La vida y obra de esta mujer cubana, camagüeyana de origen y nacimiento, disputada por España y por Cuba y no siempre valorada en su más justa, cabal y digna dimensión, es realmente fascinante; y cuando leemos su obra toda y su epistolario, particularmente las cartas a Cepeda, se nos antoja una típica heroína romántica, mujer fatal en amores; mujer de fuerte carácter; mujer vehemente, fogosa y pasional en amores; y de ideas, eso sí, muy adelantadas para su época, razón esta última por la cual se mostró con un pensamiento revolucionario, y sobre todo y por encima de todo, atrevido y por ello polémico en no pocos aspectos hasta los días de hoy. A ella, se le reconoció, sí, y mucho; como también se le negó desde su cubanía y amor a la tierra que la vio nacer hasta, y esto es profundamente llamativo, su esencial condición de femenina, de mujer.
Con ella tenemos una deuda que es preciso saldar: devolverle una mirada desde la cual se le dignifique como mujer, y sobre todo y por encima de todo, como mujer adelantada, así como también, a la manera suave y cadenciosa del bolero, reconocerle su amor por Cuba. Ese es un empeño nuestro en estos afanes de innovación en el área de la educación literaria de adolescentes y jóvenes. Así, hemos de ir al rescate de esta figura, en especial de su cubanía no siempre vista y mucho menos ni siquiera valorada. Y es que la negación o el cuestionamiento de la cubanía en esta mujer, en esta ilustre escritora del romanticismo decimonónico cubano y español, unido a la polémica sobre su carácter fuerte, casi viril para algunos, ha marcado con huella negativa la valoración que sobre ella se ha tenido a lo largo del tiempo.
Recordemos que los momentos clave que han marcado estos cuestionamientos han sido los siguientes:
- el de las quejas de su supuesto antipatriotismo, hechas por el propio poeta José Fornaris aun en vida de la escritora;
- las críticas a su feminidad hechas no solo por nuestro José Martí ya desde el propio siglo XIX y después de muerta la escritora, sino también por otros intelectuales de renombre en su época, tales como José Zorrilla, quien dijo de ella que “era una mujer, pero lo era sin duda por un error de la naturaleza, que había metido por distracción un alma de hombre en aquella envoltura de carne femenina”; su biógrafo Nicomedes Pastor Díaz calificó la fuente de su numen “con el poder de una inspiración vigorosa y viril”; y Juan Nicasio Gallego, quien fuera uno de los mentores literarios de nuestra escritora en España, en el prólogo a su primer libro de poesías dijo que “Todo en sus encantos es nervioso y varonil. Así cuesta trabajo persuadir de que son obra de un escritor del otro sexo”. Y famosa se hizo hasta hoy la frase exclamada por Bretón de Herreros al oír la lectura de unos de los poemas de nuestra escritora y decir: “ Es mucho hombre esta mujer”;
- dos años después del deceso de nuestra gran escritora publica nuestro José Martí en la sección mexicana de la Revista Universal el comentario siguiente sobre ella: “No hay mujer en Gertrudis Gómez de Avellaneda; todo anunciaba en ella un ánimo potente y varonil; era su cuerpo alto y robusto como su poesía ruda y enérgica; no tuvieron las ternuras miradas para sus ojos, llenos siempre de extraño fulgor y, de dominio; era algo así como una nube amenazante. La Avellaneda no sintió el dolor humano; era más alta y potente que él, su poesía era una roca”;
- y ya en el pleno siglo XX las valoraciones hechas por nuestro Cintio Vitier, alrededor de la década de 1950 sobre su nula captación de lo cubano y los reproches hechos a su “neutralidad” y formulados por otra figura clave de las letras en nuestro país: por nada más y nada menos que José Antonio Portuondo en la década de 1980.
