En esa exquisita obra titulada El libro de los abrazos escrita por el uruguayo Eduardo Galeano leemos esto que dice: «Sabios doctores de Ética y Moral han de ser los pescadores de la costa colombiana que inventaron la palabra sentipensante para definir al lenguaje que dice la verdad»[1]
Y en efecto, estamos todos llamados a pensar, sentir y vivir la lengua –y las lenguas– y a defenderlas del exterminio, la segregación y el menosprecio.
Pensar la lengua –y las lenguas– significa que debemos asumir su conocimiento desde posiciones conscientes, reflexivas y críticas; y ello exige que las pensemos desde múltiples dimensiones: filosófica, ética, etnográfica, estética, política. Ideológica, comunicativa, identitaria, cultural; dada la importancia que tiene dicha reflexión para que podamos adoptar una justa posición ante ellas. Y este pensar las lenguas es una función clave en el ámbito educativo, en el político y en el cultural.
Pero no basta con pensarlas; es necesario también sentir la lengua –y las lenguas– porque al hacerlo, es decir, al sentirlas, nos estamos refiriendo a la sensibilidad, a la espiritualidad cultivada que implica el reconocimiento, el respeto, el cuidado y el amor hacia la lengua que hablamos como expresión de rasgos identitarios, en tanto asumimos el respeto hacia todas ellas como expresión de los vínculos humanos, culturales, comunicativos y éticos entre los seres humanos y los pueblos.
Este sentir la lengua –y las lenguas– es expresión de los que somos, porque en efecto, nos construimos en la lengua que hablamos: marca de orgullo al reconocernos pertenecientes a una comunidad con voz propia y original en el concierto de voces del mundo.
Y aún con todo esto, no basta; porque necesitamos vivir la lengua –y las lenguas– al contribuir a su enriquecimiento, al saber usarlas adecuadamente en cada uno de los espacios en los que ella es herramienta y vehículo para la cabal expresión de nuestros sentimientos e ideas, de ese sentir, pensar y estar en el mundo: en mi mundo, en nuestro mundo.
Vivir la lengua –y las lenguas– significa entonces gozarlas plenamente en sus usos y asumir una posición de defensa frente a quienes pretenden el genocidio de ellas; significa participar activa y conscientemente en su apropiación y desarrollo, tanto a nivel individual como colectivo, para contribuir decididamente a su permanente enriquecimiento y transformación. Y de esto sabe la variante cubana del español, pues tal y cual nos lo hace saber, nuestro Sergio Valdés Bernal: “En líneas generales, podemos aseverar que hoy se utilizan en el habla cubana unos 180 aruaquismos insulares relacionados con la flora, o sea, fitónimos como ácana ají, bejuco, bija, caimito, entre otros. Los nombres indígenas relacionados con la fauna son unos 103. A modo de ejemplo, mencionamos los siguientes zoónimos: biajaca, bibijagua, caguama, iguana, manjuarí, tiburón, tocororo y yaguasa”.[2]
Y siguiendo los razonamientos de este mismo lingüista cubano “Los vocablos relacionados con la cultura material indoantillana son más escasos, unos 46 tecnónimos, de los que mencionamos los siguientes: bajareque, barbacoa, casabe, guayo, hamaca, jaba y maruga. También heredamos varios nombres relacionados con el entorno: cayo, huracán, manigua y sabana, entre otros. Y de la cultura espiritual indocubana, según este mismo autor, solamente hemos conservado tres vocablos: areito y cemí, que se utilizan básicamente en la literatura especializada, y jigüe que se preserva en las leyendas campesinas.
Gran parte de estos vocablos, nos dice Valdés Bernal, una vez enraizados en el español hablado en Cuba, pasaron por un interesante proceso evolutivo que respondía a las necesidades comunicativas surgidas en nuestro medio. De esa forma, muchos de estos aruaquismos insulares dieron origen a nuevas palabras compuestas por un vocablo indígena y un afijo o palabra hispánica, a partir de los medios de que dispone la lengua española para la formación de nuevas voces. Ejemplo de esto son términos como boniatillo, bijol, cayerío, guayabal. La composición o unión de un aruaquismo insular y un hispanismo fue menos productiva y dio lugar a términos tales como matajíbaro (comida a base de chicharrón de puerco y boniato o plátano), aguaitacaimán, (nombre de un ave zancuda que con su grito alerta ante la presencia de los caimanes), pijinigua, (nombre de un insecto afaníptero y que también significa “muchacho pequeño y vivaracho”), botaguano (de botar y guano, hojas secas de palma que se utilizan para techar los bohíos).
