El grito del lector irredento y emancipador ante la verdad castrada y secuestrada

RESUMEN

En la era de la posverdad, ante la verdad castrada y secuestrada, y sobre todo, la verdad sobre un país como Cuba, isla irredenta y libertaria, es hoy más necesario que nunca la forja de ciudadanos que sean lectores irredentos, emancipados y emancipadores; es decir, ciudadanos planetarios, sensibles, inteligentes y críticos.

PALABRAS CLAVE

Lectura, lectores críticos, ciudadanos

INTRODUCCIÓN

ANTE LA VERDAD SECUESTRADA Y CASTRADA; ANTE LA MENTIRA INSTAURADA COMO VERDAD: LA REINVENCIÓN DEL CIUDADANO LECTOR

«La verdad habla poco. Solo habla para abrirse paso»[1]

   Ante el caos informativo que hoy vivimos; ante tanta falsa noticia y ante tanta manipulación informativa; ante la verdad secuestrada y castrada intencionalmente por este o por aquel otro partido, por este o por aquella otra ideología, por este o por aquel otro detentador del poder; ante una época en la que la mentira se instaura  como verdad, solo nos queda un inevitable camino: formar, en su más amplio sentido, ciudadanos lectores que sean sensibles, inteligentes y críticos; que practiquen y asuman la lectura del mundo como acto de resistencia y de vida útil y virtuosa; que se conviertan en lectores emancipados y descolonialistas que sepan orientarse adecuadamente en el marasmo informativo que hoy pulula en este mundo nuestro a través de todos los canales tradicionales o convencionales, y por los que se han impuesto con el triunfo de las llamadas nuevas tecnologías, de manera que puedan formarse una opinión lo más veraz posible; y que además sepan actuar en consecuencia, libres de la tutela, el adoctrinamiento y la servidumbre ante quienes crean matrices de opinión para rebaños de audiencia sometidas, serviles, amorfas, acríticas. La verdad acorralada, vejada, ultrajada sin el más mínimo pudor; la mentira disfrazada de verdad es la que por no pocos medios en esta era de pantallas se vende y regala por doquier, y está a la caza del ciudadano lector perezoso, ingenuo, crédulo, manipulable, colonizado y como Tartufo, impostor.

   Instaurar la creencia y desterrar la legítima duda, o por el contrario, dudar de todo y ser un negacionista es la estrategia simbólica que hoy prima para llevar a este mundo nuestro por el camino de la alienación más aberrante, superadora de aquella kafkiana desde la cual Gregorio se convierte una buena mañana, al despertar, en un repugnante cucarachón.

   Por eso, necesitamos apostar por la conformación de ciudadanos lectores fuertes y firmes, que puedan defenderse de modo convincente y tenaz ante los embates de las fakes news; de manera que se resistan a creer, sin cuestionar en lo más mínimo, la veracidad de las noticias que leen, de la información que les llega por muy diversas vías.

   Y es que la lectura profunda, juiciosa, redentora, emancipante y emancipadora, favorece un permanente encuentro enriquecedor de los muy diversos ámbitos que constituyen nuestro diario vivir: el del saber, o sea, el del conocimiento de todo lo creado; y el del hombre, esto es, el del ser humano concreto que lee impregnado de su propia ideología y cultura, inmerso en un determinado contexto y arrastrando consigo no solo sus sueños, sus fracasos, sus triunfos, su historia particular, sino también las victorias y fracasos del pueblo al que pertenece; pero sobre todo, permeado por sus propias creencias: esas que a diario forja en contacto con cuanta información le llega por la lectura de los muy diversos discursos que circulan a su alrededor y que es harto difícil destruir cuando se instauran como verdad ciega, nacida del fanatismo y el dogma.

DESARROLLO

DE LOS MUCHOS ROSTROS DE LA LECTURA DADME EL DE UNA ACTIVIDAD EMANCIPATORIA Y DESCOLONIZADORA

«La lectura estimula, enciende, aviva, y es como soplo de aire fresco sobre la hoguera resguardada, que se lleva las cenizas y deja al aire el fuego»[2]

   La lectura, dicha y pensada así: como actividad cognoscitiva, sociocultural y humana tiene muchos rostros: el del creador de una y mil realidades a través del mundo de los signos, de las palabras y frases; el de la ubicuidad o el de las caras del dios Jano, que permite a un mismo tiempo vivir muy diversas vidas y asumir como propias una y mil palabras y frases, el de cerrarse o abrirse para mirar a un mismo tiempo hacia atrás, hacia el pasado y hacia adelante, al futuro; el de ser nido y refugio, cuando se torna  aliciente, y con ella y a través de ella permitirnos la evasión o, por el contrario el ser catalizadores de todo cuanto existe; el de la resiliencia y la salud, cuando actúa como fármaco que ayuda a aliviar nuestros dolores más profundos: los del alma, los del espíritu, para que bebiendo en ella nos sirva de bálsamo y consuelo; el de la resistencia y emancipación; y también, el de la rebeldía cuando por ella y a través de ella cambiamos la forma de mirar, el punto de vista que nos permite entablar la lucha por la justicia.

   En tiempos como estos que vivimos, de posverdad al decir de muchos; de realidades castradas para que no puedan germinar; de creación envilecida de públicos que leen de prisa, y que por eso no leen; que leen sin darse el derecho y la posibilidad de la duda, dadme a mí la posibilidad de ejercitarla, de contagiarla y enseñarla desde mi aula como acto de resistencia, como actividad emancipatoria y descolonizadora; porque de esa sí que podemos hablar los cubanos y Cuba, esta Isla de islas, isla irredenta que siempre ha apostado por la siembra de ideas opuesta a todo servilismo y que, desafiando calumnias y asumiendo verdades no complacientes, cada día lucha por salir adelante; esta Isla nuestra que soporta una y mil necesidades a consecuencia de un bloqueo espantoso y genocida desde el que se nos pretende no solo doblegar sino asfixiar; y que hoy es blanco permanente de una guerra cognitiva desde la cual se tuerce y retuerce, con maquiavélica constante acidez su verdadera realidad en las redes sociales. Se le acosa, Se le acorrala. Se le sanciona. Se le aísla y discrimina.

