Tercer recorrido de lectura

Tercer trayecto o recorrido de lectura:

Para aprender a convivir armónicamente con las diferencias

Autor: Dr. C. y Profesor Titular Juan Ramón Montaño Calcines

   Uno y diverso es el mundo en el que vivimos: muchas y muy variadas son las especies de animales y plantas que habitan en él; variados y diversos son los colores y credos de las razas humanas y diferentes y diversamente melodiosas son las lenguas que hablamos; la diversidad y las diferencias son signos que identifican y caracterizan el diario vivir humano; y ese diario vivir, diverso, plural, dinámico y complejo tiene su reflejo en cada una de nuestras aulas.

   Sin embargo, no siempre sabemos convivir en armonía con la diversidad y las diferencias, porque siempre lo diferente nos asusta, nos causa miedo, nos pone en guardia. Y esto ha sido y es así porque lo diferente nos amenaza, nos perturba, nos desestabiliza, nos desorienta. Y esta ha sido, creo yo, la causa fundamental por la cual, generalmente, excluimos a quienes llevan la marca de las diferencias.

   Quizás esta sea una muy buen oportunidad para provocar el encuentro de nuestros alumnos con un grupo de textos que muy pudieran iniciarse con la lectura de fragmentos de la novela Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo, de manera que conozcan a Quasimodo, personaje muy característico porque es enano, deforme, casi sordo. Por tales razones él odia a las gentes que le humillan, aunque en realidad él ha nacido para amar, y así lo demuestra con su angustiada ternura hacia Esmeralda. Quasimodo oculta tras una envoltura monstruosa y repelente los más tiernos y delicados sentimientos que necesitamos descubrir siguiendo aquella máxima que conocimos al leer El Principito, de Saint-Exupéry: «No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos». Así, pudiéramos leer esta obra de Saint-Exupéri como una metáfora universal sobre el amor, la soledad, el sentido de la responsabilidad y de la vida y la amistad, valores estos tan necesarios hoy cuando vivimos, casi al modo kafkiano, el absurdo que ha representado la pandemia del Covid-19 en el mundo entero.

   Y hay que enseñar a ver, a mirar y a oír con los ojos y el oído interiores de cada uno de nosotros. Solo así podremos aprender a convivir armónicamente, en paz y respetuosamente con las diferencias, con el Otro y los otros diferentes que conforman el tejido humano y sociocultural del mundo.

   Desde estas perspectivas podemos leer un cuento titulado «Breves instantes sin llegar a la roca», del escritor cubano Jorge G. Silverio Tejera, escrito en: Si usted aprendió a besar en checo, Premio Eliseo Diego de 2007. Colección Brizna. Ediciones Ávila. Ciego de Ávila, 2008 .en el que se narra la historia de Agesilao, un personaje que presidía una cuadrilla cuya función principal era la de privarle de la vida a cualquier niño que naciera deforme, diferente físicamente porque estaban en contraposición con el ideal de ser que su sociedad tenía. Y todo marchaba muy bien hasta que su segundo hijo nace con las piernas débiles y es él, su padre, quien debía entregarlo para que, sin pensarlo dos veces, le arrebataran la vida.

   Huir era una palabra que no existía en el vocabulario de Agesilao porque un espartano como él debía saber morir pero no huir ante esas realidades. Sin embargo, a pesar de conocer este rasgo que se suponía plena convicción, su esposa le sugiere la huida. Les quedaba otro hijo: el mayor, el primogénito, quien era ya un magnífico soldado siguiendo el ejemplo del padre. Y ante la duda y lo que pudiera pasarle a ese primer hijo, por demás militar, si huían, la esposa le dice tajantemente: «Si por salvar a un hijo tengo que perder a otro, lo perderé». Porque se trataba se eso: de huir para salvaguardar la vida del bebé deforme, diferente; y para lograrlo debían abandonar la tierra en la que habían nacido y crecido, en la que habían creado a sus hijos y constituido una familia; tenían que dejar todo atrás, incluso, al primogénito quien era ya un joven hombre con una vida plena por delante. Y cuando llega la hora y Agesilao va a la cuna y el niño le sonríe, se percata el padre de que no tenía otro camino que fuera el de la huida con aquel pedacito de futuro hombre que se apegaba con todas sus fuerzas y la ingenuidad de su corta edad a la vida. La mujer le pone la mano en el hombro y le señala el camino. Agesilao, en el más absoluto silencio, comprende el gesto. La toma de la mano y juntos inician el largo camino de la huida, del exilio, caminando hacia el norte, donde las montañas eran más altas y los bosques más tupidos. Llevaba entre sus poderosos brazos, hecho casi un bulto, el cuerpecito indefenso del hijo deforme, diferente, condenado a la muerte por serlo si decidían quedarse en el lugar en el que habían nacido. Y a cada paso el golpeteo del corazoncito del hijo contra su pecho de padre era un nuevo impulso para la huida, para la protección de una vida.

   ¿De qué nos habla este hermoso texto y cómo leerlo? Podríamos leerlo desde las lindes de la vida humana, al decir del poeta César Vallejo. De los conflictos éticos y existenciales de los seres humanos en todos los tiempos. Y de eso mismo nos habla: del entretejido de voces que somos cada uno de nosotros; de la dinámica lucha entre lo individual y lo social colectivo; de las mil y una razones que han tenido y tienen los seres humanos para emigrar; de las pruebas por las que debemos pasar en esta torpe vida; de la actitud que siempre hemos tenido ante el otro y los otros diferentes.