Abordar el tema de la lengua española en el concierto de las lenguas de América me obliga a esbozar algunas ideas que a continuación quisiera exponer, tales como las siguientes.
PRIMERA IDEA. “La lengua y las lenguas: un largo camino de encuentros y desencuentros, de opresiones, libertades y resistencias…”
La lengua –y las lenguas– así como los procesos que las acompañan, nunca son ingenuos. La propia historia de la lengua española o castellana parte de un largo camino de encuentros y desencuentros, de imposiciones y triunfos sobre otros muchos sistemas lingüísticos en la propia Península Ibérica, desde que se unen los reinos de Castilla y Aragón, de Fernando e Isabel, los reyes católicos, desde que la lengua de Castilla se hizo inseparable del imperio español: herramienta al servicio del poder real, de una corona, de un ejército, de una religión, de toda una cultura, expresión en síntesis de una cosmovisión del mundo.
Esa historia continuó, además, con el encuentro del sistema lingüístico español y el de las variadas lenguas amerindias y de él es cierto que salió victoriosa la lengua de Cervantes, pues se impuso como lengua dominante sobre los muchos pueblos conquistados; se elevó al rango de lengua hegemónica, de fuerte carácter imperialista cuyo signo ha sido negativo, pues estuvo marcado por la opresión y el exterminio.
Pensarla desde estos referentes es comprender que fue ella el idioma de un gran imperio y que se impuso como lengua dominante en un vasto territorio continental, especialmente en Hispanoamérica, parte del mundo en el que los conquistadores y sus descendientes afincaron por imposición su identidad y lograron la unidad mediante la subordinación y el aniquilamiento de muchas lenguas autóctonas y, para mal del mundo, con el exterminio de quienes las hablaron. Por eso, es justo reconocer para ser fieles a la verdad histórica, que el español de América se construye sobre una gran y sangrante herida, en cuyo origen está la muerte de otras muchas lenguas y de muchos seres humanos indefensos; en tanto también es preciso reconocer que ese español, esa lengua que hoy hablamos en estas tierras, es el resultado de fuertes procesos de hibridación y maridaje, tal cual todavía hoy puede ser pensada, sentida y vivida de manera conflictiva en aquellos países con un porcentaje significativo de población indígena o en algunas de las propias comunidades autonómicas en la propia España.
No obstante, quiero pensar como lo pensó el poeta Pablo Neruda cuando escribió en sus memorias:
«Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció… Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… ¡Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos!… Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras».
Y siempre que vuelvo a encontrarme con estas palabras de ese grande de América que es Pablo Neruda, me maravillan y me conmueven profundamente, porque describen mi propio asombro ante el poder del lenguaje, ante el poder y el hechizo de las palabras. Y me hacen pensar ellas en que una de las muchas tareas para una educación renovadora y profundamente humana y humanista es propiciar el permanente y renovador encuentro con ese inabarcable mundo de afectos y sentimientos que la poesía despierta; porque ella, la poesía, nos hace ver el mundo con ojos distintos y nos permite intentar transformarlo. Quizás las palabras de las que se hace la poesía no sirvan para cambiar totalmente el mundo, pero sí para al menos curar las heridas con que la vida diaria nos lastima.
También debemos pensar que las lenguas pueden tener –de hecho en algunos lugares lo tienen– una posición subordinada, caracterizada por procesos de rebeldía y resistencia a los que no pocas lenguas originarias son ajenas; piénsese, por ejemplo, en la propia posición del español hablado en Estados Unidos de Norteamérica o en algunas lenguas originarias, autóctonas en países plurilingües como Brasil o Bolivia o Perú o en la propia Argentina o en el propio Chile. Así, el español hablado en Estados Unidos crece como lengua de inmigrantes y en esas tierras supera los peligros de la fragmentación y hoy, no pocos le auguran un papel crucial en el futuro por el gran poder económico, político y cultural de la nación en la que se asienta y por el gran número de hablantes con que cada vez más cuenta.
