- Un primer acercamiento necesario o dibujando una poética sobre el valor de la palabra
Dejadme decir unas cuantas palabras: pequeñas o grandes o agudas o esdrújulas palabras… Dejadme decirlas para requerir el hechizo de la palabra, para que ella venga a mí y a todos, cantarina y bella, y sea una especial forma de conocimiento que genere particulares visiones de nuestra realidad, en particular, de la enseñanza de la palabra poéticamente dicha en el ámbito en que ella se realiza: el de la literatura.
Así, podemos rememorar lo que un poeta americano, argentino por demás, Roberto Juarroz, (5 de octubre de 1925 / 31 de marzo de 1995), ha escrito en un texto titulado: «Toda palabra llama a otra palabra», en el que leemos:
Toda palabra llama a otra palabra.
Toda palabra es un imán verbal,
un polo de atracción variable
que inaugura siempre nuevas constelaciones.
Una palabra es todo el lenguaje,
pero es también la fundación
de todas las transgresiones del lenguaje (…) [1]
Y muy cierto es que toda palabra llama a otra palabra, que toda palabra es un imán; y lo es porque tampoco se equivocó Alejandra Pizarnik cuando afirma que «Por eso cada palabra dice lo que dice/ y además más y otra cosa». Y siguiendo este mismo camino en el que evocamos el valor nombrador y encantador de la palabra, podemos ir al encuentro del uruguayo Mario Benedetti, quien ha dicho en un memorable poema sobre la palabra:
LA PALABRA
La palabra pregunta y se contesta
tiene alas o se mete en los túneles
se desprende de la boca que habla
y se desliza en la oreja hasta el tímpano
la palabra es tan libre que da pánico
divulga los secretos sin aviso
e inventa la oración de los ateos
es el poder y no es el poder del alma
y el hueso de los himnos que hacen patria
la palabra es un callejón de suertes
y el registro de ausencias no queridas
puede sobrevivir al horizonte
y al que la armó cuando era pensamiento
puede ser como un perro o como un niño
y embadurnar de rojo la memoria
puede salir de caza en silencio
y regresar con el moral vacío
la palabra es correo del amor
pero también es arrabal del odio
golpea en las ventanas si diluvia
y el corazón le abre los postigos
y ya que la palabra besa y muerde
mejor la devolvemos al futuro.[2]
Y si del ritmo como esencia misma de la poesía se trata, como si ese ritmo fuera su única y verdadera realidad, intentando con ello decir que la poesía no es más que emoción convertida en ritmo, experiencia emotiva e intelectual trascendida a belleza por el poder articulatorio de la palabra, entonces viene a nuestra mente la palabra del cubano Emilio Ballagas, cuando en «Palabra virgen» nos dice:
Buscabas tu palabra y no la hallabas.
Andaba en ti, por tu interior volaba,
buscándote, buscándose, empeñada:
ciega, sin encontrarse ni encontrarte.
Te parecía mariposa
o pájaro,
en el rápido vuelo.
Tornasolada
la veías
primero de un color, luego de otro.
Nublada de rumores, cerca, lejos.
Zumbándote al oído
y tocando tu oreja con las alas.
(Rizando el aire de mil iris suaves).
Fascinada te iba fascinando
en juego de reflejos y burbujas.
(…) (…) (…) (…)
Y bajó por el lápiz a posarse
en la cuartilla que tenías delante:
viva aún y azorada…
mansa al fin
en reposo granítico de estatua;
libre ya de rumores, con sondo9 preciso
y nítido
nimbado de silencios…
con los colores múltiples
fundidos en color definitivo.[3]
Y es este también el momento para recuperar lo que escribió en sus memorias el poeta de Chile, de América y del mundo: Pablo Neruda, cuando dijo:
«Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció… Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… ¡Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos!… Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras».[4]
Y siempre que vuelvo a encontrarme con estas palabras de ese grande de América que es Pablo Neruda, me maravillan y me conmueven profundamente, porque describen mi propio asombro ante el poder del lenguaje, ante el poder y el hechizo de las palabras. Y me hacen pensar ellas en que una de las muchas tareas para una educación renovadora y profundamente humana y humanista es propiciar el permanente y renovador encuentro con ese inabarcable mundo de afectos y sentimientos, de ideas y de razonamientos que la poesía despierta cuando como abeja de oro o de plata pica nuestro intelecto y nuestro corazón; porque ella, la poesía, nos hace ver el mundo con ojos distintos y nos permite intentar transformarlo. Quizás las palabras de las que se hace la poesía no sirvan para cambiar totalmente el mundo, pero sí para al menos curar las heridas con que la vida diaria nos lastima, sobre todo hoy, cuando a más de dos años, la pandemia provocada por el nuevo coronavirus, nos ha hecho ser otros sin dejar de ser nosotros mismos.