Fue Enrique Piñeiro quien más temprano se pronunció defendiéndola y resaltando en ella el que, según sus propias palabras “Fue mujer y muy mujer en todos sus escritos, como en su vida entera; mujer eso sí del tipo y carácter del que tantas otras ha debido haber: altiva, orgullosa, de corazón entero, que no se dejaba dominar y difícilmente cedía a los sentimientos exclusivamente dulces y apacibles”.
Y sí creo yo, releyendo ahora una y otra vez sus escritos, que nuestro José Martí se equivocó al dar ese juicio sobre ella. Sí hubo ternura en sus ojos, sobre todo en aquellos ojos de madre ante la pequeña hija que enferma moría en sus brazos sin conocer el padre que la procreó; sí hubo dolor y dolor profundo, uno y muchos, al partir de Cuba y dejar su tierra natal y sus más tiernos recuerdos; al reclamar ante el padre de la hija su presencia para que la conociera y recibir la negativa y el silencio y la ausencia total; y si altanera fue también supo ser humilde y doblegarse más de una vez ante los dolores que la aquejaron a lo largo de toda su vida.
Por todo ello, ahora, por primerísima vez, en el nuevo libro de texto que acompaña al también nuevo programa de Literatura y Lengua para el undécimo grado del bachillerato cubano actual en nuestro país, hemos asumido una lectura desprejuiciada de la vida y obra de la Avellandeda, de cara a reconocer y a valorar desde un sentido diferente su cubanía, razón por la cual hemos seleccionado para su estudio el poema “La vuelta a la patria”, y lo apreciamos como una salutación de ímpetu patriótico, a su manera como es lógico suponer, lo que puede corroborarse al decir de ella en estos versos del texto antes referenciado:
«¡Perla del mar! ¡Cuba hermosa!
Después de ausencia tan larga
Que por más de cuatro lustros
Conté sus horas infaustas,
Torno al fin, torno a pisar
Tus siempre queridas playas,
De júbilo henchido el pecho,
De entusiasmo ardiendo el alma.
¡Salud, oh tierra bendita,
Tranquilo edén de mi infancia,
Que encierras tantos recuerdos
De mis sueños de esperanza!
¡Salud, salud, nobles hijos
De aquesta mi dulce patria!
… … … …
Llevad los tiernos saludos
Que a Cuba mi amor consagra.»
Creo también que hemos desprejuiciado la mirada con que tradicionalmente se ha visto a esta mujer y que hemos logrado preguntarnos, para innovar en su estudio, una y otra vez: ¿qué leer de ella?, ¿cómo, por qué y para qué leerla con adolescentes y jóvenes en pleno siglo XXI?
Y es que es muy importante rescatar la imagen de esta escritora, de esta mujer, de esta camagüeyana de pensamiento tan revolucionario, tan adelantado, que esa estoy convencido yo fue la razón principal por la que fue no comprendida y hasta criticada en su momento, y por lo cual no más de once o quince personas asistieron a sus honras fúnebres en el Madrid de la segunda mitad del siglo XIX, en el que ella brilló y llegó a ser la mujer más importante después de la reina, claro está, y con su venia como es de suponer. Por todo ello, creo que hoy y siempre debemos sentirnos plenamente orgullosos de ella y debemos, sobre todo honrarla y aprovechar cualquier ocasión para destacar sus muchos méritos, porque en verdad los tuvo. En el fondo de todo este análisis hemos estado operando con un concepto no siempre expuesto en nuestros programas de estudio y en nuestros libros de texto: el de modos de leer entendidos, en nuestra modesta opinión, como las respuestas cognitivas, emocionales, culturales e ideológicas a los desafíos que la lectura de los textos nos provocan y que están anclados y condicionados por las características personales de cada lector y también por los imperativos del momento sociohistórico concreto en que se produce ese acto de lectura e interpretación, así como por los referentes teóricos, culturales, ideológicos, estéticos y éticos desde donde cada uno de nosotros lee. Implican ellos asumir un punto de vista, entendido este como el lugar desde el cual uno mira, cuenta, lee, analiza e interpreta algo. Y es así porque al leer asumimos siempre un punto de vista (que no la vista detenida en un punto), que es, en última instancia, el territorio moral, ético y estético desde el cual leemos.
