¿Cómo, por qué y para qué necesitamos leer un personaje y una obra que llevan por santo y seña el de Cecilia Valdés?

Una constante en la propuesta de innovación en el área de Lengua y Literatura y particularmente en la de educación literaria de adolescentes y jóvenes que vengo sosteniendo desde mi actividad docente, investigativa y académica, es aquella que parte del replanteo de la formación de lectores a fin de que estos sean siempre lectores y no leedores, de que sean sensibles, inteligentes y críticos, y de que constantemente se cuestionen qué leer, cómo leer, es decir, desde dónde leer, por qué y para qué leer determinados autores y obras.

   Por ello, hoy más que nunca es necesario que nos planteemos interrogantes como estas: ¿Cuántas lecturas resiste o soporta y cuántas otras tantas provoca un personaje como el de Cecilia Valdés, y con él la novela de Cirilo Villaverde, puesto que ha sabido trascender el tiempo y el discurso ideo-estético de una única manifestación artística: el de la literatura, para también aprovechar -y con mucho de excelencia- el del teatro y la música y el de las artes plásticas?

   Cabe entonces que nos preguntemos una y otra vez: ¿Cómo leer este personaje y estas obras?; ¿desde dónde leerlos?; ¿por qué leerlos hoy, en pleno siglo XXI y desde sociedades como las nuestras?

   Estos interrogantes son clave desde los cuales podemos transitar un camino innovador en el ámbito de la educación literaria, estética y musical, del teatro y de la plástica, y pretendo yo develarlos ahora asumiendo unas modestas y honradas posiciones en el decir, en el concebir en la interpretación que a continuación propongo.

      A 140 años de la primera edición de la novela Cecilia Valdés o La loma del Ángel, de Cirilo Villaverde; a 90 años del estreno en el Teatro Martí de La Habana, de la zarzuela Cecilia Valdés, de nuestro Gonzalo Roig; y a 40 años de la premier en nuestras ya antiguas salas de cine del filme Cecilia, dirigido por Humberto Solás, el personaje que hoy incita mi razonamiento se torna una cautivadora provocación que me incita y me arrastra a ofrecer los razonamientos interpretativos siguientes.

   Y es que no puedo olvidar yo, rememorando ahora mi paso por las aulas universitarias y mis estudios de Literatura Cubana, que Cecilia Valdés es la novela más importante del siglo XIX cubano y quizás una de las obras más significativas de toda la América Latina; y que  en opinión de un eminente intelectual como Elías Entralgo, ella es nuestro más representativo mito literario: equivalente al Quijote de Cervantes para la literatura y la cultura hispana; o al Hamlet de Shakespeare, para la literatura y la cultura inglesa; o al Fausto, de Goethe, para la cultura y la literatura alemanas.

   Y entonces, aventuro una primerísima hipótesis de lectura: esta en la que sostengo que habrá de leerse, entre otras tantas perspectivas, así: como mito literario cubano que todavía hoy conserva su perfecta fragancia, su íntegra frescura, su inmune actualidad.

   Pero… ¿por qué, para qué y cómo debiera leer esta obra un adolescente o joven cubano de este ya galopante siglo XXI?

   Pues junto a la primerísima razón dada más arriba, sostengo que, ante todo, debemos leer esta novela como grito desde el cual se condena el sistema esclavista que refleja y recrea en sus páginas. Y es y debe ser así su lectura porque la esclavitud de los hombres fue, es y será siempre, al decir de nuestro Martí -y por propia convicción-, la gran pena del mundo, la gran deshonra del hombre, en su sentido genérico de todos y cada uno de los seres humanos, quienes por serlo merecen todo nuestro respeto, consideración y, particularmente, su derecho a vivir en total y plena libertad.

   La versión definitiva de la novela, la de 1882, es abiertamente antiesclavista y ello puede rastrearse y sustentarse desde pasajes como aquel en el que se cuenta cómo don Cándido Gamboa se enriquece mediante el tráfico de esclavos traídos desde el África. Todo el horror de la esclavitud asoma al saber que los negreros arrojaban a los esclavos por las bordas de las embarcaciones cuando tenían que huir de las naves británicas opuestas a la esclavitud y a España; o cuando sabemos porque así nos lo narran que eran traídos a Cuba en total hacinamiento en las bodegas de los barcos negreros, amontonados unos encimas de los otros, razón por la cual muchos morían de asfixia o por contagio de esta o de aquella otra enfermedad adquirida durante la la larga y azarosa travesía.

