- “Cuba: naturaleza, patria y poesía”
Desde que nuestro Cintio Vitier allá por el año 1957 ofreciera el curso que luego se convertiría en el libro «Lo cubano en la poesía», hemos aprendido leyéndolo y releyéndolo constantemente, que «la poesía ilumina al país»; que «lo cubano se ha ido revelando por medio de la poesía en grados cada vez más distintos y luminosos».
Primero fue el canto a la naturaleza hermosa de esta Isla, a sus dones naturales: a sus frutos, a su fauna; después fue el paisaje físico y natural que nos identifica el motivo esencial del canto poético; y así, en estrecha relación con esa naturaleza se fue fraguando y configurando el carácter, el sentimiento y el espíritu ignoto de lo cubano.
Naturaleza y poesía siempre se han fundido en un apretadísimo abrazo para cobijar y dar vida a una Cuba verde azul, de sol reverberante y viento huracanado o suave, de palmeras que se mecen al ritmo de semillas secas y bongoes, al rasgueo de guitarras y al son del guajiro punto cubano.
Y en días como los que ahora vivimos, después de un poco más de dos años de pandemia y de una brutal campaña por silenciar lo mejor de esta Isla de islas, como le gustaba llamarla otra poeta de calibre sin par, la Premio Cervantes Dulce María Loynaz, la poesía debe seguir iluminando nuestro camino por la vida, si lo sabría Diego Vicente Tejera cuando escribió estos sentido versos:
“(…)
Y ahora que de Cuba
Salvamos los destinos,
Ahora que podemos
Laureles conquistar,
¿Seremos, oh cubanos,
Tan torpes y mezquinos
Que a Cuba y nuestra gloria
Lleguemos a faltar?
(…)
¡Por Dios! ¡Que el peligro nos encuentre hermanos!
¡Cubanos, unión!
(…)
¡Por Dios y por Cuba,
Démosno las manos!
¡Cubanos, unión!
- RINDIENDO TRIBUTO A JESÚS ORTA RUIZ, EL INDIO NABORÍ EN SU CENTENARIO
Y una de las figuras a la que la nueva edición de la Feria Internacional del Libro y la Literatura en este 2022 rendirá homenaje es a la de ese cubanísimo poeta llamado Jesús Orta Ruiz y conocido como el Indio Naborí.
Nacido un 30 de septiembre de 1922, hace ya 100 años, en medio de una familia campesina de origen español, concretamente provenientes de Islas Canarias, su temprana vocación poética no podía ser otra que aquella que lo vinculara con el cultivo de la décima folklorizada tempranamente en el canto de los campesinos cubanos.
Y era poeta y escribía versos. Y para su hijo Fidel Antonio Orta, heredero también de ese espíritu lírico, su padre respiraba como poeta; hablaba como poeta y caminaba como poeta.[1] Transpiraba poesía por toda su piel. Emanaba poesía por todo su cuerpo. Y poeta y hombre cubanísimo fue desde que sus ojos se abrieron al mundo, a este mundo nuestro, porque venía él de las altas palmas, que son y serán siempre novias que esperan, y del aroma sin par del café y del humo blanco azulado del puro tabaco cubano.
Sabía, supo, como pocos de la vida de su tierra, pues al decir propio en sus versos:
“Mi niñez descalza y pura
como la misma ignorancia
me viene con la fragancia
de una guayaba madura.
Me viene con la espesura,
la choza y el callejón,
y se abre en mi evocación
la vieja herida del trillo
donde en caballo de millo
cabalgaba mi ilusión”.
Hoy, al filo de una poco más de dos años de vivir agónico por la pandemia de la Covid 19 y de una guerra en Europa de consecuencias impredecibles para el mundo si tomara carácter mundial, me pregunto yo: “¿La poesía nos salva?/ ¡Nos consuela el poema?/ ¿Divierten las palabras/ que con palabras juegan?”, tal y cual lo ha dicho Álvaro salvador, un poeta español contemporáneo. Y también en este mismo sentido en el que venimos planteando la necesidad de la poesía, como nuestro José Martí, en su artículo “El poeta Walt Whitman”, me pregunto y me respondo diciendo:
«¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? (…) La poesía que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues esta le proporciona el modo de subsistir, mientras que aquella les da el deseo y la fuerza de la vida…»[2]
Porque, el propio Orta Ruiz sabía del valor perenne de la palabra y del poder salvador de la poesía, razón por la cual dijo:
“Para que con nuestra huella
se torne cristal el lodo,
hay que amar: amarlo todo
desde el insecto a la estrella”
De manera que, siguiendo lo dicho en sus versos, en este mundo en el que hoy vivimos podamos parafrasearlo haciendo solo un cambio que:
(…)
“lo amargo se haga dulzor,
El cristal se haga una huerta
Cuando no quede una puerta
Cerrada para el amor.”
