica o científica que tengamos de nuestros orígenes; sean cuales sean nuestras convicciones: deterministas o escépticas, religiosas o agnósticas, comprendamos que solo hay una moraleja que valga la pena develar en esta historia, un solo dato esencial que ratificar: somos chispas irrisorias en relación con el universo y formamos todos, copiando una expresión de Eduardo Galeano, un mar de fueguitos que por la indiscriminada e irresponsable voluntad de los hombres, también puede extinguirse si continuamos atentando, como lo hemos hecho hasta ahora, contra la Naturaleza. ¡Ojalá tengamos la sabiduría de no olvidarlo! Y para no olvidar lo principal, lo que es verdaderamente esencial, lo que casi siempre es invisible a los ojos, debemos poner a nuestras más jóvenes generaciones en contacto, en relación con textos como estos que estamos proponiendo leer y estudiar.
Sobre todo, porque debemos sumar a todo esto que venimos razonando otro argumento no menos importante; y es ese que nos hace pensar que en el mundo moderno actual en el que todos vivimos, los seres humanos están atrapados dentro de sí mismos y entre las muchas pantallas del mundo audiovisual que querámoslo o no, nos rodea, nos conforma y nos transforma también.
Porque estamos y vamos por el mundo adueñándonos de palabras ajenas, de gestos ajenos que incorporamos para conformar nuestras propias voces, nuestras propias maneras de ser y de estar y de reconocernos. Porque a merced de las nuevas relaciones de participación y de organización que se fomentan en las redes sociales, espacios públicos que con mucho hoy contribuyen a divulgar tanto verdades como mentiras, necesitamos más que nunca formar verdaderos lectores: sensibles, inteligentes, críticos, que sepan discernir lo falso de lo verdadero, que no se dejen manipular, y para ello es necesario que adquieran mediante el ejercicio de la lectura de buenos libros, tanto literarios como científicos o técnicos, una conciencia ciudadana plena para poder ser honrados, justos y dignos; para poder participar responsablemente en el cuidado y la protección del mundo natural y humano que habitamos.
Por eso, necesitamos aprender a interpretar tanto desde el lado masculino como desde el femenino las historias que leemos, puesto que como dijera nuestro José Martí:
«Los pueblos necesitan además como las aguas, de nivel. Cada nación requiere, si ha de salvarse, cierta porción de intelectualidad y elementos femeninos: y así como no se da hijo sin padre y sin madre, así no se da pueblo sin la comunión afortunada de elementos viriles y femeniles del espíritu. Los pueblos mueren de hipertrofia de fuerza, que los ensorbece, ofusca y embriaga, y causa dolores y trastornos…, lo mismo que de hipertrofia de sentimiento y arte, que los afloja y ahembrea. Las condiciones espirituales tienen su higiene, lo mismo que las físicas; y de una condición se ha de reposar en otra, que la modere y modifique. De la fuerza se ha de descansar en la ternura…»
Y leyendo este pensamiento martiano ratificamos irremediablemente la necesidad de una educación respetuosa respecto al sexo y al género, reclamando eso sí, un equilibrio entre la ideología de hombres y mujeres para no caer en ningún exceso de feminismo ni de machismo a ultranza, como en no pocas ocasiones observamos en quienes levantan la bandera y la voz de un bando o del otro. En esta dirección, muy bien pudiéramos leer este poema de Mario Benedetti titulado «Si Dios fuera una mujer».
¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya, si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.
Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para buscar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.
Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.
Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.
Ay Dios mío, Dios mío,
si hasta siempre y desde siempre
fueras mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.
