El primer libro que mi madre y mi abuela paterna pusieron en mis manos de niño, como regalo, cuando al paso por la escuela primaria elemental aprendía a leer y a escribir, fue un hermoso ejemplar de cartoné con láminas a todo color de La Edad de Oro de José Martí. Desde ese preciso momento mi largo proceso formativo como ser humano y como profesional ha estado bajo el influjo de ese a quien hemos llamado el Apóstol de Cuba.
Me eduqué como martiano y todos los día me hago y me rehago, me invento y me reinvento bajo el benéfico influjo de ese hombre excepcional, de ese misterio que nos acompaña, de ese símbolo al que me aferro, de esa estrella que ilumina mi camino –y el de muchos otros– que ha sido, es y será nuestro José Martí. Y eso se lo debo a dos lugares especiales e irremplazables: mi hogar y mis escuelas; por eso, nunca me cansaré de agradecerles, con total humildad y plena sinceridad, a mi madre, a mis abuelos (mi abuela paterna y mi abuelo materno), y a todos y a cada uno de mis maestros, puesto que a ellos les debo el haberme mostrado a este hombre como un paradigma al que imitar, como un referente esencial al que asirme; y lo agradezco hoy más que nunca porque cuando muchos andan sin referentes por esta vida, mi Martí, nuestro Martí, es alguien al que volver la vista y mirar para imitar y para ser.
Y es que para mí ha sido símbolo, ejemplo, legado esencial al que aferrarme porque:
-como hombre, me ha mostrado leyéndolo y estudiándolo, la verticalidad de su proceder en la vida; la sinceridad, la honestidad y la honradez en el decir y en el hacer; por su gentileza en el trato y por su más profunda y exquisita delicadeza en el ser;
-como padre, porque leyendo y estudiando su Ismaelillo, ese pequeño y a su vez grande devocionario lírico y las cartas a María Mantilla he encontrado un arte de ser padre desde el cual nos preparamos para gozar y para sufrir a nuestros hijos, en tanto también nos muestran estos textos uno y mil caminos para poder guiarlos por los senderos de la virtud, del bien pensar y del bien hacer; para hacernos y rehacernos en ellos y a través de ellos;
-como patriota, por su enorme y puro amor a Cuba, a esta Isla de islas y a los cubanos, palabra que le supiera tan dulce y que guiara su total entrega a una causa justa: la independencia y emancipación de su tierra; porque él fundió su destino al de la Patria, razón por la cual supo decir que “amar a su patria es deponerse a toda hora ante ella”[1], porque “no hay más patria, cubanos, que aquella que se conquista con el propio esfuerzo”[2];
-como maestro, porque leyéndolo y estudiándolo he aprendido que la mejor manera de enseñar es cuando lo hacemos como contando, como sin querer, y cuando depositamos en cada enseñanza todo el amor y la apertura al otro; cuando lo hacemos desde una profunda vocación narrativa y nos damos sin pedir nada a cambio que no sea el verdadero crecimiento espiritual e intelectual de aquellos con quienes interactuamos; cuando enseñamos a saborear cada palabra, cada idea, cada sentimiento poniendo en ello todo el amor para que desde él y por él se engendre la maravilla.
Y es que pertenezco a una generación que se formó leyendo, en la mejor tradición humanista desde la cual leer es crecer, es recolectar y sembrar y hacer fructificar ideas. Pertenezco a una generación que se formó acariciando la noble idea, la gran esperanza que significaba la forja de un hombre nuevo en su más amplio y cabal sentido genérico de ser humano: puro, justo, honesto y sincero en el decir y en el hacer; y al llegar a este siglo veintiuno me asombro y me duelo de los abismos humanos que veo, de la mentira que galopa instaurándose como verdad; del odio y la violencia que pululan y anidan en esta o en aquella otra audiencia. Y entonces, vuelvo mis ojos hacia él y me sumerjo en sus escritos, leyéndolos, releyéndolos una y miles de veces para tratar de encontrar en ellos respuestas a mis dudas, certezas a mis incertidumbres, metas a mis afanes al saberme hoy tambaleante en mi singularidad y al descubrirme hecho un acróbata sobre la cuerda floja de esta, mi propia vida, pues casi al cumplir sesenta y cinco años y entrar en ese ya pendiente, como espada de Damocles, camino de la jubilación, uno hace un alto en el camino para reflexionar y para mirar y mirarse en ese andar por el mundo, a fin de poder encontrar en él y en su obra y en su obligada y necesaria lectura un asidero firme al que aferrarse porque al decir de él “la vida es inspiración, la vida es fraternidad, la vida es estímulo, la vida es virtud”[3]; y no lo dudo yo como no lo dudó él: “Solo las virtudes producen en los pueblos un bienestar constante y serio”.[4] Y porque, a fin de cuentas, tanto yo como este pueblo bueno mío necesitamos acariciar la esperanza como también urge, nos urge, volver a sentir la ilusión de que otro mundo mejor es posible y de, por esta vía paliar las tantas y tantas carencias que hoy nos acechan y amargan la existencia. Y para eso, su obra y su vida son también muy necesarias: para endulzar como la miel o el guarapo de la dulce caña este ya hace más de dos años de agónico y pandémico vivir.
[1] En: Carta a José Dolores “Poyo querido”. Tampa. Florida, enero 18 de 1894, en Obras Completas. Tomo 3. P. 42.
[2] En: “¡A Cuba!”. Patria. Edición 96. Nueva York, enero 27 de 1894, en Obras Completas. Tomo 3. P. 54.
[3] En: Fragmentos 136. S/F; en Obras Completas. Tomo 22. P. 82.
[4] En: “Lectura en la reunión de emigrados cubanos en Steck Hall”. Nueva York, enero 24 de 1880; en Obras Completas. Tomo 4. P. 189