   La práctica de esta lectura y de los modos de leer como resistencia ante un agónico vivir, anclado en una tradición propiamente cubana y martiana, nos hace concebirla como actividad indispensable para construir el conocimiento (Leer es saber)[3]; como actividad desde la cual alimentamos nuestro espíritu y con él nuestro comportamiento (Leer nutre)[4]; como valor y riqueza en el más amplio sentido (Leer es una manera de crecer, de mejorar la fortuna, de mejorar el alma)[5]; y a fin de cuentas desde nuestro Martí y con nuestro Martí, afirmamos rotundamente en contraposición a la vacua concepción de goce y distracción envilecedora que «leer es trabajar»; porque en ese trabajo que es laboreo del sentimiento, del conocimiento y del comportamiento humano nos hacemos y desde él asumimos irremisiblemente la conformación desde nuestras aulas de ciudadanos que sean lectores sensibles, inteligentes, críticos y creativos.

   Y ese ha sido, es y será nuestro gran tema de investigación y docencia; es y será no solo el motivo de nuestros más caros desvelos como pedagogos sino que por sobre todo será nuestra brújula para la innovación; es y será nuestro horizonte, al que asirnos para alcanzar nuestra gran y final meta: la adopción de los múltiples rostros de la lectura, priorizando ética y estéticamente el de la phronesis, para que desde él como saber práctico, podamos ir al encuentro de ella como Eros (amor) y como Gaudio (alegría), y así construir puentes entre la mente de uno y miles de autores y de lectores, para crear mundos posibles: imaginarios, utópicos y subjetivos  desde los que nazca la verdad: la mía, la tuya, la nuestra. Y para que esa verdad crezca sin las manchas esparcidas por la vileza y la ignominia, el exceso de creencia en estereotipos de toda naturaleza o de la duda permanente y absoluta ante todo, desde las cuales se menoscaba el triunfo de la verdad y del respeto a la esencial condición humana.

   Por todo ello, es necesario crear, desde cada  escuela, instituto o universidad, espacios de verdaderos y fructíferos encuentros con la lectura del pensamiento propio y ajeno;  y con la forja del lector irredento y emancipado, porque son estos lugares el primer y el último reducto de ese encuentro en el que la lectura -y la lectura del arte y la literatura- se convierten en herramienta que la sociedad utiliza para construir su identidad, y que se torna una y mil veces espejo semántico en el que podemos reconocernos o perdernos; construirnos o deconstruirnos; vivir y morir a la vez en la piel de cada personaje, de cada historia, de cada escrito que es como un permanente camino que nos lleva a conocer mejor nuestra propia vida y la del mundo.

UN GRITO QUE ES DEMANDA Y REQUERIMIENTO:  LA FORMACIÓN DE CIUDADANOS LECTORES CRÍTICOS, IRREDENTOS, EMANCIPADOS, DESCOLONIZADORES

«Los lectores no gustan de los que costean, o aplazan las cuestiones, sino de los que las afrontan»[6]

   La lectura entendida desde esta óptica integral a la que ha contribuido con mucho las diversas emisiones de este congreso; y sobre todo asumida como actividad y práctica sociocultural y civilizatoria, básica y necesaria para el permanente discrimen moral, parte de reconocer al lector como alguien que vive implicado activamente en su medio y en su época: el lector como ciudadano planetario del espacio público en el que se dirimen las palabras y en el que se construye su identidad y su urdimbre como ciudadano y lector del mundo en el sentido amplio en el que lo concibió Paulo Freire; y por tanto en el que se forja su pensamiento y su modo de estar y de actuar.

   Ese lector debe ser hoy más que nunca, ante tanto lector perezoso, uno que ejerza conscientemente la crítica porque tenga exacerbada la perspicacia y la sospecha. Esa perspicacia será la que le permita no solo saber leer desde y en las líneas sino entre y detrás de las líneas, al decir de Daniel Cassany[7], quien es también un referente para la conformación de nuestras concepciones; de manera que pueda darse total cuenta de cuándo una omisión de información es importante y fundamental para entender el conjunto de ideas con las que interactúa y dialoga. Otro tanto hay que decir de la sospecha: es necesaria ejercerla y practicarla para poder descubrir en todo cuanto leamos las marcas de filiaciones políticas, ideológicas, culturales que hacen que quien habla se aferre o no a determinadas creencias, y manifieste soterradamente o no determinado interés; y nos permita descubrir la mentira que se nos construye como verdad irrebatible.

   Ir tras la búsqueda de ese lector, y sobre todo formarlo, implica enseñar a pensar con cabeza propia; estimular y desarrollar siempre procesos de inducción, deducción y abducción; de análisis reflexivo; de construcción de inferencias de muy diversa naturaleza; de ejercitación del pensamiento creativo y productor de conjeturas e hipótesis y de argumentos. Y es que en este sentido sabemos todos los que nos dedicamos a la forja de ciudadanos cabales que el lector crítico no se conforma con una única lectura sino con muchas relecturas. Actúa como la marea que va y viene una y mil veces de lo más profundo y lejano a lo más superficial y cercano; y por eso, si es necesario va una y otra vez del texto a los contextos; del tú al yo y de este al nosotros y al ustedes, enriqueciéndose y enriqueciendo a la par el texto que lee o escucha; porque a no dudarlo, el lector crítico, irredento y emancipado siempre anda a la caza de la verdad y a la revisión continua de sus propios hallazgos, los que cuestiona, contrasta y verifica incansablemente para enarbolar la verdad que descubre y que construye al leer.

