Segundo recorrido de lectura

Segundo trayecto o recorrido de lectura:

Como Ulises, vamos y venimos. Los que se van… Los que se quedan… Reflexiones sobre la emigración desde la lectura de textos

Autor: Dr. C. y Profesor Titular Juan Ramón Montaño Calcines

   Cierto es que la emigración es una opción para compensar el desbalance de la vida en cualquier parte del mundo, como lo ha sostenido Jorge Sariol en un escrito  titulado «¿A dónde vas dómine… y a qué?», publicado en la revista Alma Mater. Nro. 581. Marzo-abril de 2019. Pág. 3, desde el que sostiene que las causas más comunes de estos procesos migratorios a lo largo de la historia han sido las guerras, las inestabilidades económicas o los reencuentros familiares. Y para Cuba, desde hace mucho, este ha sido y es un problema; porque a no dudarlo, la emigración sigue siendo uno de los grandes temas de discusión entre los cubanos; y entre las generaciones más jóvenes permanecer o partir, irse o quedarse tienen amplias resonancias dado que muchos de ellos conciben proyectos fuera del país al que anclarán el rumbo de sus vidas, con la carga negativa o positiva que ello tiene.

   Esta problemática tiene su expresión en la literatura, y ella puede rastrearse desde los clásicos más afincados en la tradición escolar como la Odisea y con ella la figura ya mítica de Ulises, y su ida y su regreso a Ítaca. Y desde esta obra podremos saltar al poema «Ítaca», del poeta griego de Alejandría, Constantino Cavafis (1863-1933), en el que leemos:

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón,

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si tu pensar es elevado, si selecta

es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al salvaje Poseidón encontrarás,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas de verano

en que llegues -¡con qué placer y alegría!-

a puertos nunca vistos antes.

Detente en los emporios de Fenicia

y hazte con hermosas mercancías,

nácar y coral, ámbar y ébano

y toda suerte de perfumes sensuales,

cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias

a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya qué significan las Ítacas.

   Y, ¿por qué leer estos textos con nuestros actuales estudiantes adolescentes y jóvenes?

   Pues porque todos en algún momento de nuestras vidas somos como Ulises y salimos al mundo a construir una experiencia, a hacernos en ese viaje. Y también porque todos queremos volver a casa, a Ítaca, cuando avistada desde el mar o desde la añoranza del existir en otras tierras lejanas, soñamos o avistamos la tierra en la que nacimos, en la que crecimos, en la que tejimos nuestras primeras relaciones como seres humanos, en la que están nuestras más profundas raíces. Porque queremos volver a ver a nuestros seres más queridos, a esos que dejamos un día, de los que nos despedimos con un adiós que atesorado en el recuerdo exprime sobre nosotros toda la amarga tristeza de este mundo.

   Por todas estas razones, y por otras muchas, Ítaca, ese mítico punto de la geografía griega, el hogar de Ulises, Penélope y Telémaco, y la partida o el regreso a ella, se erigen en metáfora y símbolo de un viaje, de un propósito de vida que perseguimos eternamente. Y es que Ulises y su viaje de ida y regreso se tornan perfecto símbolo del tránsito humano por la vida; y el poema de Cavafi nos puede servir para discutir sobre el consejo que gentilmente nos ofrece en este texto el poeta griego: inmersos en una vida de prisas, de sueños por construir, de cantos de sirenas; perseguidores de una vida con recompensas fáciles, comúnmente olvidamos nuestras raíces y pensamos que Ítaca, es decir, la tierra en la que cada cual ha nacido, ya nada tiene que darnos, nada tiene que ofrecernos; sin embargo, ella no nos olvida; ella siempre nos acogerá en su seno; porque a ella volveremos para continuar acrisolando el recuerdo de nuestros mejores años.

   Y desde el mundo árabe, podemos entrar en el Líbano, potencia literaria de misterio y resonancias interiores, desde la que nos llega la voz de Issa Makhlouf, poeta, ensayista y traductora nacida en el Líbano en 1955, quien también deja constancia de esos desgarradores procesos migratorios cuando en la prosa poética de un texto suyo titulado Partimos nos dice:

Partimos para distanciarnos del lugar que nos crio y para ver el otro lado de la aurora.

Partimos para completar el alfabeto, para cargar nuestro adiós de promesas, para viajar tan lejos como el horizonte, anulando nuestro destino y esparciendo las páginas al viento, antes de permitir que huya, o tal vez no, nuestra historia en otros libros.

Partimos hacia destinos no escritos para decir a los que hemos conocido que retornaremos para establecer relaciones otra vez. Partimos para aprender el lenguaje de los árboles que no viajan; para escuchar el tintineo de campanas en los sagrados valles en busca de dioses más piadosos; para arrancarles a los extranjeros las máscaras del exilio; para susurrar a los transeúntes que, como ellos nosotros también pasamos, y que nuestra historia es efímera, tanto en la memoria como en el olvido, lejos de madres que encienden las velas de la ausencia y acortan el lapso del tiempo cada vez que elevan sus manos al cielo.

Partimos para no ver a nuestros padres envejecer, para no advertir las marcas del tiempo en sus rostros. Partimos para anunciarles a los que amamos que aún los amamos, que la distancia no puede asombrarnos y que el exilio puede ser tan dulce y fresco como la patria. Partimos para que al regresar un día, nos reconozcamos como exiliados donde quiera que estemos. Partimos para borrar la diferencia entre aire y aire, agua y agua, cielo e infierno. Nada nos importa el tiempo, contemplamos la inmensidad, vemos olas brincando como niños, mientras el mar refluye entre dos barcos: uno que parte y otro hecho de papel en manos de un niño. (Issa Makhlouf. «Partimos». En Revista Común presencia, Nro. 19. Bogotá. Colombia, 2008. Pág. 17).