Asimismo, el español es una lengua fronteriza con el portugués en la América del Sur y con el inglés en la América del Norte. En Europa, sus fronteras son dinámicas y complejas, por cuanto se combinan y se sobreponen fronteras lingüísticas internas y externas; por ejemplo, entre el español y el gallego, el vascuence y el catalán hacia el interior de España; y con el francés y el portugués en lo externo de la propia península.
A todo esto habría que sumar los procesos de unidad regional de fuerte carácter económico y político como el Mercosur o el Alba, que abren perspectivas de integración cultural y lingüística insospechables.
Por todo ello, más allá de estos razonamientos, tendremos que coincidir en que el territorio hispánico está conformado por un gran vecindario lingüístico en el que conviven los distintos miembros de la gran familia del español –con sus particulares modalidades, usos y costumbres–, diversas lenguas de la gran familia indoeuropea y vecinos de comunidades lingüísticas muy antiguas, unas originarias del lugar, otras, llegadas de fuera; y que entre ellas se ha establecido una relación ya centenaria, marcada por la complicidad y cercanía en muchos casos y por recelos y viejos rencores, en otros, tal y cual nos lo expresa el Dr. Valdés Bernal, académico, lingüista e investigador cubano, en su magnífico libro “La hispanización de América y la americanización de la lengua española”, publicado por la Editorial de la Universidad de La Habana en el año 2013.
Siguiendo los razonamientos de este prestigioso intelectual nuestro subrayamos la idea de que “en el largo proceso de contacto entre las diversas culturas se produjeron hibridaciones y misturas que se nos deben revelar como esenciales, porque la América nuestra no puede entenderse sin la enorme influencia que lo hispano ejerció sobre ella desde el siglo XVI, como tampoco podremos tener una cabal comprensión y consideración del español que hablamos sin tener en cuenta lo que América le ha aportado a la lengua española”.[3]
La mezcla de lenguas y de culturas dejó su imborrable huella en la conformación de las modalidades americanas del español. Así, por ejemplo, vale recordar que las lenguas aruacas de las Antillas y las Bahamas constituyeron la primera y más importante fuente de información sobre la naturaleza y cultura americanas y como ejemplo de ello encontramos una serie de vocablos que han enriquecido el español hablado en las Antillas así como el del resto de América y de ambos lados del Atlántico: fitónimos como ácana, guácima, guayaba, mamey; zoónimos como biajaca, caimán, dajao, guacamayo; voces relacionadas con la cultura material como barbacoa, bohío, caney, canoa, canuco; de la cultura espiritual como areíto, behique, cacique, cemí, jigüe; o sobre el entorno como cayo, huracán, manigua, sabana, seboruco; así como numerosos nombres de lugares como Cuba, Camagüey, Borinquen, Haití. Algunos de estos vocablos han pasado a otras lenguas europeas, precisamente, a través del español.
Si el aruaco insular fue la lengua que más aportó al enriquecimiento del español americano y del español a ambos lados del Atlántico, asimismo fue la lengua que propició el primer proceso de diferenciación regional, pues los aruaquismos insulares fueron más comunes y numerosos en el habla de cubanos, dominicanos y puertorriqueños que en la de los otros países hispanohablantes de América.