El grandísimo reto que tenemos todos los que hoy nos dedicamos a la enseñanza de la lengua y la literatura, y particularmente, a la enseñanza de esta última, es volver a encantar a niños, adolescentes y jóvenes con el poder evocador de la palabra; y desde ahí, haciendo que ellos vivan, sientan, sufran o disfruten y agradezcan las palabras y particularmente las contenidas en la literatura estética, asuman su valor formativo, para lo cual será necesario establecer una peculiar relación con ella (con la palabra poética, con la literatura); será necesario que por la vía de la lectura, comprensión y análisis de sus textos, los sujetos puedan apropiársela, y logren tener por su modo de relacionarse con ella una experiencia vital capaz de transformarlos en lo que son; y para esto tendremos que devolverle el poder encantador a las palabras, el poder seductor a las historias, el poder hechizador al maestro que las asume y explica. Quizás las palabras de orden no sean otras que estas: enamorar, enamorar y enamorar. Seducir, seducir y seducir. Encantar, encantar y encantar mediante el poder evocador y el ritmo de la palabra y de las historias que contamos o narramos con en ellas.
- Una mirada escudriñadora sobre la dinámica concepción de la literatura y sobre el valor formativo de la educación literaria de niños, adolescentes y jóvenes
Desde otra perspectiva, será necesario estar totalmente consciente de que el propio objeto de enseñanza y aprendizaje al que nos referimos: la propia literatura, tiene una dimensión dual: es a la par hecho estético y artístico, en tanto es también y sobre todo hecho lingüístico y comunicativo; es creación y recepción; es escritura y lectura; en ella se contiene el yo y se prefigura al otro; es siempre camino abierto al diálogo. Es el lugar en el que las palabras adquieren su valor estético, en el que alcanzan los más altos valores expresivos y en el que las palabras significan lo que significan y dicen y sugieren mucho más y más.
Hoy, el supremo objetivo desde cualquier punto de vista que se le mire, y en particular desde el formativo o educativo, es el de formar lectores sensibles, inteligentes y críticos, y en tal sentido, tal vez tengamos que replantearnos nuevamente esta formación, pues el lector actual es un lector híbrido, en permanente tránsito, situado entre fronteras: las del texto en soporte clásico y las del texto digital; las de una y mil páginas y las de una y miles de pantallas. Y porque ante tanta lectura fragmentada en las disímiles pantallas observamos la proliferación de un lector perezoso y una disminución no de la lectura en general sino de la literaria en particular; y en no pocos casos una pérdida del verdadero lector, porque el que lee de prisa en verdad no lee.
Para lograr esa función formativa, educativa, de profunda raíz humanista, tendremos que adoptar, inevitablemente, un enfoque desde el cual se articulen o vertebren las posiciones teóricas y didácticas desde las cuales se actúa a fin de lograr una enseñanza más integradora, interdisciplinaria, plural e interesante, que vertebre en su seno las concepciones diversas sobre la literatura y se aleje del exclusivo monopolio lingüístico de su abordaje.
Decía un poeta en un memorable y brevísimo poema que «La rosa no es rosa hasta que la mirada no la entinta»; y apostar por el valor formativo de la literatura como maestra de la vida es aprender, leyéndola o escribiéndola, a entintar con muy diversos colores y matices la mirada, para poder llegar al discrimen estético, y sobre todo moral, el que sería, en última instancia y en cualquier época y tiempo, su más preciado y verdadero logro.
Así, provocar una experiencia realmente formativa de la literatura es hacer que en contacto con esta comprendamos que en no pocas ocasiones ella es índice, es decir, señal o indicio de que algo ocurre -y nos ocurre- como persona o como colectividad; y entonces se erige en llamado de atención sobre determinados hechos y realidades que marcan para bien o para mal nuestro existir, nuestro vivir humano, tal y cual nos lo hacen ver, por ejemplo, aquellos versos del memorable poema de don Francisco de Quevedo cuando decía:
«Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.