   Por eso, volvemos a nuestras raíces y tradiciones de profundo sabor martiano: ese lector crítico, irredento, emancipado y emancipador, no lee de prisa porque si así lo hiciera no leería en verdad; muy por el contrario, este lector que hoy necesitamos  al leer horada, penetra, socava, hace arqueología permanente de los textos con los que interactúa, para poder descubrir en ellos  sus diversas capas: sus niveles, sus estratos; y también sus certezas y sus huecos generadores de incertidumbres y de zonas de sospechas. Lectores responsables y dignos del pensamiento que forjan al leer es lo que queremos, lo que necesitamos y no “lecturistas”, como diría Martí de aquellos que pasan con rapidez supersónica por cada línea y que por eso no pueden descubrir la verdad ni tampoco construirla desde lo que supuestamente leen.

   Ese lector irredento, emancipado y emancipador: lector crítico, es el que tenemos necesidad imperiosa de formar hoy más que nunca, porque cuando hay omisiones flagrantes, cuando hay eufemismos que ocultan tantas inequidades, cuando hay quienes olvidan intencionalmente algo que necesita ser recordado, cuando tanta mentira se disfraza y se levanta como verdad, se necesita saber leer bien, críticamente, para poder detectar a tiempo las prácticas engañosas de los mil y un comerciantes que nos mienten al proponernos este “milagroso” producto o esta “irresistible” imagen a la que de manera uniforme todos quieren parecerse; leer sensible, inteligente y críticamente es urgente para detectar las complicidades tramposas y aberrantes, la manipulación de la información premeditadamente transformada para crear, sin el menor escrúpulo ético, determinados estados de opinión favorables o desfavorables a ciertos intereses.

  Ese lector irredento, emancipado y emancipador, lector sensible, inteligente y crítico es y será siempre un lector que sabrá leer la ideología, entendida esta como el conjunto -o mejor como el sistema- de ideas y creencias que conforman cosmovisiones o concepciones del mundo, propias de una cultura, de una época, y que están más o menos explícitas u ocultas en libros, revistas, periódicos, piezas cinematográficas, plásticas o musicales; en todo cuanto decimos o escribimos. De ahí que sostengamos, tal y cual lo aprendimos leyendo El marxismo y la filosofía del lenguaje de Voloshinov[8], que todo signo es ideológico y que ni ningún discurso, ningún texto es ideológicamente neutro y mucho menos inocente. Ante esta realidad no podemos ser seres cándidos, mucho menos escuálidos creedores patológicamente ciegos.

   Por todo esto, una y otra vez volvemos nuestra mirada a la tradición cubana para posarla en aquel texto magnífico titulado «Legado de alas», de nuestra insigne Beatriz Maggi, desde el cual hacemos nuestras aquellas palabras suyas cuando dice que «Leer buenos libros, no solo o necesariamente los literarios, provee al lector de un arsenal de imágenes que entrenan la imaginación en la concepción del mundo como un inmenso tropo»; de manera que persigamos siempre «… el enriquecimiento espiritual y la liberación del hombre a través de la lectura como experiencia emancipadora y edificante»; porque en última instancia lo que buscamos es que  «Todas las ganancias que reporta la lectura resulten pobres comparadas con una excepcional: el robustecimiento de nuestro discernimiento moral.»[9]

DE LOS MUCHOS MODOS DE LEER QUE ASUME EL LECTOR IRREDENTO Y EMANCIPADO

«Lee todo lo bueno y atiende a los que los tiempos mandan»[10]

   En el fondo de la formación de este lector sensible, inteligente y crítico que propugnamos está un concepto que consideramos clave: el de modos de leer, entendido como las respuestas cognoscitivas, emocionales, ideológicas y culturales a los desafíos que la lectura de los diversos textos nos provocan y que están ancladas y condicionadas por las características personales de cada lector y también por los imperativos del momento sociohistórico concreto en que se produce el acto de la lectura; así como por los referentes teóricos, culturales, ideológicos, estéticos y éticos desde donde se lee. Implican pues, asumir un punto de vista, entendido este como el lugar desde el cual uno mira, cuenta, lee o analiza algo; porque siempre al leer asumimos un punto de vista que, en última instancia es el territorio moral desde el cual leemos.

   También necesitamos que este lector irredento, emancipado y emancipador; que este lector sensible, inteligente y crítico construya nuevos mapas de lecturas que permitan una renovada mirada interpretativa a las obras que han conformado el canon literario escolar a lo largo de los años.

   Y es que si un mapa nos permite orientarnos geográficamente para no perdernos y poder llegar con éxito a un determinado lugar, a un determinado destino; si un mapa nos permite seleccionar y establecer un determinado recorrido en busca de encuentros; entonces, un mapa de lectura pretende ofrecernos diferentes itinerarios para la comprensión e interpretación de determinados textos; para compartir ideas y creencias, valores y actitudes que nos permitan adquirir y aquilatar una experiencia de la lectura y del mundo, profundamente enriquecedora.

   Desde ese mapa de lectura hemos de instaurar un boleto clave para el viaje en el mundo de hoy, que responde a interrogantes tales como: ¿por qué debemos leer determinadas obras y desde dónde debemos leerlas? ¿Qué nuevas lecturas podemos hacer de obras de Federico García Lorca, o de Franz Kafka o de Miguel de Cervantes ¿Desde dónde leer Tartufo, o de Molière o desde dónde leer a Homero?