Este enriquecimiento lo podemos observar hoy, pues de cada lengua hay palabras que enriquecen el fondo léxico del español. Así es perfectamente detectable en las hablas de nuestros países términos del guaraní como ananás, jaguar, mandioca, tapioca o tapir; del náhuatl, como aguacate, atol, chicle, hule, jícara, nopal, tomate; del maya, como canistel, cenote o chibacal; del quechua, como cancha, carpa, chirimoya, guanaco, guano, llama, pampa, puma…, lo cual es evidencia de que el español llevó por todas partes lo que había aprendido en América; por tanto, es posible decir sin temor a equivocarnos que los hispanoamericanos hablamos una misma lengua, la española, la que en su contacto con las lenguas amerindias, se enriqueció, en tanto también es razonable decir que el español regional, además de haber contribuido a este enriquecimiento, recibió el influjo de otras lenguas amerindias como resultado de ese largo procesos de transculturación, de mestizaje biológico y cultural que imprimió su sello en el proceso de formación e nuestras muy diversas nacionalidades. Por tanto, existe también una diferenciación regional del español americano desde el cual pudiera precisarse que hay un predominio:
- del léxico aruaco en el español del Caribe insular;
- del léxico caribe en el norte de Venezuela y la parte oriental de Colombia;
- del léxico náhuatl en el español hablado en Centroamérica;
- del léxico quechua en el español hablado en la zona andina (sur de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y norte de Chile);
- del léxico guaraní en el español hablado en la Argentina, el Uruguay y el Paraguay;
- del léxico mapuche en el español de Chile y parte de la Argentina también.
Otras muchas lenguas han enriquecido el español que hoy hablamos: tenemos hebraísmos procedentes del latín eclesiástico, ya sean nombres comunes como amén, aleluya, maná, querubín, rabino, sábado; ya sean nombres propios como Emmanuel, Samuel, Sara o Ruth; o expresiones ya lexicalizada como chivo expiatorio o mantenerse en sus trece.
De la lengua árabe provienen términos como albaricoque, alcalde, alcohol, aldea, algodón, aljibe, alpargata, arroz, azotea, zaguán; y nombres de personas como Zulema, Yaíma y Zoraya; o nombres de lugares tales como Alhambra, Gibraltar, La Mancha o Medina.
El legado americano traído del África subsahariana se debe a un largo y doloroso proceso de mestizaje e hibridaciones, biológico y cultural, asociado a la esclavitud y a los procesos de transculturación, para usar un término tan caro a nuestro don Fernando Ortiz, y de él nos llegaron vocablos como banana, bemba, bongó, cachimba, candombé o candomblé, chimpancé, conga, cumbia, dengue, macaco, macumba, mambí, mambo, marimba, milonga, mucama, ñame, quimbombó, samba, tango, tanga, vodú y zombi. Otros muchos términos de este mismo origen tienen vigencia plena solo en determinados países en los que la presencia de negros africanos y sus descendientes tuvo y tiene una mayor presencia e importancia. Así, el uso de vocablos como fufú, funche, ñinga y ñángara, obedece a esta razón anteriormente apuntada. Y por igual razonamiento, algunos términos específicos como abakuá, asere, bembé, bitongo, ecobio y monina, por ejemplo, se usan mucho más en unos determinados países que en otros.
Por influencia de los cultos africanos traídos hasta la América algunas palabras hispanas aumentaron su campo semántico al dar origen a nuevas acepciones, así ha sucedido con vocablos tales como limpieza o fulo; o se crearon expresiones muy particulares como se le subió el santo o le bajó el santo, tirar los caracoles, echarle bilongo a alguien, tan comunes hoy en el habla de muchos cubanos, por ejemplo; incluso, algunos refranes y expresiones de origen subsahariano pasaron al refranero popular traducido al español como es el caso de chivo que rompe tambor, con su pellejo paga.
El flujo migratorio andaluz-canario y los nexos comerciales y de todo tipo con la España meridional fueron las vías por las que arribaron a la América numerosos gitanismos presentes hoy en el habla de muchas de nuestras naciones, a modo de ejemplo baste citar términos como andoba, chaval, cúmbila, jamar, jarana, jiña, jiñar, jiribilla, menda, pira, prajo y sandunga, entre otros.
Los germanismos más numerosos en el español general o panhispánico (peninsular y americano) son los históricos; y términos provenientes de esta región y de su lengua son usados hasta hoy, baste recordar el origen de vocablos tales como falda, ganso, jabón o sopa; y también ataviar, brote, guarecer, robar, ropa, búnker, cartel, kindergarten, leitmotiv, nazi y zarina, por ejemplo.