Y tiene razón el poeta, porque todo lo que nos viene de la mujer nos habla de una especial relación con el cuerpo, con los afectos, con la ternura que tanta falta hace a los hombres para entender, por ejemplo, que debemos continuar leyendo la Ilíada de Homero desde ese lado femenino para ratificarnos que en ocasiones, no pocas, vamos cegados a la guerra, por los caprichos e intereses de un solo hombre, de un solo individuo. Leyendo esta obra desde este costado femenino aprenderemos que los griegos concibieron un anhelo de paz que tal vez no supieron decir explícitamente pero que subyace en la trama más profunda de esta antigua y clásica epopeya. Por eso, necesitamos abrirles los ojos a nuestros estudiantes cuando lean esta obra, por demás de obligada lectura en todos los diseños curriculares del preuniversitario cubano desde la década de los setenta del pasado siglo hasta la actualidad, y detenerse con ellos en la lectura e interpretación de estas palabras de Aquiles, la encarnación más feroz, fanática y caprichosa de la guerra, en quien emerge lo inconfesable cuando dice frente a la embajada enviada por Agamenón en el Canto IX:
«…Si salvándome los dioses, vuelvo a mi casa, el mismo Peleo me buscará consorte… Mucho me aconseja mi corazón varonil que tome legítima esposa, digna cónyuge mía, y goce allá de las riquezas adquiridas por el anciano Peleo; pues no creo que valga lo que la vida ni cuanto dicen que se encerraba en la populosa ciudad de Ilión en tiempos de paz, antes que vinieran los aqueos, ni cuanto contiene el lapídeo templo de Apolo,,, Se pueden apresar los bueyes y las pingües ovejas, se pueden adquirir los trípodes y los tostados alazanes; mas la vida humana ni está sujeta a pillaje para que vuelva ni se puede recuperar cuando traspasa el cerco de los dientes…»
Y quizás no hemos sabido ver que el verdadero mensaje de Homero en la Ilíada es este: un mundo de paz es posible y generalmente se construye al amparo de la mujer, de lo femenino; la guerra es un acto aterrador que tiene nefastas consecuencias para todos, absolutamente todos, pues ni siquiera los héroes y semidioses como Aquiles pueden escapar indemnes de ella.
Tal vez hemos leído la Ilíada de Homero arrastrados por unos principios eurocentristas, occidentalista desde los cuales sabemos que el poeta de la barba de rizos había recibido como legado una tradición épica y bélica de por lo menos medio milenio de antigüedad, y nos dejamos engañar por los recursos que tenía para agradar al público desde ella: la condición de semidiós; la creación de fabulosas armaduras, resplandecientes, potentemente protectoras; la aparición en medio del campo de batalla de dioses que socorren a los mortales o que propician su más pronta muerte… Sin embargo, desde esta interpretación que venimos proponiendo, al leer con detenimiento determinados parlamentos, nos damos plenamente cuenta de que el poeta Homero aspiraba a algo más profundo. Por ello en la Ilíada, un héroe, un semidiós como Aquiles, es presentado tan humano, tan real, tan de carne y hueso que puede ser herido y su sangre puede manar y fluir de su herida como sucede con el más común de los mortales. Y es que Aquiles sabe que la armadura regia que por conducto de su madre la diosa Tetis, le forjara Hefestos, es en realidad un símbolo de su próxima muerte. Por eso, Hefestos le dice a Tetis que su arte no salvará a su hijo. Por eso, el escudo que lo protege llevará grabado en su brillantísimo metal las distintas formas de una vida que pronto él, un semidiós, un héroe de su probada estirpe, hecho para la pelea más brutal, más sanguinaria, perderá.
Leída así la Ilíada sirve para ratificar un razonamiento que no debemos descuidar: la guerra nos afecta a todos. Nadie escapa de ella: ni los semidioses porque incluso ellos también tienen, como Aquiles, su lado vulnerable. Como tampoco escapamos de las pandemias, pues frente a ellas cada vez somos más frágiles y vulnerables.
Por eso, me viene ahora a la memoria un poema titulado «Antes de leer la Ilíada», del poeta cubano Antonio José Ponce, que dice:
Está lloviendo en Troya hasta lavar la tierra,
hasta los dientes amarillos de desgarrar
contra los que la lluvia nada puede,
hasta los huesos que dejaron de doler hace ya tiempo.
Lloviendo sobre los cuerpos ovillados,
sobre el fuego y el ponto,
sobre el círculo de perros que persiguen sus colas.
Dientes, huesos, cenizas, sal antigua:
yo busco un signo que aclare aquella historia.