   Las mayores crueldades de la esclavitud son patentes en el segundo volumen de la novela cuando se nos cuenta cómo los Gamboa vuelven al ingenio. La novela más allá de la simple posición de reflejo, de pintura, para situarse en el de la denuncia al abordar una vívida descripción de los esclavos cimarrones, tanto de los del campo como de los de la ciudad. De hecho, uno de los episodios más traumático es el que le dedica a Pedro, el esclavo cimarrón que fuera capturado y mordido por un perro, llevado de castigo al cepo y finalmente a la enfermería, lugar en el que se suicida tragándose la lengua.

   Y es que Pedro prefiere tener una horrenda muerte: lenta y dolorosa, peor incluso que la misma horca que los amos blancos pudieran darle, a vivir volviendo a ser esclavo.

   También cabe leerla como novela realista en la que se pintan costumbres propias de la sociedad y la cultura cubana de esta época. Así, por ejemplo, podemos leerla como documento artístico fiel al reflejo del modo de vida de las distintas clases que conformaban la sociedad cubana del siglo XIX: una sociedad muy bien estratificada y en la que conviven y se mezclan blancos europeos, venidos de la Metrópolis: España; negros bozales traídos del África para ser vendidos y comprados como esclavos, para ser concebidos como diría el propio don Cándido: como fardos de carbón; mulatos y mulatas resultados del entrecruzamiento racial entre blancos y negros; libertos y esclavos; y también el criollo, el que habiendo nacido ya en estas  tierras comenzaba a pensar, sentir y proyectarse diferente del oriundo venido de Europa, de España. También porque se pintan y recrean costumbres: las ferias como la de san Rafael, que en su día fue muy popular: los bailes de las llamadas sociedades: la de blancos, a los que no podían asistir ni negros ni mulatos esclavos ni libertos; los de la sociedad de color, es decir, de los negros y mulatos y a los que sí podían asistir sobre todo hombres blancos y libres, que siempre estaban a la caza de la mujer negra o mulata para solazarse de manera libidinosa y lograr por medio de la violencia ejercida contra las mujeres de ascendencia africana el desahogo sexual del que aquellas fueron objeto; la presencia de diferentes tipos de carruajes; la manera de vestir de los caleseros; las negras esclavas paridas que tenían que amamantar a las crías blancas y darles la leche materna, el alimento,  a aquellos que por ser blancos eran primeros y estaban por encima de sus propios críos o hijos. Así, por ejemplo, conocemos a la negra esclava María de Regla, la que diera de mamar a su propio hijo y también a la propia Cecilia y a Adela, la hija de doña Rosa y hermana de Leonardo. María de Regla, nombre simbólico porque conjuga el de la propia Virgen María, madre de Jesucristo, y el de la Virgen de Regla, virgen negra que se adora en toda La Habana y particularmente en las comarcas que hoy conforman los municipios de Regla y Guanabacoa. Ella se erige simbólicamente en madre de todos: blancos, negros y mulatos.

   Y pudiéramos leerla hoy como novela transgresora desde su posición ideo-estética: mezcla de romanticismo realista y de profundo sabor antiesclavista en la que el personaje de Leonardo pudiera ser visto como un playboy; y en la que el final es un hecho insólito, puesto que es Pimienta quien desobedece el mandato de Cecilia y mata a Leonardo, el joven rico y blanco, lo que supone un final extraño y asombroso para el esquema clásico y tradicional de este tipo de novela, pues va más allá de una disputa entre hombres por obtener el amor y la posesión de una mujer. Y es que con la muerte de Leonardo muere también toda una familia blanca y rica: la de los Gamboa, quienes tenían en ese único hijo varón al heredero no solo de toda una fortuna sino también al de un posible título nobiliario recién adquirido; con él también moría el apellido. Este es pues un hecho insólito que hace de esta una novela atrevida desde este valor simbólico: el de la muerte de un joven blanco explotador de mujeres a manos de un mestizo, de un asesino mulato que no es apresado, quedando así abierta para el lector la posibilidad de que escapara y quedara libre.