Muchos galicismos entraron a formar parte del vocabulario español. Chofer, burocracia, garaje, contralor, menú, son algunos de los términos que ya forman parte del vocabulario común y corriente del ser hispanoamericano. Algunos galicismos léxicos son más usuales en el habla de los hispanohablantes americanos tal y cual ocurre con vocablos como afiche por cartel, ancestro por antepasado, debacle por desastre, fuete por látigo, influenciar por influir, rol por papel, lo cual pudiera señalarnos ciertas preferencias en la elección de determinados términos.
Los italianismos también han enriquecido nuestra lengua y muchos de ellos datan del siglo XIV. Palabras de este origen son: consorcio, cañón y clarín. Los hay provenientes de una variada gama de aspectos relacionados con la vida cultural como es el caso de términos tales como cantata, diletante, folleto y ópera; vinculados a la vida religiosa y eclesiástica como monseñor y logia; asociados al ámbito militar como alerta, asalto, atacar, embestir, escaramuza; provenientes del contexto marítimo tales como fragata, mandarria o mesana; del ámbito comercial e industrial como artesano, bancarrota o mercancía; o del campo social como canalla, carnaval, charlar y charlatán; mientras que cortejar, cortejo, filigrana, lasaña y salchicha, son términos propios de la vida privada y gastronómica.
El español que hoy hablamos es pues el resultado de una larga historia de encuentros y desencuentros, de opresiones, libertades y resistencias, que es necesario comprender para poder, desde su propia historia, abrazarlo y defenderlo.
SEGUNDA IDEA. “Situación actual: iguales y diferentes, en pos del mantenimiento de la unidad”
Si bien la conquista y colonización de América determinó por muchos años que la norma española peninsular resultara favorecida frente a las normas criollas que iniciaban su andar como colonias en varios puntos del Nuevo Continente, también es imperioso reconocer que con la independencia de muchos de los países americanos surgen intelectuales que como don Andrés Bello abogaron por la sabia unidad de la lengua española en nuestros territorios. Luego, con la creación de las academias correspondientes en América se inicia una labor favorable al encuentro lingüístico entre la antigua metrópolis y las antiguas colonias de ultramar; y en los últimos años, la Real Academia Española y las veintiuna Academias de la Lengua Española, vienen desarrollando una política lingüística que implica la colaboración y complementación entre todas ellas, en pie de la igualdad y de un ejercicio responsable de cuidado y conservación de la lengua que todos hablamos como patrimonio común, todo lo cual se ha concretado en la publicación de un conjunto de obras académicas que son expresión del interés común por mantener y fortalecer la unidad del idioma español sin menoscabo, por supuesto, de su rica variedad; entre esas obras están, como sabemos todos, el Diccionario de la RAE, el Diccionario Panhispánico de Dudas, la Nueva Gramática y la nueva Ortografía.
La unidad de la lengua española en el mundo hispano se presenta a la vez como instrumento de cohesión que posibilita la convivencia armónica entre los países que constituyen hoy la comunidad hispanohablante y que permite concebir a este conjunto como una entidad viva y dinámica en el concierto de las naciones del mundo.
Es muy importante ver cómo la lengua sirve de encuentro y no solo como vehículo de comunicación. Su valor más mucho más allá del valor instrumental en tanto, además, se concibe de manera policéntrica, cuya norma no tiene un único eje puesto que se realiza en disímiles variantes plenamente legítima cada una de ellas; de ahí que hoy se considere que los usos correctos no radican en un único lugar concreto y porque tampoco se conciben unos usos mejores o peores que otros, con lo cual estamos llamando a luchar contra el sentimiento de inferioridad que antaño pudo haber lastrado la percepción que unos hablantes tuvieron respecto a otros; de ahí entonces a que debamos estar plenamente conscientes, y en esto la escuela y los sistemas educativos desempeñan un papel clave, primordial, de que hablamos en América una variante (la cubana o la mexicana o la colombiana o la argentina) que es tan legítima y válida como cualquier otra incluyendo la peninsular. Esta idea comprendida hoy, ignorada ayer, provoca que los hablantes de cualquiera de nuestras naciones nos sintamos mucho más cómodos, sin sentimiento de inferioridad y que podamos asumir a plenitud y con total orgullo la peculiar manera de hablar que nos distingue.