Y efectivamente, yo también como la voz del sujeto lírico del poema, busco hoy una y mil respuestas que me ayuden a aclarar el absurdo de lo que estamos viviendo, puesto que si ante la guerra ni los héroes ni los semidioses salen indemnes, ante la pandemia que hoy vivimos solo se acrecienta nuestra indefensión, nuestra vulnerabilidad, nuestra enorme fragilidad.
Por todo cuanto hemos venido diciendo subrayo la tesis de que leer desde diferentes perspectivas y siguiendo muy diversos recorridos para conformar mapas de lectura es, hoy más que nunca, una clave imprescindible y trascendental para la enseñanza de la lengua y la literatura en escuelas y universidades que pretendan ser inclusivas, que intentan inculcar una cultura de paz, que buscan el fomento de los valores de la responsabilidad y el compromiso con lo genuinamente humano; y para hacer realidad esto, necesitamos enseñar a ver con los ojos del corazón; enseñar a escuchar con el oído interior; enseñar a razonar sensible, inteligente y críticamente; porque la palabra poética y su lectura serán siempre como un niño que descubre las estrellas en un aljibe que solloza. La íntima vocación de esta palabra poética será siempre la ofrenda y su último designio la epifanía de lo humano.
Enseñar a leer literariamente es hoy un gran reto y hacerlo urge, como urge humanizar la humanidad a través del estudio concienzudo, arduo y sistemático de las humanidades, en particular de la literatura.
Y es que estamos plenamente convencidos de que no hay una única razón para leer, para ir al encuentro gozoso con la literatura. Leemos por muy variadas razones y motivos, y esto no lo podemos desconocer maestros y profesores, puesto que desde la lectura de la poesía, de la narrativa o el teatro, recibimos siempre un saber mirar, un saber escuchar, un peculiar modo de razonar y de sentir la vida. Leemos para viajar, para conocer otros muchos mundos posibles, lejanos o próximos en el tiempo y el espacio. Leemos para viajar porque somos, a cualquier edad pero sobre todo durante la adolescencia y la juventud, ciudadanos del mundo y acumulamos hambre de mundo.
Leemos también porque nos faltan o nos sobran fronteras: las que nos imponen nuestros propios límites geográficos y aquellas otras muchas que nos creamos nosotros mismos. Leemos porque necesitamos escapar de las férreas garras del vivir cotidiano y rutinario; porque necesitamos romper con la circularidad monótona de la grisitud de la vida que no pocas veces nos acorrala, nos aniquila y nos mata espiritualmente. Leemos porque necesitamos del Otro que nos complementa; porque nos urge vivir otras vidas; porque deseamos en determinamos momentos vestirnos con la piel y el ropaje de otros muchos personajes, para sentir en instantes inenarrables que somos otros sin dejar de ser nosotros mismos. Y estas son razones que debemos incorporar a los procesos de formación de lectores y a la educación literaria de adolescentes y jóvenes.
Repensar la enseñanza de la lectura y la educación literaria desde un canon plural de lecturas y a partir del diseño de recorridos o trayectos que se construyan alrededor de temas motivantes, desde los cuales se dispare el deseo y la necesidad de leer pudiera ser una experiencia mucho más rica, dinámica y compleja frente a las vías que hasta ahora hemos venido utilizando, pues significa aproximar las prácticas de lectura que la escuela inculca a las que se dan cotidianamente en la vida de cada sujeto. Así, apoyados en procesos de lectura oral colectiva, comentada y compartida entre todos, se van construyendo sentidos que se socializan y se actualizan, a partir del consenso o de la revocación de los lectores. Desde ellos se suscitarían intensas polémicas y discusiones si esos sentidos se construyen desde la sospecha, es decir, poniendo en duda, en cuestionamiento, aquello que los textos comunican.
Es necesario encontrar nuevos recorridos de lectura y nuevos libros que nos permitan establecer unos fructíferos diálogos para poder asumir la lectura y la educación literaria de adolescentes y jóvenes desde el cultivo de la inteligencia y de las emociones, desde las relaciones intersubjetivas, para hacer realidad aquello que en El libro de los abrazos sostuvo Eduardo Galeano: somos seres sentipensantes.