Salíme al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.
Entré en mi casa; vi que, amancillada,
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte;
vencida de la edad sentí mi espada.
Y no hallé cosa en que poner los ojos,
que no fuese recuerdo de la muerte.»[5]
Porque son esos versos un indicio indiscutible de la decadencia física y moral y, particularmente, del derrumbe de aquella España imperial, otrora fuerte y dueña de casi medio mundo; así como son síntoma del desengaño que siente el sujeto lírico ante tal situación en la que vive a nivel individual y colectivo; en tal sentido el mensaje de este texto puede ser actualizado dada la crisis que se vive hoy en no pocos países de este mundo y las diferentes posturas que se pueden adoptar ante realidades como las que se sugieren en el poema; de ahí, la plena vigencia que este mantiene. Y provocar razonamientos de esta naturaleza refuerza el valor formativo de la lectura literatura en cualquier época.
Pero además de señal, la literatura es también síntoma, cuando sabe ser fiel reflejo y dar plena fe de aquello que pasa y que caracteriza una época, un momento, un tiempo concreto de vida, ya en lo individual ya en lo colectivo.
Síntoma, por ejemplo, del agónico problema económico que desde hace años vivimos los cubanos son estos versos de un poeta pinareño actual, y que resultan verdaderamente sintomáticos desde su propio título, el que debe leerse incluso, como si fuera el primer verso desde el que se borran las fronteras entre el lenguaje poético, sumamente estilizado, y el lenguaje cotidiano, señal inequívoca de profundas realidades. Reparemos en ello:
¡Coño!
No soporto esa mirada,
ni el guiño involuntario de tus ojos
cuando revisas el sobre estrangulado
del mísero salario de profesor
que traigo cada mes a nuestra casa.[6]
Y como síntoma y signo o índice también podemos leer la picaresca española, porque con el pícaro como personaje literario se anticipa una realidad social inobjetable: su existencia real como individuo y tipo social que vivía de la mentira y el engaño; y que por tener asegurado un mísero plato de comida era capaz de caer en el abismo moral más profundo y bajo, recordemos en tal sentido al Lazarillo de Tormes y a los jineteros que pulularon zonas de marginalidad en el llamado entre los cubanos Período Especial.
Otras veces -y no pocas que conste- la literatura es expresión de transgresión y rebeldía; y en tal sentido, eficaz instrumento de cabal cuestionamiento ante cualquier categoría preestablecida. Así lo siento yo cuando tropiezo con textos como este, de un poeta y traductor matancero, en el que sin tapujo alguno el discurso se torna transgresor y profundamente emancipador a la vez. Comprobemos esto que sostenemos al leer detenidamente este poema:
Por qué no puedo ser mujer
y por qué no puedo ser hombre.
Por qué no puedo ser negro
y por qué no puedo ser blanco.
Por qué no puedo ser homosexual
y por qué no puedo ser heterosexual.
Por qué no quieres que sea
y por qué quieres que no sea
indígena, europeo, santiaguero, habanero,
cubano, español, vasco,
mexicano, árabe, estadounidense,
chino, japonés, ucraniano, ruso,
sudafricano, argentino, británico.
Por qué no puedo irme
y por qué no puedo quedarme.
Por qué no puedo ser troyano
y por qué no puedo ser griego.
Ni huno ni visigodo
y mucho menos romano,
polaco, alemán, etíope, italiano,
somalí, haitiano, francés,
palestino, judío.
Por qué no quieres que sea
y por qué quieres que no sea.
Por qué no puedo ser religioso
y por qué no puedo ser ateo,
pobre, rico, comunista,
Por qué tendría que serlo.
Friqui, miqui, artista, funcionario,
barrendero, médico, poeta, maletero,
salsero, trovador, científico, taxista,
escritor, editor, traductor.
Por qué no puedo ser subordinado
y por qué no puedo ser jefe.
Por qué no puedo ser alumno
y por qué no puedo ser maestro.