Es la voz del poeta. Es el espíritu ignoto de la poesía que nos salva. Es la cubanía de unos versos que venidos de España se hicieron nuestro tal y cual lo supo decir él en ese «Canto a la décima criolla»en el que leemos versos como estos:
Viajera peninsular,
¡Cómo te has aplatanado!
¿Qué sinsonte enamorado
te dio cita en el palmar?
Dejaste viña y pomar
soñando caña y café,
y tu alma española fue
canción de arado y guataca,
cuando al vaivén de una hamaca
te diste a «El Cucalambé».
Amaste a Cuba, al Caney
que, huérfano de fortuna,
se levanta como en una
persistencia siboney.
La ceiba te habló de Hatuey,
te embridó el azul del cielo,
te conquistó el arroyuelo
con musical bienvenida
y te quedaste prendida
al verde imán de mi suelo.
(…)
Yo desde niño te llevo
del brazo como una esposa,
guajirita lastimosa
con hambre de mundo nuevo.
Incubaste como un huevo
de sinsonte el alma mía,
desde que en la sitiería,
junto al arroyo sonoro,
como una botija de oro
encontré la Poesía.
¡Como no cantar por ti,
canción sudada en mi padre,
ritmo de cuna en mi madre
y la misma vida en mí!
Yo contigo recorrí
la ciudad y la espesura,
y en ti guardo la dulzura
de los besos que apuré
como sorbos de café
en jícara de aventura.
Su mayor aporte estuvo en la renovación poética de la décima. Él hizo poéticamente con la décima y la imaginación campesina cubana lo que Federico García Lorca había hecho con el romance y la imaginación gitana y andaluza.
Cuando en el año 1995 se le concede el Premio Nacional de Literatura, es porque se le consideró un autor «imprescindible» para la lírica y la literatura cubanas de todos los tiempos, de esa que supo en su genuina voz aunar lo culto y lo popular como pocas veces se ha logrado.
Conocido -con mucho y por muchos- como exponente de la mejor poesía social, de denuncia, políticamente comprometida con el pobre, con el pueblo y el campesinado cubano, supo llevar la décima a muy altos niveles de calidad y cubanía, prueba de ello son estos versos:
“Siempre a mis alrededores
Las palmas crecer me vieron:
Nodrizas que me ofrecieron
Las nanas de sus rumores.
Las amé con los amores
Más raigales de mi ser;
Y por nacer y crecer
En su dulce compañía,
Tengo la melancolía
De ellas al anochecer.”
Y cuando no pudo ver porque quedó ciego fueron los ojos de su fiel esposa con los que aprendió a ver el mundo. Creó entonces un manojo de poemas compilados bajo el sugerente título de “con tus ojos míos”, tomado a su vez de un verso que no por gusto lleva como título “Gratitud” y en el que dice:
“Estoy leyendo con tus ojos míos
Los poemas que Borges
Escribió con la mano de otra mujer.
A ella y a ti doy gracias
Por este sol de la noche en mis tinieblas.”
Y es que donde más altos quilates encuentro yo es en su poesía íntima: en esa nacida del profundo dolor, del que nacen los versos más sinceros y hermosos. Por eso, fue esa misma gratitud la que lo llevó a escribir estos otros titulados “Madrigal de la neblina” y en los que dice:
“No hay iris. Se difumina
El color de las violetas
Y convivo con siluetas
En un mundo de neblinas.
Una mujer me encamina
Y de guajiros y abrojos
Va librando mis pies flojos…
¡Ay, quién me diría que
Los ojos que ayer canté
Hoy fueran mis propios ojos!”
Y quiero evocar, para finalizar este brevísimo recorrido por la obra poética de ese cubano, cubanísimo poeta que fue y es y seguirá siendo por los siglos de los siglos nuestro Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, un poema perteneciente a «Elegías a Noel» en el que hay mucha emoción y versos muy bien cristalizados y de importantes hallazgos de forma y matices de innegable dolor, tal como lo percibió en su momento ese otro intelectual cubanísimo de gran valor que fue Juan Marinello. Ese poema nacido del dolor más profundo por la pérdida del hijo a la edad de tan solo cinco años, de un poema que está considerado una joya elegíaca de las mejor escritas en lengua española y que el padre-poeta tituló con este sugerente título: «La fuga del ángel»:
Adónde fuiste, ángel mío,
en la última travesura?
Tal vez quiso tu ternura
mudarse para el rocío.
Te fuiste como en el río
un pétalo de alelí;
y has dejado tras de tí
una estela de cariño,
recuerdo que, como un niño
sin cuerpo, va junto a mí.
Eres, pues, un niño abstracto
y vienes cuando te invoco,
vida intocable que toco
en una ilusión del tacto.