   Necesitamos seguir leyendo, por ejemplo, La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, porque cuando un régimen represor elimina, mediante la manipulación y el engaño, cualquier capacidad del ser humano para el discernimiento moral y la vida, la consecuencia inevitable es la muerte, tal y cual sucede con Adela, la hija menor de Bernarda. Y es que ella, Bernarda, augura la vuelta de fascismo y de las dictaduras que asfixian al ser humano y le quitan lo más preciado: la propia vida. Y eso es ese emponzoñado feudo que construye Bernarda: un atentado contra el derecho a vivir y a buscar a toda costa la libertad de elegir y de construir el amor y la felicidad.

   Y al Lorca poeta hay que leerlo porque es una especial y exquisita sensibilidad que le dio voz a los sin voz: a mujeres condenadas al ostracismo y a una única labor: procrear, cuidar del esposo y de la casa; a gitanos: hombres y mujeres apaleados, excluidos y discriminados; hay que leerlo hoy más que nunca porque nos hace ver desde La casa de Bernarda Alba o desde Mariana Pineda o desde Yerma, que el poder dictatorial, opresor, que impide, limita y destruye toda posibilidad de libertad conduce inexorablemente a la muerte, y esta enseñanza es hoy, cuando la oreja peluda y nefasta de los fascismos y de las posiciones más extremas se asoma en no pocos lugares de este mundo, más necesaria que nuca; hay que volver a leer a Lorca una y otra vez porque nos hace ver que la unión amorosa entre dos seres no está marcada exclusivamente por la capacidad de procreación sino, particularmente y sobre todo, por la posibilidad de encuentros creativos y humanamente enriquecedores entre quienes se aman, se quieren, se necesitan y se desean. Porque el amor implica mucho más que el deseo de unión física, porque el amor, cuando va de verdad, es mucho más que un manojo de acciones benéficas, pues implica y exige ir hacia el otro y los otros considerándolos valiosos, dignos de la felicidad y de la vida, gratos y bellos a los ojos de la humanidad.

   Y hoy, en medio de esta crisis ecológica, medioambiental, sanitaria, hay poemas que son puro augurio y clamoroso llamado a que establezcamos unas relaciones armoniosas y justas con la naturaleza.

   El campo al que alude en poema de igual nombre pareciera escrito para hoy cuando dice:

El cielo es de cenizas.

Los árboles son blancos,

y son negros carbones

los rastrojos quemados.

Tiene sangre reseca

la herida del Ocaso,

y el papel incoloro

del monte está arrugado.

El polvo del camino

se esconde en los barrancos,

están las fuentes turbias

y quietos los remansos.

Suena en un gris rojizo

la esquila del rebaño,

y la noria materna

acabó su rosario.

El cielo es de ceniza

los árboles son blancos.[11]

    También necesitamos seguir leyendo la Metamorfosis de Kafka porque al leerla comprendemos que de lo que trata es de la lucha contra la rígida autoridad generalizada que aniquila, asfixia, mata; contra el poder que sojuzga y empequeñece: el del padre sobre el hijo, el del jefe sobre su subordinado, el de una sociedad que asfixia y estrangula lo mejor de sus ciudadanos; también trata de ese sentimiento de culpa generalizado que paraliza cualquier intento de acción y provoca el desplome mental y espiritual del ser humano.

   Leyendo a Kafka comprendemos que la tristeza es un pozo de agua amarga que nos arrastra como vértigo y nos hunde; frente a la risa y a la alegría, que son siempre -o casi siempre- fuerzas que nos elevan y nos incendian de vida.

  Porque dijo que «Cada hombre, entendido como cada ser humano, lleva en sí una habitación»; porque también supo avizorar que «Toda revolución se evapora y deja atrás una estela de burocracia» o porque supo afirmar que «El poseer no existe, porque solo existe el ser: ese ser que aspira hasta el último aliento, hasta la asfixia», vale la pena leerlo para descubrir que esas frases son verdades que se abren paso en nuestro andar por esta vida.

   Y… ¿por qué seguir leyendo El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Cervantes? Porque nos enseña el valor supremo de la amistad. Porque mucho podemos aprender de esas relaciones de amistad verdadera que hay entre Sancho y Quijote; para aprender a dialogar y a construir auténticos y sólidos puentes de amor y amistad desde las propias diferencias entre los seres humanos y los pueblos. Diferencias que debemos aprender a ver positivamente como riqueza y no como limitación o minusvalía que nos asusta y paraliza.

    Y es que don Quijote y Sancho son tan diferentes, en tanto son esas mismas diferencias la mayor riqueza que ambos atesoran, porque desde ellas entablan siempre un fructífero diálogo basado en el respeto mutuo, en la capacidad de escucha atenta y apreciativa, camino inevitable para la más cabal comprensión; eslabón necesario para tejer la trenza de la tolerancia digna y de la complementación; y desde ahí construir una verdadera amistad edificada sobre la legítima necesidad del Otro en singular y de los Otros en auténtica realidad plural; y por supuesto, desde el amor, desde la bondad y generosidad, desde la capacidad para ejercer el perdón y el reconocimiento digno y emancipador del yo y del tú, del nosotros (que no es otra cosa que la dulce unión del nos, es decir, el yo, con el yo múltiple de los otros) desde el cual se bendice, o sea, se bien dice del otro ser humano que me acompaña y me complementa y me enriquece. Una amistad y una comunicación que se construye paso a paso sobre la base de la empatía y la asertividad tan necesarias hoy en este mundo convulso y agresivo.

   Porque al decir de nuestro Martí: «Solo hay dicha verdadera en la amistad y en la cultura». Y la amistad, digo yo martiano desde mi más profunda raíz, es eso: un amor manso como el agua del arroyo; un amor que es como tenue llama que calienta y da vida; no hoguera que quema, consume y mata. Un amor que es paz: remanso tranquilo, cobijo protector, tibio y sabroso, alentador de vida.