Desde otra arista del asunto, tampoco podemos perder de vista que en América Latina el inglés ocupa el lugar de lengua hipercentral externa, mientras que el español y el portugués, por el número de hablantes y por su difusión multinacional, constituyen lenguas supercentrales frente al guaraní que sería una lengua vehicular en Paraguay y con extensiones hacia la Argentina, Bolivia y Brasil, por ejemplo, o frente al quechua y el aimara en la zona andina o el maya en la mesoamericana; en tanto también debemos saber que se conservan otras lenguas indígenas y de inmigrantes como lenguas locales, todo lo cual complejiza el panorama lingüístico en nuestro ámbito.
Desde estos razonamientos, les corresponde al español y al portugués cumplir una función de barrera o de dique de contención contra la hegemonía internacional y el carácter imperialista del inglés, lengua que se ha convertido en hegemónica global, dada la posición dominante que hoy ocupa al impactar a su favor campos tan diversos como el educativo, por el gran número de personas que la estudian, en particular, como segunda lengua; el tecnológico, específicamente en el ámbito de las tecnologías digitales; el de las relaciones internacionales; el del comercio y el transporte internacional y finalmente, en el de la divulgación científica.
No obstante, habría que tener cuidado, a fin de que la expansión del español y del portugués no se convierta en un peligro para muchas de las lenguas originarias en nuestro propio continente americano. De ahí, que la tercera idea básica que sostenemos sea la siguiente:
TERCERA IDEA. “Las posiciones cubanas desde los programas de alfabetización y de la Educación de Jóvenes y Adultos”
Cuba es un país monolingüe. Su lengua oficial es el español, el que se concreta en la variante cubana del español que es la hablada por la población nuestra. En el campo de la colaboración internacional, sobre todo en nuestra área, Cuba participa colaborando en procesos de alfabetización en diferentes países entre los que es imperioso mencionar Bolivia, Nicaragua, Venezuela, Guatemala, México, El Salvador, Argentina y Haití; y en este contexto americano no solo ha enfrentado procesos de alfabetización en lengua española sino que también lo ha hecho en guaraní, aymara y quechua, por ejemplo; pues estamos convencidos de la importancia que tienen las lenguas autóctonas para cada uno de nuestros pueblos, por lo que consideramos tan necesaria la alfabetización en lengua española como en las lenguas propias, para naciones que son cada vez más multiculturales y plurilingües.
Abrazamos así aquellas palabras del eminente escritor uruguayo, Eduardo Galeano, quien expresara:
«Dicen que tiene siete lenguas la boca del dragón. Yo no sé. Pero me consta que muchas más lenguas tiene la boca del mundo, y el fuego de sus lenguas nos abriga. Será siempre poco cuanto se haga para defenderlas del desprecio y del exterminio…»[4]
Desde estas perspectivas, en nuestros libros de textos podemos encontrar textos como este, escrito para nuestros niños por la insigne profesora universitaria, escritora y crítica de literatura y arte Mirta Aguirre:
Agua, agüe, agüi, agua.
Guaguí de Guanabacoa,
aguacate de Managua,
guanábana de Jagüey,
Guanahacabibes y Jagua.
Guarina, Turiguanó,
guápara, guagüero, yagua,
Guane, Güines, güiro, guayo,
guataca, Manicaragua,
guao, guajiro, guateque,
guaguancó, Cumanayagua,
guano, Guamá, Pijirigua:
bibijagua.[5]
O este otro, escrito hacia el año 1940 del pasado siglo XX por quien fuera maestro de escuela rural, poeta de renombre, viceministro de Educación y quien dirigiera la Campaña de Alfabetización en Cuba; texto creado para apoyar las clases que impartía y que se vincula directamente con la enseñanza y el aprendizaje de contenidos ortográficos:
“Para aprender el acento”
¿Una aguda quiere usted?
Aquí la tiene: pared.