Así pues, proponemos leer el poema “Al partir”, de la Avellaneda, como leemos y reescribimos el discurso ideo-estético y ético de un bolero, es decir, en un sentido profundamente nostálgico y ambivalente, al estilo de: “te amo tanto, sí; pero debo separarme de ti porque las circunstancias así lo imponen”. Y desde ahí, sin pretender que en ella lo patriótico surja y sea como en José María Heredia o como en el propio José Martí, enarbolamos nuestra posición de reconocimiento de su amor por la tierra cubana, de su añoranza y de su valoración positiva cuando llega a la Coruña y contempla la vida de sus parientas mujeres solo destinadas a labores del hogar: a zurcir calcetines, a lavar y planchar para tenerle limpia y almidonada la ropa a sus varones, y dispuestas a asumir un matrimonio que como institución legal sojuzgaba a las féminas condenándolas a su principal función: la de satisfacer el hambre sexual del varón, para el que habrían de estar ellas, a cualquier hora y en cualquier momento, dispuestas; y la función principal, primordialísima: la de reproducción de la especie, de la prole, del apellido que en principio aporta el padre; de ahí el papel que como mujer, esposa y madre habría que preservarle a las mujeres para que fueran el bastión de la familia constituida, en no pocas ocasiones, por razones económicas. Y con todo este razonamiento ella, venida de una isla del nuevo continente, de su Santa María de Puerto Príncipe, es decir, su Camagüey, ella no estuvo nunca de acuerdo.
Y hoy, revalorizando su precoz feminismo y su innegable antirracismo y antiesclavismo, proponemos acercarnos a dos obras clave, además del epistolario, ese manojo de cartas que nos permiten asomarnos a la más profunda intimidad de esta mujer camagüeyana y de talla universal. Esas dos obras son las novelas Dos Mujeres y Sab.
Cabe subrayar que la escritura feminista de nuestra camagüeyana se alimentó siempre de su propia y singular biografía, esto es, de su propia vida romancesca, al modo de la más cabal heroína romántica que acumulaba sonados triunfos y amargos y hondos desengaños también; que fue una mujer y escritora empeñada con tesón, coraje y heroísmo inusitados para su época en afirmar y hacer valer su individualidad, su talento y de llevar una vida emancipada. Tal vez desde una arista similar a esta debiéramos enfrentar la lectura y estudio e una novela como la titulada Dos Mujeres, que aparentemente es la historia de un perfecto triángulo amoroso, pero que, leída desde el modo que proponemos, podemos encontrar en ella toques de protofeminismo y sororidad, entendido este último término como vocablo que designa una relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento.
La historia que se cuenta en esta novela arranca con la boda de Luisa y de Carlos, dos jóvenes primos que recuerdan aquel dicho popular en el que leemos: “Los primos se exprimen”, razón por la cual van hasta el altar del desposorio alentados por sus propios padres. Es el clásico matrimonio concertado, típico de la época, con el que se esperaba que los novios se quisieran y sobre todo para que por medio de esta unión marital fundieran primero y aumentaran después sus respectivas fortunas, sus respectivos patrimonios.
Como muchos de los jóvenes blancos y de posición acaudalada, Carlos se ha estado formando en el extranjero; y Luisa es una especie de ángel del hogar educada para que cumpla cabalmente con el estereotipo de mujer de su época: formada para el matrimonio, para ser sostén del hogar y procreadora fiel de los hijos que daría al varón que la requiebra.
Todo marcha en esa dirección, cual si estuvieran en un mundo color rosa, hasta que Carlos tiene que irse a Madrid para solucionar unos problemas relativos a una herencia. En la capital conoce a Catalina, una viuda moderna, inteligente y sobre todo, atrevida, quien terminará convertida en su amante.