   Y en esta forma de ver, de sentir, de pensar y de hacer realidad el amor que une a los seres humanos entra en diálogo fecundo la obra del español inmortal Miguel de Cervantes: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y la del francés universal Antoine de Saint-Exupèry: El pequeño príncipe, pues ambos autores y ambas obras nos deben llevar a entender el mundo desde una óptica diferente en la que destacan los valores del compromiso, del esfuerzo, de la honestidad, del amor y la felicidad.

   Así, de la mano de ese pequeño y frágil niño que es el pequeño príncipe sabemos que «Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerden»; ratificamos leyéndolo una y otra vez a lo largo de la vida que «Caminando en línea recta no puede llegar uno muy lejos», porque todos nosotros en no pocas ocasiones nos resistimos a dejar nuestra zona de confort  por temor a enfrentar lo desconocido; y este hecho, a la larga, nos limita y no nos deja avanzar porque, a fin de cuentas, la vida sigue la mayoría de las veces un camino sinuoso lleno de curvas que debemos sortear para llegar a la meta final. Y finalmente, nos hace saber esa verdad que después de estos dos años de pandemia que hemos vivido puede leerse como grito de resistencia libertaria: «Si tú me domésticas, tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo

  Y así es. Tal cual lo sabemos leyendo El principito: «…No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos

   Y desde este lado profundamente poético, humano y sublime vuelvo a ratificar que nuestro José Martí, como diría nuestro otro grande Lezama Lima, es «ese misterio que nos acompaña»; es ese maestro de la vida al que podemos y debemos asirnos leyéndolo y releyéndolo permanentemente, para buscar y hacer realidad hasta donde cada uno pueda esa ley del equilibrio universal del mundo que él acarició y forjó con su propia vida y con su raigal pensamiento.

   Llama mucho mi atención, en tal sentido, leer un pensamiento suyo como este, desde el que sostiene que: «Tan necesario es a los pueblos lo que sujeta como lo que empuja: tan necesario es en la casa de familia el padre, siempre activo, como la madre, siempre temerosa. Hay política hombre y política mujer. ¿Locomotora con caldera que la haga andar, y sin freno, que la detenga a tiempo? Es preciso, en cosas de pueblos, llevar el freno en una mano, y la caldera en la otra. Y por ahí padecen los pueblos: por el exceso de freno, y por el exceso de caldera. […] Los pueblos mueren de hipertrofia de fuerza, que los ensorbece, ofusca y embriaga, y causa dolores y trastornos (…) lo mismo que de hipertrofias de sentimiento y arte, que los afloja y ahembrea. Las condiciones espirituales tienen su higiene, lo mismo que las físicas, y de una condición se ha de reposar en otra, que la modere y modifique. De la fuerza se ha descansar en la ternura[12]

  Y leyendo la Ilíada desde la búsqueda de ese equilibrio o, tal vez incluso, desde el lado más femenil posible, comprendemos que hemos caído bajo los efectos enceguecedoras del resplandor de las armas o del exceso de músculo, que incluso hoy signa el ideal de belleza que se ha traspasado de las féminas a los varones actuales. Y la podemos leer cuando no para la guerra entre Rusia y Ucrania, como eso, como una obra que habla de una guerra entre dos bandos que no piensan igual, de la ceguera de jefes, gobernantes y guerreros que asumen el mando de un pueblo expuesto a morir por defender determinados intereses.

   También podemos leerla al calor de la muerte de tanto ser anciano en medio de la pandemia, que se fue solo, sin poder despedirse de sus seres más queridos, y desde aquí podemos ver que nos habla sobre la antiquísima necesidad de tener una muerte digna al poder dar una honorable sepultura a los seres queridos que mueren, particularmente a quienes lo hacen en los campos de batalla.

   También porque nos enseña a ver con otra cara la guerra pues nadie que participe en ella, sea la causa que sea la que la haga detonar, muere feliz. Todas, justas e injustas, tienen consecuencias penosas, muy dolorosas, que seguirán en pie aguijoneando la memoria de cuantos veteranos sobreviven a ella, de cuanto humano regresa a casa con el pecho desgarrado por el dolor.

   Así, leyéndola desde ese otro costado -el femenino- coincido con Alessandro Baricco en su reescritura de la Ilíada cuando nos dice que es necesario descubrir cómo los griegos nos dejaron con esta obra no solo un canto a la guerra sino también la memoria de un obstinado amor a la paz.

    Nos dice -y es muy cierto- que cegados por los resplandores de las armaduras y de la belleza épica y bélica de los héroes, no vemos el “lado femenino” de la Ilíada, en el que están las mujeres, quienes a menudo proclaman sin mediaciones el deseo de paz. Ellas, que viven relegadas a las márgenes del combate, encarnan la hipótesis obstinada y casi clandestina de una civilización alternativa libre del deber, del imperativo de la guerra.

  Y así lo he comprobado al releer esta obra. Porque desde esta óptica se evidencia que ellas están convencidas de que se podría vivir de una manera distinta, y de forma clara lo dejan ver cuando en el Canto VI, una pieza magistral del sentimiento, aprovechando un tiempo suspendido, robado a la guerra, Héctor entra en la ciudad y se encuentra con tres mujeres que bien miradas y sutilmente estudiadas, como nos dice Baricco, pronuncian una misma súplica de paz, cada una con su peculiar tonalidad propia: la madre, invita a Héctor a orar, a rezar, por eso le dice: «…y tu corazón te ha impulsado a volver con el fin de levantar desde la acrópolis las manos a Zeus. Pero aguarda, traeré vino dulce como miel para que primeramente lo libes al padre Zeus…»; Helena, le invita a su lado para reposar: «…Pero, entra y siéntate en esta silla, cuñado, que la fatiga te oprime el corazón…»; y Andrómaca, la esposa fiel, por último, le dice: «… ¡Desgraciado! Tu valor te perderá. No te apiades del tierno infante ni de mí, infortunada, que pronto seré tu viuda… Pues, sé compasivo, quédate aquí en la torre. ¡No hagas a un niño huérfano y a una mujer viuda!»