¿Quiere una llana?
¡Ventana!
¿Una esdrújula?
Pues… brújula.
¡Pared, brújula, ventana!…
qué fácil es la lección;
y qué alegre el corazón
cuando la sepa mañana.
Por todo lo expuesto hasta aquí consideramos que la posición asumida desde el Ministerio de Educación de la República de Cuba en cuanto a los procesos de alfabetización en los que ha participado se han caracterizado por:
1ro. La defensa irrestricta de todas las lenguas, lo cual nos ha llevado a promover unos procesos de alfabetización y de educación de jóvenes y adultos desde posiciones humanistas, multiculturales y plurilingües, con el objetivo de preservar las lenguas originarias, sobre todo, de aquellas que son minoritarias en el número de hablantes, por cuanto estamos convencidos d que la discriminación y el exterminio de las lenguas representa la pérdida irreparable de una cultura, de una cosmovisión del mundo, de un saber científico, ético y estético.
2do. La defensa, asimismo, de las grandes lenguas nacionales como el español, para contribuir a su uni9dad y progreso, porque estratégicamente actúa como dique de contención contra la hegemonía, por ejemplo, del inglés, puesto que nos enfrentamos a una vertiginosa mundialización de una lengua y una cultura hegemónicas: la de los Estados Unidos, que implica al mismo tiempo la globalización de una única cosmovisión y que atenta, indiscutiblemente, contra la identidad de nuestros pueblos: la de las repúblicas y las islas dolorosas de esta, nuestra América, como llamó José Martí al conjunto de naciones que van desde el Río Grande hasta el sur de la Patagonia. En tal sentido, el campo de las lenguas y de su estudio. Práctica y difusión, pudiera ilustrar cómo el paso agigantado de esta única lengua hacia una hegemonía global constituye una norteamericanización de nuestros pueblos, ya que las ideas, los productos y valores que con ella se imponen son en esencia los de una única nación de voraz imperialismo.
3ro. La necesidad de reforzar, mediante los procesos de alfabetización y de educación y formación de los seres humanos, el sentimiento de lealtad hacia la lengua materna (lealtad lingüística) como expresión de la lealtad a nuestra cultura, expresión acrisolada de nuestra identidad. Por tales motivos, sabemos que no habrá política lingüística exitosa sin el concurso, la comprensión y la defensa de todas las lenguas, constitutivas ellas mismas, de las múltiples realidades indígenas, migratorias e identitarias, que conforman la historia particular de cada uno de nuestros pueblos, de cada una de nuestras naciones, de cada uno de nuestros países. En tal sentido, somos respetuosos con los intereses de cada nación al participar, humilde y colaborativamente con ellos, en los procesos de alfabetización y de educación de niños, niñas, adolescentes, jóvenes y adultos en los que hemos estado inmersos.
Porque sabemos, citando una vez más a Eduardo Galeano, que «Ese hombre o mujer está embarazado de mucha gente. La gente se le sale por los poros. Así lo muestran, en figuras de barro, los indios de Nuevo México: el narrador, el que cuenta la memoria colectiva, está todo brotado de personitas.»[6]
Por último, es bueno saber que nuestros especialistas desde el Ministerio de Educación, desde las Cátedras de Educación de Adultos de nuestras universidades o desde el Instituto Pedagógico Latinoamericano y Caribeño (IPLAC), han ido sistematizando la experiencia adquirida y han participado en líneas de investigación que han tenido como fruto diversas tesis doctorales y de maestría desde las cuales se estudia, profundiza, investiga y sistematizan aristas diferentes de estos procesos.
CUARTA IDEA. «Desafíos y provocaciones: un debate por construir…»
Y para finalizar quiero esbozar algunas cuestiones que pudieran valorarse como desafíos y provocaciones a manera de abeja que pica nuestro intelecto y nuestro corazón para que, nuevamente agucemos el razonamiento. Entre esas ideas pudieran estar las siguientes:
1ro. La necesidad de garantizar niveles cada vez más altos de calidad en los procesos de alfabetización permanente; es decir, a lo largo de la vida, en lo que al aprendizaje de las lenguas se refiere, por cuanto es cada vez más necesario promover el amor, el respeto y el sentido de lealtad ante la lengua que hablamos, por ser ella patrimonio común de nuestros pueblos, vehículo no solo de expresión y comunicación de sentimientos e ideas, sino también porque es componente esencialísimo de nuestra identidad y cultura.