El final de la novela es eminentemente trágico no solo porque Catalina se suicide sino sobre todo, porque simbólicamente Carlos pierde tanto a Catalina, la amante, como a Luisa, la esposa.
Pero el gran valor de esta novela radica, leída desde los referentes actuales, y desde el punto de vista ético al que hemos hecho referencia cuando expusimos qué entendíamos por modos de leer, en que se erige en una crítica al matrimonio como institución, tal cual entonces y hasta hoy se ha concebido en no pocos lugares de este mundo.
Por su parte Sab es también una novela transgresora, subversiva, desde la que su autora critica dos realidades de la sociedad decimonónica que le tocó vivir: es desde una perspectiva ideológica una crítica a la esclavitud, al sistema esclavista, en tanto también lo es de la situación en la que se encontraban las mujeres de su época. Leyendo esta novela comprendemos mejor que en aquellas sociedades esclavos y mujeres casadas a la par eran seres que al asumir estas condiciones perdían todos sus derechos. Su atrevimiento fue muy lejos al narrar en ella los polémicos amores entre un esclavo negro y una mujer blanca; amores que se constituían en fragante transgresión y sonado escándalo.
Leyendo estas obras y sobre todo su epistolario nos acercamos a la vida privada, íntima, de una mujer que escribe, ama y vive plenamente consciente de sus actos; que rompe con la tutela de la familia del padrastro cuando cree que dicho tutelaje no le conviene y entonces se emancipa; una mujer que no se casa con quien sus familiares esperan y deshace un compromiso tenido por bueno; y mujer, en fin, que se convierte en artista importante de la escena literaria y sobre todo del mundo teatral del Madrid y la España decimonónica en que le tocó vivir, crear y sufrir. Fue, diríamos hoy, una madre por cuenta propia. Fue la primera mujer que aspiró a una silla en la Real Academia Española, y fue rechazada porque el reglamento de esta institución prohibía que una mujer, por su condición de fémina, fuera proclamada académica.
Logró con su trabajo como artista una fortuna propia ascendiente a la cifra de 70 000 duros, cantidad nada despreciable para su momento y que le garantizaba la independencia económica, razón por la cual no dependía de la tutela de ningún hombre. Y un dato más, curioso e irónico por cierto: entre sus herederos declaró a la mismísima institución que le negó la entrada como académica de número: la propia Real Academia Española de la Lengua.
Aunque puesta en duda su cubanía por mucho tiempo, hoy debemos reconocer que a su manera propia amó a esta tierra, su tierra, en la que guardaba los mejores recuerdos de su niñez. Por eso, al volver a ella supo decir con humildad generosa:
“Doquier los hijos de Cuba
La voz oigan, de esta hermana,
Que vuelve al seno materno
Después de ausencia tan larga,
Con el semblante marchito
Por el tiempo y la desgracia…”
Y este su modo de sentir a Cuba debe conocerse y respetarse y apreciarse pára bien de ella y de su patria también. Porque en ella, cuyo verdadero nombre era María Gertrudis de los Dolores Gómez de Avellaneda y Artaga, hubo eso sí, mucha valentía, mucho coraje, razón por la cual, con el perdón de nuestro grande Martí, la mayoría de los hombres pequeños de su tiempo la tildaron de viril. Por eso también murió en Sevilla sola siendo como fue y es un poeta señero en lengua española, una de las más destacas dramaturgas de cualquier tiempo en la lengua de Cervantes, y a no dudarlo, una prosista y novelista de peso. Brillar en todos los géneros es tarea poco frecuente en un literato y sin embargo, ella, en todos esos géneros brilló y lo supo hacer con luz propia.