    Así se colocan, uno frente a otro, dos mundos: el de Héctor, el varón, marcado por el deber de la guerra y de la lucha; y el de las mujeres, mucho más tierno, juicioso y humano, marcado por el ansia de paz. Y será precisamente Aquiles, la encarnación más feroz y fanática de la guerra, en quien emerja lo inconfesable de todos los héroes; lo que dice frente a la embajada enviada por Agamenón en el Canto IX es a nuestro juicio y desde este modo de leer, el más violento e indiscutible grito de paz de toda esta obra: «…Si salvándome los dioses, vuelvo a mi casa, el mismo Peleo me buscará consorte… Mucho me aconseja mi corazón varonil que tome legítima esposa, digna cónyuge mía, y goce allá de las riquezas adquiridas por el anciano Peleo; pues no creo que valga lo que la vida ni cuanto dicen que se encerraba en la populosa ciudad de Ilión en tiempo de paz, antes que vinieran los aqueos, ni cuanto contiene el lapídeo templo de Apolo… Se pueden apresar los bueyes y las pingües ovejas, se pueden adquirir los trípodes y los tostados alazanes; mas la vida humana ni está sujeta a pillaje para que vuelva ni se puede recuperar cuando traspasa el cerco de los dientes…»

   Con estas palabras que pronuncia Aquiles, el sumo sacerdote de la guerra, y que al decirlas nos hace ver que prefiere la vida, en la Ilíada se deja entrever un anhelo que los griegos no fueron capaces de construir, pero que intuían, tal y cual nos lo hace saber Baricco en su reescritura de esta obra: un anhelo de paz. Y construir ese anhelo de paz es tal vez el legado que los griegos nos dejaron como herencia mayor y por el cual hoy debemos luchar, cuando por esta razón o por aquella otra el mundo está abocado al estallido de una tercera guerra mundial.

   También, en una lectura circular como la que propone el Dr. y profesor cubano José Emilio Sánchez, podemos leer la Ilíada desde este dato curiosos: empieza y termina con la súplica de un padre: en el inicio, con la del sacerdote Crises, quien daba un gran rescate por Criseida, su hija, la que quedaba como esclava de Agamenón, quien se niega a devolverla y por lo cual el sacerdote implora a Apolo y este envía la peste a los ejércitos griegos. Luego, al cabo de nueve días y bajo la presión de Aquiles, Agamenón consiente en devolver a Criseida si a cambio Aquiles le daba su esclava Briseida, provocándose de esta manera la cólera de Aquiles y el retiro de este de la contienda bélica. Y cierra la Ilíada con la súplica de un padre, viejo ya y achacoso, Príamo, rey de Troya, quien le suplica a Aquiles le devuelva el cadáver de su hijo para darle digna sepultura. Es la cruenta guerra y el dolor de dos padres ante el destino ominoso de sus dos hijos, la voz que desde aquí se levanta y que nos permite otra lectura: profundamente dolorosa y humana, porque no hay dolor comparable con aquel que siente un padre ante la esclavitud o muerte de un hijo. Desde esta perspectiva bien puede leerse también hoy y siempre, la Ilíada, al calor del desastre de una nueva guerra, en esta ocasión la de Rusia y Ucrania; o de las heridas que toda guerra deja y que obstruyen, como en el caso de Colombia, la firma definitiva de un tratado de paz.

   Y releyendo detenidamente ese pensamiento martiano y haciendo una lectura desde el lado femenino, ratifico la necesidad de una educación respetuosa con respecto a la identidad sexual o el llamado enfoque de género, reclamando siempre un justo equilibrio entre la ideología de hombres y mujeres para no caer en el exceso de feminismo o de machismo a ultranza, como en no pocas ocasiones sucede en este mundo de hoy. En esta dirección, muy bien pudiéramos leer con nuestros estudiantes este poema de Mario Benedetti que se titula «Si Dios fuera una mujer» en el que se dice:

¿Y si Dios fuera mujer?

pregunta Juan sin inmutarse,

vaya, vaya, si Dios fuera mujer

es posible que agnósticos y ateos

no dijéramos no con la cabeza

y dijéramos sí con las entrañas.

Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez

para buscar sus pies no de bronce,

su pubis no de piedra,

sus pechos no de mármol,

sus labios no de yeso.

Si Dios fuera mujer la abrazaríamos

para arrancarla de su lontananza

y no habría que jurar

hasta que la muerte nos separe

ya que sería inmortal por antonomasia

y en vez de transmitirnos SIDA o pánico

nos contagiaría su inmortalidad.

Si Dios fuera mujer no se instalaría

lejana en el reino de los cielos,

sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,

con sus brazos no cerrados,

su rosa no de plástico

y su amor no de ángeles.

Ay Dios mío, Dios mío,

si hasta siempre y desde siempre

fueras mujer

qué lindo escándalo sería,

qué venturosa, espléndida, imposible,

prodigiosa blasfemia.[13]

   Y tiene razón el poeta, porque todo lo que viene de la mujer nos habla de una especial relación con el cuerpo, con los afectos, con la ternura que tanta falta hace a los hombres, para entender, por ejemplo, que debemos continuar leyendo la Ilíada de Homero para ratificar y ratificarnos que en no pocas ocasiones vamos a la guerra por los caprichos e intereses de un solo individuo. De ahí la necesidad de lograr, como lo razonaba nuestro José Martí en el ya lejano siglo XIX, un equilibrio entre las fuerzas viriles y femeniles en cada ser, en cada pueblo, nación o país, para no caer en la hipertrofia de una u otra posición, porque un mundo de paz es no solo posible sino además urgentemente necesario.