   Y desde Cuba, pudiéramos leer con especial sensibilidad crítica un cuento como el titulado «Matar el tiempo», de Zurelys López Amaya, en el que encontramos frases como estas:

Me parece bien que alguien desee escribir cosas de las que luego no pueda arrepentirse. Escribir sin parar sobre la mirada crítica hacia la vida que te exprime como si fueras un insecto extraño que cruza las calles…

   El texto aborda precisamente el tema migratorio que afecta de muchas mil maneras la realidad individual y colectiva de la vida de muchas personas en Cuba. Por eso, es una constante a lo largo del cuento esta idea:

…las familias dejan de ser unidas cuando de pronto han cruzado el océano para siempre. Cambian los discursos, cambian las promesas, cambia el cuerpo…

…La familia se ha ido, se ha roto, broken, no está. Apenas se recuerda la infancia con ellos en nuestros hogares. La vida es eso, dolor y paciencia para soportarlo…

…Pero la distancia separó mi familia…Pero la distancia siguió separando a las familias como si estuviésemos aquí para eso, para soportar los golpes…

Muchas veces me pregunto para qué sirven el tiempo, los golpes, la añoranza, y luego me respondo a mí mismo: para no pasar por alto la vida.

(Los fragmentos han sido tomados del cuento «Matar el tiempo», de Zurelys López Amaya, en El silencio de los cristales. Cuentos sobre la emigración cubana. Selección y prólogo de Lázaro Alfonso Díaz Cala. Ediciones UNIÓN. Ciudad de La Habana. 2018. Pp. 15-20).

   Y en efecto, tal y cual lo dice la autora, necesitamos enseñar a leer literariamente a nuestros estudiantes para que leyendo obras de muy diverso calibre ideoestético aprendan a no pasar por alto la vida. También para ratificar en cada uno de nosotros aquello que leemos en otro cuento titulado «Los muertos», escrito por Elaine Vilar Madruga, cuando expresa:

Duele.

Pero el rostro de tierra de Cuba me exige y yo sangro sobre ella para alimentarla.

Je t´aime. I love you. Te quiero. Io ti voglio bene. Ich liebe Sie. Te quiero, le digo por todos aquellos que se fueron antes.

(Tomado del cuento «Los muertos», de Elaine Vilar Madruga, en El silencio de los cristales. Cuentos sobre la emigración cubana. Selección y prólogo de Lázaro Alfonso Díaz Cala. Ediciones UNIÓN. Ciudad de La Habana. 2018. Pp. 217-218).

   Y en este navegar entre un texto y otro pudiéramos anclar en otro que aborda el proceso migratorio, esta vez obligado por el programa denominado Operación Peter Pan, desarrollado por la CIA, y del que da cuenta una narración como la titulada «Seguir siendo yo», escrita por Aymara Aymerich, en Cicatrices en la memoria, con prólogo de Roberto Fernández Retamar, de la Editorial Capitán San Luis, La Habana, 2016. Pp. 35-45).

Cerraríamos este trayecto o recorrido de lecturas ampliando el mapa con la audición y comprensión del texto de una canción del dúo Buena Fe, con Pablo Milanés de invitado, titulada «Despedida». Leámosla:

Padre,

te entrego estas ganas

herejes del sueño

donde te sé.

Padre,

despide quietudes,

bendice mi empeño,

ya partiré.

Soy mucho de lo que intentaste,

pero un tanto de mi tiempo.

Mi voz no te engaña,

soy de tu misma montaña,

pero habito en sotavento.

(Estribillo)

Mira bien,

puedes ver

esta sed de estrellas en mi corazón.

Y escuchar

un grito que intenta ser conversación.

Puedo dar

elementos,

yo sintiendo fuego dentro.

Cómo me libero de esta carga

amarga.

Cómo no hago de la vida

despedidas.

Cuánto olvido cabe en el adiós:

¿Cuánto?

¿Cuánto?

Pero, ¿cuánto?

¿Cuánto?

Tierra

que siempre se acuesta

debajo del árbol,

despertaré,

como una sombra que sabe

de quién y de nadie.

Allí estaré.

Y en las alturas de tu voz

aguardaré mi hora,

por si alguien viene a quitarme lo que es tuyo y mío

o a romperte el albedrío.

(Estribillo)

Mira bien,

puedes ver

esta sed de estrellas en mi corazón.

Y escuchar

un grito que intenta ser conversación.

Puedo dar

elementos,

yo sintiendo fuego dentro.

Cómo me libero de esta carga

amarga.

Cómo no hago de la vida

despedidas.

Cuánto olvido cabe en el adiós:

¿Cuánto?

¿Cuánto?

Pero, ¿cuánto?

¿Cuánto?

Si nunca le conté sobre la soledad,

tan solo el apetito de un mejor vivir.

Me lameré la herida.

Ni un llorar

ni un “no te vayas”

ni un gemir.

Busca tu viento,

yo nunca hablaré de mi lamento.

(Estribillo)

Mira bien,

puedes ver

esta sed de estrellas en mi corazón.

Y escuchar

un grito que intenta ser conversación.

Puedo dar

elementos,

yo sintiendo fuego dentro.

Cómo me libero de esta carga

amarga.

Cómo no hago de la vida

despedidas.

Cuánto olvido cabe en el adiós:

¿Cuánto?

¿Cuánto?

Pero, ¿cuánto?

¿Cuánto?

Mi voz no te engaña.

¿Cuánto?

¿Cuánto?

¿Cuánto?

¿Cuánto?

¿Cuánto?

Cuánto olvido cabe en el adiós…

   Este nuevo trayecto de lectura terminaría con la lectura y análisis del video «Yo soy el punto cubano», de David Blanco.

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