Por qué… Por qué…
Porque lo único que no quiero ser
es la voz que eres, cuando preguntas sin preguntar,
la voz que silencia a la voz que canta.[7]
Así, cuando la literatura es grito irresoluto de resistencia y rebeldía, junto al de ternura y gentileza, viene a recordarnos aquello que con tanta sensibilidad e inteligencia sostuvo nuestro Apóstol de la Independencia, nuestro José Martí, cuando decía que «de la mucha fuerza se ha de descansar en la ternura»; y que de estas imbricaciones y alternancias se debe tejer el alma humana y de los pueblos, pues lo viril existe porque existe y es necesario lo femenino; de manera que urge el equilibrio entre lo uno y lo otro para no caer en la hipertrofia que aniquila y mata; con lo cual se refuerza la contribución de la literatura y de la lectura literaria a la formación humanista e integral de la personalidad y sobre todo hoy cuando priman los excesos, en el sostenimiento del necesario equilibrio.
Desde esta perspectiva profundamente formativa y como necesario complemento para el mantenimiento del equilibrio, sobre todo moral, podemos leer estos versos de ese uruguayo universal que es Mario Benedetti cuando nos dijo:
¿Y si Dios fuera mujer?,
pregunta Juan sin inmutarse;
vaya, vaya, si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.
Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para buscar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.
(…) (…) (…) (…)
Ay, Dios mío, Dios mío,
si hasta siempre y desde siempre
fueras mujer,
qué lindo escándalo sería.
Qué venturosa, espléndida, imposible,
Prodigiosa blasfemia.[8]
Si Dios fuera mujer, de seguro, otro sería este mundo, es una plausible hipótesis a la que arribamos después de leer e interiorizar lo que se comunica en el poema. Y ciertamente, quizás obnubilados por los destellos de las armas y por el poder que ellas otorgan a quienes las tienen; quizás empoderados en la fuerza más brutal que doblega y tuerce el destino de muchos a favor de unos pocos, se necesita una cuota de femineidad desde la cual se afiance la ternura, tan necesaria para el mantenimiento justo de la vida.
En contraste, en contrapunto con el poema de Mario Benedetti, leamos también como signo y síntoma este otro, de la poeta nicaragüense Gioconda Belli, titulado: «Y Dios me hizo mujer:
«Y Dios me hizo mujer,
de pelo largo,
ojos,
nariz y boca de mujer.
Con curvas
y pliegues
y suaves hondonadas
y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos.
Tejió delicadamente mis nervios
y balanceó con cuidado
el número de mis hormonas.
Compuso mi sangre
y me inyectó con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo;
nacieron así las ideas,
los sueños,
el instinto.
Todo lo que creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo.»[9]
Pensar en el valor formativo de la literatura es reforzar la idea de que esta es una herramienta infalible para definirnos en lo que somos, y para aprender desde ella y a través de ella, a reconocernos y a amarnos. Cuando así ocurre nacen versos como estos:
«Mi tierra nació de una crisis térmica.
El mar no pudo contenerla en su seno
y brotó alegre llena de un trópico absurdo
que no cesa de vibrar.
Mi tierra vino escandalosa en miel
al borde de morenas cinturas,
con una noche de tambores en ristre
para marcar sus costas en el azul mar del infinito,
donde brilla despacio el reflejo de la luna,
donde se acrisolan sueños
de ser lo que no alcanza.
Mi tierra está en su poesía
canto abacuá que Dios bendijo
tras la tolerancia del olimpo más antiguo.
Mi tierra nació en el nuevo mundo
y trueca su historia por un cuento.»[10]
De la mano de la lectura de versos como esos se va forjando el amor patrio, a la tierra que nos vio nacer; y así, entre escritura y lectura los poetas van tejiendo el alma de la patria con sus cantos e himnos sublimados.
Pero también y sobre todo, la literatura y la poesía en particular son el reino de la subjetividad, son instrumentos de indagación, de profunda introspección, que nos permiten ver el alma de las personas y de los pueblos. Algo así ocurre cuando leemos poemas como estos dos que ahora compartiremos. Uno, del poeta colombiano Porfirio Barba Jacob; texto que fue escrito precisamente en La Habana, y que nos permite descubrir los diferentes estados emocionales y vivenciales por los que puede transitar un ser humano.
«Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar.
Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonría.
La vida es clara, undívaga y abierta como un mar.
Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
como en abril el campo, que tiembla de pasión:
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
el alma está brotando florestas de ilusión.
Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos…
-¡niñez en el crepúsculo!, ¡laguna de zafir!-
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
y hasta las propias penas nos hacen sonreír.
Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
como la entraña obscura de obscuro pedernal:
la noche nos sorprende con sus profusas lámparas,
en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.
Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer:
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.
Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto en el pinar.
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.
Mas hay también ¡oh Tierra! Un día… un día…
en que levamos anclas para jamás volver…
Un día en que discurren vientos ineluctables.
¡Un día en que ya nadie nos puede retener!»[11]
El otro, es este poema de nuestra Carilda Oliver Labra, reflexión poética y profunda, de gran belleza, sobre la necesidad de encuentros que nos enriquezcan y sobre cómo estos pueden darse en la inevitable epifanía de un momento inesperado. Una lectura detenida y sabrosa del texto nos permitirá apreciar esto que venimos diciendo.
«A veces va una por la calle, triste,
pidiendo que el canario no se muera
y apenas se da cuenta de que existe
un semáforo, el pan, la primavera.
A veces va una por la calle, sola,
-ay, no queriendo averiguar si espera-
y el ruido de algún rostro que se inmola
nos pone a sollozar de otra manera.
A veces, por la calle, entretenida,
va una sin permiso de la vida,
con un hambre de todo casi fiera.
A veces, va una sí, desamparada,
como pudiendo enamorar la nada,
y el milagro aparece en una acera.»[12]
- Sintetizando algunos razonamientos posibles, necesarios e imprescindibles
Todo lo que he expuesto hasta aquí me lleva a esbozar de manera resumida los razonamientos siguientes:
- Pensar la literatura como formación es otorgarle un papel clave a los procesos de lectura literaria, de lectura estética, como actividad esencial para el desarrollo del gusto estético y de la imaginación, el uso del lenguaje y el desarrollo de la creatividad verbal, la mejora de las relaciones comprensivas con el mundo físico, natural, social y humano, la conformación de una cosmovisión y concepción del mundo y el desarrollo del pensamiento lógico, divergente y crítico.
- Pensar la literatura como formación es otorgarle un papel relevante a la lectura en general y sobre todo a la lectura literaria en particular; es volver a enseñar a leer literariamente a unas generaciones de niños, adolescentes y jóvenes que se han vuelto lectores perezosos de tanto tiempo de lectura zapping de pantalla en pantalla; es optar por la práctica sistemática a lo largo de toda la escolaridad de la lectura estética, es pensar la lectura como una peculiarísima actividad que mucho tiene que ver con la subjetividad de quienes escriben (autores) y de quienes leen, pues ambos son seres que se dan y se prolongan, se crean, se inventan y reinventan participando del acto lector y del escritural; es reforzar la idea de que al leer a otros nos leemos también a nosotros mismos en tanto leemos el mundo.
Pensar en este valor formativo de la mano del lector es pensarlo como ser profundamente hermenéutico, que interpreta y se interpreta y en esa autointerpretación se descubre y redescubre como voz –y entramado de voces– de profunda vocación narrativa, esa que conforma la urdimbre de nuestra vida y desde la cual construimos el sentido de quienes somos.
- Pensar la literatura como formación es concebirla como un espacio privilegiado para estimular el desarrollo de la imaginación, entendida esta como una facultad que media entre lo sensible y lo inteligible, entre lo objetivo y lo subjetivo, entre lo exterior y lo interior, y que desde el punto de vista lingüístico es resultado de una relación productiva entre el sujeto que escribe o que lee y la realidad textual y extratextual, ligada estrechamente a la capacidad productiva y creadora de mundos posible del propio lenguaje y de las obras literarias en cuestión.
La imaginalidad de la obra literaria se erige en el detonante fundamental para el surgimiento de muy disímiles valores emotivos de la obra y para provocar como respuesta muy disímiles sentimientos y emociones que dan como resultado evaluaciones apreciativas de aquello que leemos.