   Y ante la verdad secuestrada y castrada por la fuerza brutal que nos amenaza, cuando tanto se habla además de la posverdad, es más necesario que nunca volver a leer el Tartufo de Molière para formar a nuestros estudiantes ante todo como ciudadanos planetarios, que sean lectores sensibles, inteligentes y críticos: irredentos, emancipados y emancipadores. Sí; porque en el fondo Tartufo es la historia de quienes gozan de impunidad amparados por el poder, para imponer la mentira, la hipocresía total, las falsas apariencias, la falsa moral; razones todas estas por las cuales tiene una plena vigencia en los momentos actuales. Y es que abundan muchos Tartufos en este siglo XXI, quienes, vestidos con el traje de santos, de justos o de paradigmas de las libertades más democráticas, solo buscan pasar la mentira como verdad y manipular la información para extorsionar; es decir, engañar y usurpar; crear públicos confundidos, desacreditar personas y estados, tal cual lo hizo Donald Trump en Estados Unidos. Leer esta pieza teatral desde estas perspectivas es optar por no ser ingenuos, por no ser leedores perezosos que pasan muy de prisa por encima de las palabras; leedores crédulos que dan por hecho lo que otros dicen o escriben sin abrogarse el derecho a la sospecha y a la duda.

   ¿Y por qué seguir leyendo a Balzac en este pleno ya siglo XXI? Porque es un visionario de los muchos males del capitalismo salvaje y brutal; porque captó con sensibilidad única, sutileza fina y enorme sagacidad las convulsiones de su época, muchas de las cuales perviven hoy; porque leyendo a Papá Goriot corroboramos que no se equivocó el poeta del barroco español, Francisco de Quevedo, cuando dijo en versos: «Poderoso caballero es don dinero…»; porque si con esta novela podemos apreciar la historia de un podre que lo da todo a sus hijas, mujeres estas que finalmente solo aman el dinero y la alta posición social a la que la fortuna del padre las llevó; con Eugenia Grandet vemos la historia de una joven provinciana sometida al desmedido dominio de su despiadado y avaro padre.

   En toda la Comedia Humana es evidente la avaricia como motor del capitalismo más feroz e inhumano, de ese que tiene en el viejo Grandet, en el hombre Grandet a un sujeto que lo posee todo y lo quiere todo y que con su actitud lo mata todo también. De muchísimos hombres como él estamos llenos en este mundo en el que ya no solo se deshonra y denigra al ser humano, sino que se destruye en esencia la propia vida al atentar no solo contra los seres humanos sino también contra la propia Naturaleza, contra el propio planeta Tierra.

   En ese sentido, volvemos a Sanit-Exupèry cuando en boca de la zorra puso este razonamiento: «No conocemos más que las cosas que domesticamos. Los hombres no tienen tiempo de conocer nada. Compran las cosas hechas en los mercados. Pero como no hay mercados de amigos, los hombres no tienen amigos.» Habría pues, que reinventar la vida que llevamos. Habría que reinventar los ciudadanos que formamos. Habría que reinventar de nuevo la lectura del mundo y con ella a los lectores del mundo.

A MODO DE CONCLUSIÓN

DESENREDANDO EL OVILLO DE ARIADNA Y BUSCANDO UN PUNTO INTERMEDIO ENTRE ÍCARO Y DÉDALO

«Mirar es saber penetrar»[14]

  Desenredando ese ovillo, esa madeja de hilos sobre la que se ha tejido a lo largo de la historia lo que se entiende por lectura y por literatura y sus cuatro polos o aristas esenciales: la del autor, la del texto, la del lector y la de los contextos desde los cuales se escribe y se lee, comprenderemos mejor que detrás y debajo de cada línea de cada texto hay mucha sangre, mucha vida, mucha alegría, mucha tristeza, mucho dolor y muerte, pero también hay  mucha esperanza y fe en que un mundo mejor es posible también.

   Leer literatura modela, corroe, pregunta o inquiere, construye, deconstruye, reparte, dispersa, confunde, ilumina, arde, escuece, excita, amansa, taladra, revuelve, levanta, contradice, hiere, hierve, hace y rehace al sujeto que lee cuando leer va de verdad y es práctica irredenta y emancipatoria.

   El potencial simbólico, cultural, estético, ético y lingüístico de la literatura es evidente; y es en esa evidencia en la que se forma el lector irredento, emancipado y emancipador, pues implica aprender a leer y a leerse, a encontrarse y reencontrarse en eso mucho o poco que se lea, para desconocerse y reconocerse, para extrañarse y preguntarse desde donde se construye constantemente la urdimbre lectora de cada sujeto y de cada pueblo: quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde queremos ir. Y para hacer realidad aquellos versos del poeta español José Ángel Valente, cuando dijo:

(…)

Te respondo

que todavía no sabemos

hasta cuándo o hasta dónde

puede llegar una palabra,

quién la recogerá ni de qué boca

con suficiente fe

para darle su forma verdadera.

Pues más allá de nuestro sueño

las palabras, que no nos pertenecen,

se asocian como nubes

que un día el viento precipita

sobre la tierra

para cambiar, no inútilmente el mundo.[15]

Finalmente, ese lector irredento, emancipado y emancipador, sensible, inteligente y crítico que necesitamos, sabrá decir con Mario Benedetti:

La esperanza tan dulce,

tan pulida, tan triste;

la promesa tan leve,

no me sirve

No me sirve tan mansa

la esperanza.

La rabia tan sumisa,

tan débil, tan humilde;

el furor tan prudente,

no me sirve.

No me sirve tan sabia

tanta rabia.

El grito tan exacto,

si el tiempo lo permite,

alarido tan pulcro,

no me sirve

No me sirve tan bueno

tanto trueno.