     Asimismo podría ser leída desde la imagen simbólica de la mulata cubana mediante la cual se entremezclan la sexualidad, la procreación, la condición de mujer y el problema racial en la Cuba del gobierno de Vives y de la segunda mitad del siglo XIX. Así lo podemos corroborar por las características físico-morales de la descripción de Cecilia, expresión de los principios del racismo y de la ideología sobre la feminidad decimonónica  que aparecen muy bien imbricados al describir la belleza híbrida y erotizada de la protagonista, de unos rasgos físicos hipersexualizados y de una naturaleza sensual desde la que se anuncia su fatalidad y se legitima la explotación y extorsión sexual de la mujer negra y mulata, con lo cual se normativiza su comportamiento: símbolo de belleza y objeto de satisfacción sexual. De esta manera, raza, género, sexualidad y condición de clase social se instauran en la configuración de las representaciones culturales e ideológicas dela sociedad cubana decimonónica y trascienden los patrones meramente literarios para instaurarse en el lenguaje del discurso de la plástica como lo podemos apreciar en las obras plásticas de Víctor Landaluze y luego en la conformación músico-teatral del personaje de la zarzuela y que nos llegan hasta hoy con las imágenes de la Cecilia barroca de nuestro Cosme Proenza.

   Desde estas perspectivas que venimos siguiendo en el campo de la lectura e interpretación del personaje podemos también asumir que la mulata, el mulato, la mulatez es elemento transgresor del orden colonial español, fruto de la violencia sexualizada hacia las mujeres afrodescendientes por parte del hombre blanco europeo.

   Subyace aquí un elemento ideológico desde el cual la imagen de la mulata se asocia a la de la mujer generadora del pecado original y de carga simbólica negativa acentuada además por el color negro o pardo o trigueño de la piel, y desde el cual se le ve como agente que inflama los deseos carnales, sexuales, desde los cuales arrastran a los hombres. Este estereotipo está en boca del propio Leonardo cuando dice: “El que se casa con Isabel está seguro de que no padecerá de quebrantos de cabeza aunque sea más celoso que un turco. Con mujeres como Cecilia… el peligro es constante… La de La Habana (Cecilia) será mi virgen citerea; la de Alquízar (Isabel), mi ángel custodio, mi monjita ursulina, mi hermana de la caridad.”

   Así, podemos leer a este personaje, a la novela, la zarzuela y la propia película (esta última con sus aciertos y desaciertos, por supuesto), haciendo del mestizaje símbolo de cubanía frente a una visión eurocéntrica y entonces tendremos a Cecilia Valdés como mito de belleza femenina: criolla impregnada siempre de alegría y rodeada de canto y baile y del deseo de vivir: no por gusto en la zarzuela ella dice: “…yo canto y bailo a porfía / yo soy Cecilia Valdés”… “Mis amores son las flores / que perfuman mi jardín, mi jardín…” / “Y mi risa cristalina es un alegre tintín / tin, tin, tin…

   Y esta lectura final no hay que verla en su negativo sentido sino, quizás y en primerísimo lugar, desde signo positivo pues es reflejo de la fuerza y alegría por la vida que se tornan además signos de resistencia a lo largo de la historia no solo de mulatos y mulatas sino por sobre cualquier cosa de todo un pueblo.

   En fin, a no olvidar nunca que la literatura es expresión pura, cabal y en no pocas ocasiones transgresora y emancipadora del pueblo que la crea. Ella es a la par, no solo arte de la palabra, sino índice que señala; signo que semántica y semióticamente denota y connota; síntoma de lo que en un momento concreto ocurre en una nación, o premonición de lo que asimismo pudiera ocurrir. Reflejo de lo que somos y desde ahí, espejo en el que mirarnos; como también es el lugar en el que se dirimen las palabras y se juegan y determinan sus significados y sentidos como finalmente es el lugar en el que se tejen los sueños y se nos prepara para los cambios que nos impone la vida.

Deja un comentario