Te veo vivo y exacto
andando a mi alrededor,
y escucho tu voz –rumor
como de ala que se aleja–:
¡qué zumbido sin abeja!
¡qué trino sin ruiseñor!
Es que estás, aunque no estás,
cual vuelo de mariposa
sin mariposa, cual rosa
de perfume nada más.
Te fuiste y conmigo vas,
aunque el mundo no te ve,
ni sabe como yo sé
que, diluido en la brisa,
aún vives, como sonrisa
sin boca, y paso sin pie.
Es todo lo que me queda
de ti: verdad sin verdad;
una como suavidad
de seda, pero sin seda;
aroma de rosaleda
sin más presencia que aroma;
donaire de la paloma,
pero no más que donaire;
niño pintado en el aire
hablándome sin idioma.
Una piedad de la muerte
hay en esto de mirarte
sin mirarte, y de palparte
sin palparte, ni tenerte;
pues evocarte, traerte
por la ruta de un clamor,
es endulzar el dolor
de la ausencia más glacial,
con un sabor de panal
que sólo fuera sabor.
Como bien puede apreciarse en esta elegía el contenido y la forma son de ejemplar calidad poética, de acendrada emoción y como reconocen no pocos especialistas en el tema pocas veces la elegía en idioma español ha llegado a alcanzar el alto contenido artístico que logra tener en este poema escrito, por demás, en un metro popular: la décima. Y hasta resonancias del mejor barroco español podemos encontrar en sus dos últimas estrofas y esos juegos de palabras al decir: Es todo lo que me queda/ de ti: verdad sin verdad;/ una como suavidad/ de seda, pero sin seda;/ aroma de rosaleda/ sin más presencia que aroma;/ donaire de la paloma,/ pero no más que donaire;/ niño pintado en el aire/ hablándome sin idioma.
Y esa voz dolorida de padre que ve partir a su hijo para nunca más tenerlo vivo; esa voz que es grito de angustia y que me hace razonar martianamente al reconocer que del dolor profundo salen los más bellos y sentidos versos del alma, esa voz es la que concibe desde la palabra y la poesía concretada en un sentido soneto un futuro reencuentro cuando exclama:
Volverán tus pupilas a las piedras preciosas;
tu sonrisa de luz volverá a los claveles;
las mieles de tus besos volverán a las mieles
de las alborotadas colmenas deliciosas;
tus rosadas mejillas volverán a las rosas;
tu piel, a la corteza del árbol y a otras pieles;
tus pies, a la tenaz raíz de los laureles;
tus manos, a las blancas y suaves mariposas.
Sin embargo, mi niño, no volverás a mí.
No importa. Espera un poco. Yo he de llegar a ti.
Quizás seas entonces la alegría de un ave,
y yo sea hojarasca de algún árbol caído,
y en tu pico me lleves, para formarte un nido,
como el amor paterno, calientemente suave.
En homenaje a él se escogió el día y el mes de su nacimiento: 30 de septiembre para celebrar el Día Iberoamericano de la Décima.
En este 2022 cuando celebramos el centenario de su natalicio, traerlo de vuelta al comentario y al estudio, es razón importante para reafirmar que son las palabras y sus palabras de poeta real y de alto vuelo, embriones de ideas, gérmenes fecundos del pensamiento que nos siguen acompañando y en las que se continúa tejiendo el alma de la nación.
La poesía cubana en la décima, en el soneto y en la elegía tiene en él a uno de sus cultivadores; una voz que nacida de lo profundamente popular y repentista supo llegar a la expresión más refinada, culta, a ratos de profundo sabor barroco y de resonancia clásica como la que alcanza en estos versos:
Todo se queda en un recogimiento:
los cálices, los pájaros, el viento,
la luz que sosegada se retira,
la yerba leve y el palmar mayúsculo,
y yo -la tarde que a la tarde mira-
soy la parte consciente del crepúsculo.
La palabra contenida en su poesía es expresión de este caimán de esmeraldas en medio de un mar de turquesas; de esta Cuba nuestra, Isla de islas, chispazo de tierra en medio del mar; de esta Cuba que es su corazón, mi corazón, nuestro corazón; de esta Cuba que fue y es su cielo, mi cielo, nuestro cielo; porque a lo largo de la historia la poesía y Cuba nos une y nos salva.
[1] Entrevista con Fidel Antonio Orta, en Tres preguntas sobre el Indio Naborí, en https://www.elmundo.es/blogs/elmundo/habaname/2011/11/05/la-herencia-de-los-poetas-cubanos.html
[2] José Martí. «El poeta Walt Whitman», en Martí en la Universidad. IV. Selección y prólogo de Cintio Vitier. Editorial Félix Varela. La Habana, 1997. P. 187.