El coraje tan dócil,

la bravura tan chirle,

la intrepidez tan lenta,

no me sirve.

No me sirve tan fría

la osadía.

Sí me sirve la vida

que es vida hasta morirse,

el corazón alerta,

sí me sirve.

Me sirve cuando avanza

la confianza.

Me sirve tu mirada

que es generosa y firme

y tu silencio franco,

sí me sirve.

Me sirve la medida

de tu vida.

Me sirve tu futuro

que es un presente libre

y tu lucha de siempre,

sí me sirve.

Me sirve tu batalla

sin medalla.

Me sirve la modestia

de tu orgullo posible

y tu mano segura,

sí me sirve.

Me sirve tu sendero

compañero.[16]

   Porque lo que nos sirve pues, es el esfuerzo y la decisión irreversible de todos: el mundo necesita reinventarse; necesitamos formar ciudadanos planetarios responsables y comprometidos; lectores sensibles, inteligentes y críticos que estén dispuestos a construir una verdad irrefutable: un mundo mejor es posible. Y  la construcción de esa convicción ha de fraguarse desde cada una de nuestras aulas en escuelas y universidades, y también y sobre todo, desde cada una de nuestras sociedades. Y esa convicción podría construirse de la mano de la lectura sabrosa y útil; de la lectura fecunda que nutre y transforma, que consuela el alma y la redime, que nos hace y rehace y nos salva de la desesperanza. La lectura pues como goce y placer, pero por encima de todo, como sustancia nutricia y como trabajo honesto y honroso, como resistencia y emancipación, como permanente encuentro sensible, inteligente y crítico con el otro y lo otro, como rebeldía ante un mundo que necesita con urgencia reinventarse y en el que la poesía puede ser un arma no solo cargada de futuro sino de posibilidad de salvación. Porque… como supiera decir Cervantes: «En algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle sentido a la existencia». Porque lo que leemos condiciona en gran medida el sentido de nuestro propio vivir. Porque la lectura, estoy convencido, cuando va de verdad, cuando nos nutre y cambia, es horizonte de vida y de esperanza.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA CONSULTADA

BENEDETTI, MARIO. Me sirve no me sirve, en: https://www.poemas-del-alma.com

BENEDETTI, MARIO. Si Dios fuera una mujer, en: https://www.poemas-del-alma.com

CASSANY, DANIEL. Aproximaciones a la lectura crítica, ejemplos y reflexiones, en Revista de Investigación e Innovación Educativa, Nro. 32. 2003.

CASSANY, DANIEL. Tras las líneas. Sobre la lectura contemporánea. Editorial Anagrama. Barcelona. 2006.

DE SAINT-EXUPÈRY, ANTOINE. 1989. El principito. Editorial Gente Nueva. La Habana.

GARCÍA LORCA, FEDERICO.  Campo, en: https://ciudadseva.com

HOMERO. Ilíada. Editorial Pueblo y Educación. La Habana. 1986.

MAGGI, BEATRIZ. Legado de alas; en: Antología de ensayos. Editorial Letras Cubanas. La Habana. 2008..

MARTÍ, JOSÉ. Obras Completas. Tomo VII, XIV, XV. Centro de Estudios Martianos. La Habana, 2004

POQUELIN, JEAN-BAPTISTE (MOLIÈRE). Tartufo. https://biblioteca.org.ar

VALENTE, JOSÉ ÁNGEL. No inútilmente, en: La memoria y los signos. Huerga y Fierro Editores S. L. Madrid. 1966.

VOLÓSHINOV, VALENTÍN NIKOLÁIEVICH. El marxismo y la filosofía del lenguaje; en: https://elsudamericano.files.wordpress.com


[1] José Martí. Nueva York, septiembre 23 de 1984. Obras Completas. Tomo XXVIII. P. 415

[2] José Martí. Emerson. La Opinión Nacional. Caracas, mayo 19 de 1882; en: Obras Completas. Tomo XIII. P. 21

[3] José Martí. Obras Completas. Tomo VII. Página 349. Centro de Estudios Martianos. La Habana, 2004

[4] José Martí. Obras Completas. Tomo XIV. Página 392. Centro de Estudios Martianos. La Habana, 2004

[5] José Martí. Obras Completas. Tomo XV. Página 190. Centro de Estudios Martianos. La Habana, 2004

[6] José Martí. Fragmentos 398; en: Obras Completas. Tomo XXII. P. 277

[7] Seguimos aquí a Daniel Cassany (2003) en Aproximaciones a la lectura crítica, ejemplos y reflexiones, en Revista de Investigación e Innovación Educativa, Nro. 32, Pp. 113 a 132; y (2006) Tras las líneas. Sobre la lectura contemporánea. Editorial Anagrama. Barcelona.

[8] Valentín Nikoláievich Volóshinov. El marxismo y la filosofía del lenguaje; en: https://elsudamericano.files.wordpress.com

[9] Beatriz Maggi (2008) en: Legado de alas, en: Antología de ensayos. Editorial Letras Cubanas. La Habana. Pp. 421, 425 y 436.

[10] José Martí, en: Obras Completas. Tomo XX. P. 349

[11] Federico García Lorca.  Campo, en: https://ciudadseva.com

[12] José Martí, en: Obras Completas. Tomo XIX. Pp. 225 a 230 y en Ideario Pedagógico de José Martí, Centro de Estudios Martianos. La Habana. 2019. P. 166

[13] Mario Benedetti. Si Dios fuera una mujer, en: https://www.poemas-del-alma.com

[14] José Martí. Fragmentos 73; en: Obras Completas. Tomo XXII. P. 47

[15] José Ángel Valente. No inútilmente, en: La memoria y los signos. Huerga y Fierro Editores S. L. Madrid. 1966.

[16] Mario Benedetti. Me sirve no me sirve, en: https://www.poemas-del-alma.com

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