Hoy, cuando vivimos en medio de una cultura del ocio, ante el más desenfrenado consumo, del entretenimiento y el juego que termina idiotizando y haciendo que cada cual se olvide de sí mismo; hoy, cuando estamos a merced de las fake news, de la total hipocresía, a golpe de mentira para sobre ellas erigir el triunfo; hoy, cuando tanto se ha atentado contra la naturaleza y esta comienza a cobrarse con plagas, epidemias y hambrunas lo que contra ella se ha hecho; hoy, es más necesario que nunca el reforzamiento de la formación humanista de los seres humanos, el devolverle el papel central que la literatura tuvo en otros tiempos en el currículo escolar como materia esencial y necesaria para el cultivo del razonamiento, de los sentimientos y emociones que colorean el pensar y de los valores desde los cuales incardinamos nuestros más caros comportamientos; y en este camino necesitamos apostar por la formación de lectores sensibles, inteligentes y críticos que contribuyan a la conformación de un mundo mejor, más justo y equitativo; más respetuoso de la Naturaleza, de las diferencias de todo tipo, las que lejos de ser un obstáculo deben ser vista como riqueza y condición necesaria al humano vivir. Hoy más que nunca se necesita cultivar la comprensión y la empatía para desde ellas acariciar la alegría: esa que es condición imprescindible para el logro de la felicidad y de una vida saludable y virtuosa.
Y hoy más que nunca tendríamos que reencantar a nuestros alumnos para que aprendan a embarrarse las manos, la boca y el corazón con las palabras. Para que junto al poeta colombiano Guillermo Quijano aprendan, por pura convicción, que:
«Benditas sean las palabras que salen de mis labios.
Benditas ellas que deambulan por los poros de mi alma
y deciden tomar vuelo… como libélulas en ronda lujuriosa.
Benditas sean todas, las que cantan, las que liberan sus cuerdas subyugantes,
las que redimen en la cruz una protesta,
las que empinan sus ramas buscando nuevos soles,
las que miran febriles cenizas de guerra, las que son oración, proclama, testamento,
las que callan al injusto.
Benditas sean las palabras que salen de mis bolsillos húmedos,
como fuente serena, como río caudaloso o mar embravecido.
¡Benditas sean siempre… las palabras! »
Porque, a fin de cuentas, como dice el texto de la canción de Carlos Varela:
«Una palabra no dice nada
y al mismo tiempo lo esconde todo
como el viento que esconde el agua
como las flores que esconde el lodo.
Una mirada no dice nada
y al mismo tiempo lo dice todo
como la lluvia sobre tu cara
o el viejo mapa de algún tesoro.
Una verdad no dice nada
y al mismo tiempo lo esconde todo
como una hoguera que no se apaga
como una piedra que nace polvo.
Si un día me faltas no seré nada.
Y al mismo tiempo lo seré todo,
porque en tus ojos están mis alas
y está la orilla donde me ahogo.»
[1]https://www.buscapalabra.com/poema.html?titulo=toda%20palabra%20llama%20a%20otra%20palabra&iden=11467
[2] Tomado de: http://antoncastro.blogia.com/2009/060402-mario-benedetti-un-poema-sobre-la-palabra-.php
[3] Emilio Ballagas. “Palabra virgen”, en Canto de caracolas. Editorial Gente Nueva. La Habana, 2008. Pp. 53-54.
[4] https://www.revistaaltazor.cl/pablo-neruda-las-palabras/
[5]https://tirardelengua.wordpress.com/2011/12/14/mire-los-muros-de-la-patria-mia/
[6] Luis Figueroa Pagés. La vida y otros sueños. Colección El Laurel. Ediciones Loynaz. Pinar del Río. 2020. P. 71.
[7] Israel Domínguez. «Por qué no quiero», en Revista literaria y artística Matanzas. Primera Urbe Moderna de Cuba. Nro. 1. Año XVIII. Enero-abril. 2007. P. 7.
[8] Mario Benedetti. Tomado de: https://www.poemas-del-alma.com/si-dios-fuera-una-mujer.htm
[9] Gioconda Belli: https://www.poemas-del-alma.com/gioconda-belli-y-dios-me-hizo-mujer.htm
[10] Luis Figueroa Pagés. La vida y otros sueños. Colección El Laurel. Ediciones Loynaz. Pinar del Río. 2020. P. 46.
[11] Porfirio Barba Jacob. Cuadernillos de poesía. Panamericana Editorial Ltda. Colombia. 2001. Pp. 21-22.
[12] Carilda Oliver Labra. «Poema I. Los encuentros», en Antología de la poesía heroica y cósmica, de Carilda Oliver Labra. Frente de Afirmación Hispanista, A.C. México. 2002. P. 184.