Por eso, entre algunas razones para reivindicar el nombre y el estudio de esta poetisa nuestra, están las que a continuación me atrevo a enumerar sin tapujo alguno:
- Firmando con el sobrenombre de La Peregrina dio a conocer su novela Sab, considerada una de las primeras novelas antiesclavistas.
- Por las temáticas y el tratamiento que dio a sus personajes femeninos es considera hoy precursora del ideal feminista y del movimiento feminista moderno.
- En su novela Dos Mujeres defiende el divorcio como solución a una unión no deseada.
- El éxito que tuvo como poetisa, novelista y autora de obras dramáticas la convirtieron en la mujer más importante de todo Madrid, después, por su puesto, de la reina Isabel II.
- En 180 escribe La mujer, una serie de artículos en los que abiertamente plantea la igualdad intelectual entre hombres y mujeres, e incluso, la superioridad intelectual de algunas de ellas. Tula fue precursora de las más avanzadas ideas sobre la posición social de la mujer. Con el triunfo del movimiento feminista en España, las mujeres destacan más como figuras del campo literario que por su activa intervención en las luchas políticas.
- Pero la gran batalla que tuvo que librar nuestra escritora fue con la Real Academia Española: en 1853, con el fallecimiento de don Juan Nicasio Gallego, uno de sus miembros, Gertrudis alberga la esperanza de suceder a su gran amigo, pero, debido al recalcitrante antifeminisino que reinaba en esa gran institución académica, nuestra poetisa fue rechazada por cuestiones de sexo. Este suceso despertó las más duras críticas que jamás se vertieron sobre la imagen de la escritora, quien recibió peyorativamente el nombre de «doña Safo»; prueba de ello es el romance satírico de Luis Fernández Guerra, que empieza así: «Yo, doña Safo segunda,/ entre avellaneda y fresca;/ musa que soplo a las nueve/ y hago viento a los poetas…»
- Al cumplirse los 200 años del nacimiento de la escritora camagüeyana más de 105 mil personas reclamaron en declaración póstuma el que la Real Academia Española reconociera su error al rechazar en 1853 la entrada de esta escritora a la RAE como miembro pleno, de número.
- Fue un afamado escritor español quien presentó a nuestra dama como escritora ante la sociedad española d la época. Relata él lo sucedido en sus Recuerdos del tiempo viejo cuando nos dice que: «En una de las sesiones matinales del Liceo se presentó nuestra Tula de personaje incógnito en los salones del palacio de Villahermosa, y la persona que la acompañaba me suplicó que diera lectura de una composición poética cuyo borrador me puso en la mano… Subí a la tribuna y leí como mejor supe unas estancias endecasílabos, que arrebataron al auditorio. Rompióse el incógnito y, presentada por mí, quedó aceptada en el Liceo y, por consiguiente, en todo Madrid, como la primera poetisa de España, la hermosa cubana Gertudis Gómez de Avellaneda».
Para concluir, habría que decir que hoy día, a partir de las herramientas teóricas provenientes de las estéticas poscoloniales y feministas, así como de las del ámbito creativo de la zona translingüística y transcultural del Caribe, que nos hacen volver a pensar y a revalorizar el Romanticismo, también es menester destacar la singularidad de la escritura visionaria y adelantada de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Ella supo, como pocas supieron, trascender su tiempo. Supo ser una adelantada a pesar de la ojeriza con que algunos la miraron y de las habladurías que su proceder como mujer libre y totalmente emancipada provocó. Por eso fue y seguirá siendo, como alguien dijo: la atrevidamente grande. Una mujer, una escritora, una artista. La camagüeyana de pura cepa. La cubana sin par que atraía miradas e elogio, de deseo y también, por qué no, de envidia y maledicencia.
Laliteratura cubana ofrece múltiples posiblidades para sentir, pensar y vivir. La Avellaneda es una de las creadoras líricas más altas de nuestras letras, no siempre leída en su intensidad y extensión. Vale la pena acercarse a au obra lírica publicada por la editorial Ayacucho
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