2do. El necesario paso de pociones monolingües a pluri- y multilingües, desde las cuales adquirimos una mayor conciencia de la necesidad del diálogo respetuoso entre todos los pueblos, porque sabemos que los grandes conflictos del siglo XXI en el que galopantemente ya vivimos son, en gran medida, de índole cultural e ideológica, y en ellos, la lengua es y será un factor clave.
3ro. La necesidad de una norma pluricéntrica, desde la cual logremos la unidad en la diversidad, sin olvidar que también podrían haber peligros desde las propias posiciones pluricéntricas si desde ellas se estimulan posiciones separatistas o sectarias que privilegien esta o aquella variedad idiomática.
4to. Apostar por aquellos dos ámbitos más notables desde los cuales reconocemos nuestros puntos de encuentros: la ortografía y la literatura, por cuanto sabido es que son muchos los modos de pronunciar el idioma, pero solo hay una manera de escribirlo con corrección: con ajuste y respeto a las normas consensuadas desde la Asociación de Academias de la Lengua Española; de ahí, el inconveniente de que alguien quiera inventarse una ortografía, por ejemplo, a la cubana o a la dominicana o a la extremeña o a la argentina; o que abuse de localismos a la hora de hablar o de escribir; por ello, tendremos que estar atentos a cómo nos expresamos todos, de manera que respetando las normas que hemos consensuado, evitemos la fragmentación que nos llevaría a la incomunicación y nos haría actuar como hermanos celosos. No podemos olvidar que la lengua es un canal de comunicación, que nos identifica, pero también va más allá de nuestro entorno local; por eso, para que sea útil al bien común es necesario mancomunadamente luchar por mantener su unidad.
No puedo concluir la exposición de estas ideas sin asumir un gesto de humilde reverencia, de generosidad infinita y de tributo merecido al recordar desde aquí, desde estas reflexiones mías, a una mujer que protagonizó estos procesos de alfabetización en Cuba y en no pocos países de este mundo; cubana de firme raíz, maestra, Heroína Nacional del Trabajo de la República de Cuba, Leonela Rellys, quien merece todo nuestro reconocimiento y elogio, por haber sido una mujer, una profesional, una cubana cuya vida estuvo marcada por la tenacidad y la fuerza de la convicción de que un mundo mejor es posible al calor de esos procesos en que hombres y mujeres curtidos por el sol y por el laboreo fecundo con la tierra aprenden a leer y a escribir, a sumar, restar y dividir, a conocer y dominar mejor el mundo en el que viven en la medida en que conscientemente aprenden a nombrarlo, a leerlo y a escribirlo.
[1] Eduardo Galeano: “Celebración de las bodas de la razón y el corazón”, en El libro de los abrazos. Editorial Siglo XXI. Buenos Aires. Argentina. 2010. P. 107.
[2] Sergio O. Valdés Bernal. Aporte al español actualmente hablado en Cuba. (Material mimeografiado).
[3] Sergio Valdés Bernal. La hispanización de América y la americanización de la lengua española. Editorial de la Universidad de La Habana. Facultad de Artes y Letras. La Habana. 2013.
[4] Eduardo Galeano para el I Congreso de laS lenguaS, en: LaS lenguaS. I Congreso. Por el reconocimiento de una Iberoamérica pluricultural y multilingüe, del 15 al 20 de noviembre de 2004. Editorial Último Recurso. Rosario. Argentina. Julio de 2007.
[5] Mirta Aguirre. Poesía. Colección Biblioteca de Literatura Cubana. Instituto Cubano del Libro. Editorial Letras Cubanas. La Habana. 2008. P. 232.
[6] Eduardo Galeano. La pasión de decir/2, en El libro de los abrazos. Siglo XXI Editores. Buenos Aires. Argentina. 2010. P. 6