   También absorto en estos razonamientos, por casualidad cayó en mis manos una revista literaria y artística de esa ciudad cubana conocida como la Atenas de Cuba: Matanzas, en la que encontré un texto cuyo discurso poético transgresor muy bien conecta, desde disímiles aristas con los trayectos de lectura que venimos dibujando. Está escrito por un poeta y traductor matancero llamado Israel Domínguez; se titula «Porque no quiero» y nos dice:

Por qué no puedo ser mujer

y por qué no puedo ser hombre.

Por qué no puedo ser negro

y por qué no puedo ser blanco.

Por qué no puedo ser homosexual

y por qué no puedo ser heterosexual.

Por qué no quieres que sea

y por qué quieres que no sea.

Indígena, europeo, santiaguero, habanero,

cubano, español, vasco,

mexicano, árabe, estadounidense,

chino, japonés, ucraniano, ruso,

sudafricano, argentino, británico.

Por qué no puedo irme

y por qué no puedo quedarme.

Por qué no puedo ser troyano

y por qué no puedo ser griego.

Ni huno ni visigodo

y mucho menos romano.

Polaco, alemán, etíope, italiano,

somalí, haitiano, francés,

palestino, judío.

Por qué no quieres que sea

y por qué quieres que no sea.

Por qué no puedo ser religioso

y por qué no puedo ser ateo.

Pobre, rico, comunista.

Por qué tendría que serlo.

Friqui, miqui, artista, funcionario,

barrendero, médico, poeta, maletero,

salsero, trovador, científico, taxista,

escritor, editor, traductor.

Por qué no puedo ser subordinado

y por qué no puedo ser jefe.

Por qué no puedo ser alumno

y por qué no puedo ser maestro.

Por qué… por qué…

Porque lo único que no quiero ser

es la voz que eres, cuando preguntas

   sin preguntar,

la voz que silencia a la voz que canta

Imagine all the people… imagine…

(Tomado de: Israel Domínguez. «Porque no quiero», en: Revista literaria y artística Matanzas. Primera Urbe Moderna de Cuba. Nro. 1, Año XVIII, enero-abril de 2017. P. 7).

   Leyendo textos como estos que generalmente no aparecen en nuestros programas de estudio ratifico que todos, absolutamente todos, en algún momento de la vida, pudiéramos ser ese otro diferente y que cuando eso suceda –si sucede–, es muy seguro que quisiéramos ser tratados con respeto, sin menoscabo de nuestra integridad, de nuestra dignidad.

   ¿Cómo contribuir a la construcción de unas sociedades y de unas escuelas cada vez más inclusivas, democráticas, participativas? ¿Cómo lograr que negros, blancos, indios y mestizos, que mujeres y hombres, que creyentes y ateos, y que personas de muy diversos credos y orientación sexual participen responsablemente y con entusiasmo en la construcción de los proyectos sociales que en cada una de nuestras naciones sus pueblos construyen? Estas son interrogantes que debieran estar en el centro mismo de los procesos formativos de niños, adolescentes y jóvenes y que pudieran tener, por la vía de la lectura y sobre todo de la lectura literaria, una y muy variadas respuestas.

   La lucha por la integración, por la inclusión, por derribar prejuicios es necesaria hoy más que nunca y nos hace falta construirla día a día desde cada una de nuestras aulas y escuelas. Es importante que todos nos ocupemos por derribar esos muros que dividen y segregan, para que nuestras escuelas y nuestras sociedades sean verdaderamente inclusivas en el sentido más profundamente humano, de manera que podamos hacer realidad aquella máxima martiana de: «¡Con todos y para el bien de todos!»

   Este recorrido nos permite compartir con nuestros estudiantes textos como estos que a continuación presentaremos.

   Del poeta español Juan Ramón Jiménez, el poema «La cojita»:

La niña sonríe: “¡Espera,

voy a coger la muleta!”

Sol y rosas. La arboleda

movida y fresca, dardea

limpias luces verdes. Gresca

de pájaros, brisas nuevas.

La niña sonríe: “¡Espera,

voy a coger la muleta!”

Un cielo de ensueño y seda,

hasta el corazón se entra.

Los niños, de blanco, juegan,

chillan, sudan, llegan:

                   “…Nenaaaa!”

La niña sonríe: “¡Espeeera,

voy a coger la muleta!”

Saltan sus ojos. Le cuelga,

girando, falsa, la pierna.

Le duele el hombro. Jadea

contra los chopos. Se sienta.

Ríe y llora y ríe: “¡Espera,

voy a coger la muleta!”

¡Mas los pájaros no esperan;

los niños no esperan! Yerra

la primavera. Es la fiesta

del que corre y del que vuela…

La niña sonríe: “¡Espera,

voy a coger la muleta!”

   De la grande de América, Premio Nobel de Literatura, la chilena Gabriela Mistral, el poema «Los que no danzan»:

Una niña que es inválida

dijo: -“¿Cómo danzo yo?”

Le dijimos que pudiera

a danzar su corazón.

Luego dijo la quebrada:

-“¿Cómo cantaría yo?”

Le dijimos que pusiera

a cantar su corazón.

Dijo el pobre cardo muerto:

-“¿Cómo danzaría yo?”

Le dijimos: -“Pon al viento

a volar tu corazón…”

Dijo Dios desde la altura:

-“¿Cómo bajo del azul?”

Le dijimos que bajara

a danzarnos en la luz.

Todo el valle está danzando

en un corro bajo el sol.

A quien falte se le vuelve

de cenizas el corazón.

   Del poeta español Federico García Lorca, su poema «El niño mudo»:

El niño busca su voz.

(La tenía el rey de los grillos).

En una gota de agua

buscaba su voz el niño.

No la quiero para hablar;

me haré con ella un anillo

que llevará mi silencio

en su dedo pequeñito.

En una gota de agua

buscaba su voz el niño.

(La voz cautiva, a lo lejos,

se ponía un traje de grillo).

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